Las independencias que no pueden frenar

Hoy, lunes, se rubrica en Egipto una paz para el Levante. Así lo describimos todos los periódicos, aunque quizás sería más exacto decir que se vuelve a aplazar, con retórica diplomática y fotografía de rigor –y con los mismos anglosajones de siempre– el reconocimiento de la independencia palestina. Algo que tiene una gracia amarga, si se piensa un poco: nunca tantos estados de las Naciones Unidas habían reconocido la soberanía palestina –ciento cincuenta y cinco, si no los he contado mal, entre ellos cuatro de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad– y sin embargo nunca había estado tan lejos, tan difusa, tan inverosímil la posibilidad de que esta soberanía significara nada concreto sobre el territorio.

Para entender mejor cómo es posible una contradicción como ésta –y para mirarlo todo desde arriba con una visión que nos resulte interesante también a nosotros, los catalanes–, les propongo una mirada estatística.

Ya han pasado catorce años –catorce años exactos– desde que Sudán del Sur se convirtiera oficialmente en un Estado, con banderas e himnos nuevos. Han pasado catorce años largos, por tanto, sin que ninguna otra bandera se haya levantado en la sede de Naciones Unidas. Y esto, si uno lo mira con un poco de perspectiva histórica, empieza a ser una anomalía muy considerable, que merece que nos detengamos un rato.

El siglo XX, como es sabido, fue generosísimo con las independencias. En 1900 había en el mundo unos cincuenta y siete estados soberanos, si echamos las cuentas con cierta generosidad. Cincuenta y siete. De éstos, Europa tenía veinticuatro, y el resto del mundo era, en buena parte, un inmenso tapiz de colonias que pintaban de rosa, azul o amarillo los mapas escolares según qué imperio las controlaba. El mundo era de una simplicidad que ahora nos parece inverosímil: había unos imperios que parecían montañas eternas –el austro-húngaro, el otomano, el ruso, el británico– y una muchedumbre de territorios que no tenían ni voz ni voto en los asuntos internacionales.

Antes de la Gran Guerra, ya hubo independencias, pero se contaban con los dedos de una mano: Noruega, que se separó de Suecia en 1905, algún país balcánico que se había desligado del imperio otomano… poco más. La Primera Guerra Mundial, sin embargo, rompió aquellos imperios y salieron, de sus escombros, una decena de estados nuevos: Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia, los países bálticos, Finlandia …

Cien años más tarde, en 2000, las Naciones Unidas tenían ciento noventa y tres miembros. Había, pues, ciento noventa y tres estados soberanos donde cien años antes eran sólo cincuenta y siete. Las cifras cantan y explican que en el siglo XX había multiplicado por más de tres el número de estados del mundo. En cien años ciento treinta y seis estados nuevos. Algo prodigioso: estadísticamente podríamos decir que durante el siglo XX cada nueve meses hubo una independencia.

Más en concreto, entre 1945 y 1960, nacieron treinta y seis nuevos estados en Asia y África, emergiendo de los escombros de esos imperios coloniales europeos que, pese a parecer eternos como las montañas, se derrumbaron con una rapidez que sorprendió a todo el mundo –especialmente a aquellos que vivían y creían que aquel orden de cosas duraría siglos. El año 1960 fue especialmente fértil: quince países africanos independientes en doce meses, un alud de banderas e himnos, de capitales nuevas y embajadas que se abrían como tiendas después de una larga veda. Guinea, Senegal, Malí, Congo, Camerún… Los mapas se rehacían cada mes, las imprentas no daban abasto, los diplomáticos se rompían la cabeza aprendiendo nombres nuevos.

Tras aquella gran ola vino un paréntesis, un silencio que duró –curiosamente– catorce años, tantos como los de la sequía de independencias actual. Pero he aquí que en 1989 llegó la segunda gran convulsión: la caída del Muro de Berlín, que no fue un símbolo televisado, sino el detonante de una cascada de acontecimientos que desintegró imperios enteros en cuestión de meses. Quince repúblicas soviéticas, cuatro yugoslavas, después Checoslovaquia, que se partió en dos mitades con una educación admirable… Entre 1989 y 1994, más de veinte nuevos estados nacieron con una facilidad que, vista con perspectiva, incluso hace ilusión. Era un ritmo frenético, caótico, pero que tenía una lógica interna: cuando un imperio se rompía, los demás empezaban a temblar, y ese temblor se convertía en grieta, y la grieta en ruptura. Un efecto dominó que nadie podía detener, o quizás nadie quería parar porque la historia, cuando se acelera, tiene una fuerza considerable.

Y después vinieron Timor Oriental y Sudán del Sur. Y después, nada. Un silencio absoluto, como si alguien hubiera decidido cerrar el grifo de las independencias con una decisión inapelable. Alguien –quizás es decir demasiado, eso, quizá sea tan sólo una manera de hablar– decidió que ya era suficiente, que había terminado el festival y que el mapa estaba cerrado. Que crear nuevos estados no trae sino desgracias y complicaciones diplomáticas. Y que no podía ser que aparecieran aún más.

