HEMEROTECA
VILAWEB, The Washington Post
La decisión de hace casi ocho decenios que explica el conflicto actual en Cachemira entre India y Pakistán
El alto el fuego de este fin de semana ha detenido la escalada militar en la región, pero la tensión acumulada después de décadas de conflicto permanece viva
El alto el fuego anunciado este fin de semana ha puesto punto final –al menos por ahora– al último estallido de violencia entre India y Pakistán por el control Cachemira. Las tensiones acumuladas tras décadas de conflicto entre estas dos naciones vecinas, sin embargo, permanecerán muy vivas.
La violencia ha estallado recurrentemente en la región desde que la partición de 1947 desató una ola de violencia que dejó millones de desplazados y cientos de miles de muertos. Con el paso de los años, las relaciones entre Nueva Delhi e Islamabad se han ido tensando a medida que ambos países han ido ampliando sendos programas nucleares, lo que ha hecho saltar las alarmas en todo el mundo por la posibilidad de que la disputa por Cachemira pueda derivar en una guerra total.
He aquí un repaso de la historia del conflicto.
Una partición sanguinaria
En