Hay que reconocer que la nueva doctrina no escrita ha sido eficaz a la hora de prevenir la emergencia de nuevos estados, pero ha originado un mundo lleno de contorsiones diplomáticas que, de no ser trágicas, harían reír. Kossovo es independiente desde 2008 pero no está admitido en Naciones Unidas, y nadie sabe muy bien qué es. Palestina es reconocida por ciento cincuenta y cinco estados pero no tiene territorio propio que gobierne de verdad. Taiwán tiene gobierno, ejército, democracia consolidada, una economía que funciona mejor que la de muchos países que se sientan en la ONU, pero es invisible diplomáticamente; Occidente le defiende con barcos de guerra pero al mismo tiempo no se atreve a pronunciar su nombre en voz alta, como si fuera un tabú primitivo. Somalilandia funciona como un Estado en medio de un océano de caos, pero la comunidad internacional hace equilibrios imposibles para no verla, aunque coopera a escondidas porque, al fin y al cabo, necesita que alguien mantenga el orden en esa parte del mundo. Y está todo el cinturón de estados congelados rusos –incluidas las “repúblicas populares” en terreno ucraniano que Moscú se ha comido sin dejar tiempo de respirar.

Todas estas contorsiones no son accidentes ni excepciones. La comunidad internacional –que es una forma pomposa de decir “quienes mandan”– parece haber interiorizado que la autodeterminación de los pueblos es un derecho del pasado, bonito para los discursos de la Asamblea General, pero impracticable en el mundo real. De modo que los pueblos, las naciones sin Estado, deberíamos conformarnos con lo que tenemos, con las fronteras que nos han tocado, y punto. Ésta es la base de la nueva doctrina, aunque nadie la haya escrito en tratado alguno.

Sin embargo, el problema, como siempre, es que los pueblos no se conforman con eso. Nueva Caledonia ya ha votado tres veces sobre la independencia en seis años, y Francia no sabe qué hacer con ella. Los catalanes hicimos el referéndum de autodeterminación, lo ganamos y proclamamos la independencia, aunque sólo para recibir represión. Escocia quiere volver a intentarlo a pesar de que Londres diga que no con esa tozudez británica que confunde la legalidad con la eternidad. Quebec, que parecía dormido, ha retomado el debate independentista y redacta una constitución propia, que es una manera elegante de decir que ya no se fía de Canadá. Está Bougainville, que votó que sí a la independencia con un 98% que da envidia a cualquier dictador. O Groenlandia , que negocia en voz baja con Dinamarca porque sabe que el tiempo juega a su favor. Y los kurdos de Irak y Siria que, puestos a tener, tienen notables ejércitos propios. Y…

Lo más simple –lo más lógico– sería que alguno de estos casos con triunfara y se uniera a la lista que de momento cierra Sudán del Sur. Que tuviera éxito. Pero da toda la impresión de que los estados que ya tienen la condición de Estado no lo quieren y hacen tanto como pueden para evitarlo.

Pero ellos no pueden detener la historia y contra esa presión independentista que no cesa, los propios estados onusianos –cada día que pasa con más dificultades para frenarlo– inducen soluciones que son verdaderos monstruos jurídicos y denotan cómo sudan para mantener cerrada la casilla contable de la estatalidad.

Francia, desbordada por Nueva Caledonia, se sacó de la manga hace pocas semanas la idea de un “Estado independiente” que debe ser soberano internacionalmente pero que debe permanecer dentro de la constitución francesa. Que es como decir que estás casado y soltero a la vez. Quebec, con los autonomistas gobernantes notando el aliento del independentismo renacido, discuten estos días si se dota de una constitución propia –sorprendente, porque sería una constitución dentro de otra constitución. El SNP escocés aprobó la semana pasada en un congreso la vía unilateral, que es una forma de decir que Londres puede opinar, pero no decidir. La revuelta juvenil que se extiende por Marruecos vuelve a sacar las banderas rifeñas. Groenlandia juega a cuatro manos con sus cartas. La propia ONU tiene discusiones surrealistas sobre las islas Cook, Tokelau o los territorios neerlandeses del Caribe: simplemente no sabe decir si son independientes o no. Y todo apunta en la misma dirección: el gran parón que se ha querido hacer de las independencias no es sostenible, la presión acumulada busca grietas y, tarde o temprano, las encontrará.

Cataluña, en todo esto, podemos discutir si llegó tarde o demasiado pronto. El primero de octubre de 2017, en pleno período del gran congelamiento, seguramente era el momento de máxima intransigencia. Pero ocho años después quizás vale la pena que nos hagamos algunas preguntas sobre cómo es posible que, viviendo esta efervescencia separatista a escala mundial, en nuestro país se haya creado ese ambiente de derrota tan exagerado.

Y creo que parte de la respuesta está en nuestra mirada. Joan Crexell –un periodista tan excelente como desgraciadamente olvidado– siempre distinguía entre los “profesionales del momento” y los “profesionales de la eternidad”. Los primeros, decía, viven de la anécdota del día, del titular que mañana será letra muerta. Los segundos saben que la verdadera actualidad se mide en décadas, que los grandes temas vuelven una y otra vez con máscaras diferentes y que tan sólo quien conoce la historia puede reconocer los patrones que se repiten. Bien, pues quizá sea la hora de decir y explicar serenamente que catorce años sin independencia no son nada en la vida del mundo. El año de África no llegó porque fuera previsible. El Muro de Berlín cayó un jueves sin que nadie lo hubiera anunciado. Y Sudán del Sur parecía una imposibilidad hasta que un buen día dejó de serlo.

Es importante, por eso, que mantengamos entre todos la cabeza fría y recordemos que las olas vuelven, pero que para aprovecharlas sólo están preparados quienes trabajan pensando en la eternidad, no en el momento. Quienes no viven de la anécdota del día. Quienes hayan mantenido la voluntad cuando era más cómodo dejarlo estar. Quienes no hayan confundido una pausa, por larga que sea, con un final definitivo. Quienes no se hayan desesperado agarrándose a la primera locura que ocurre. Es ridículo dar por cerrada una historia que sólo está en vilo, esperando.


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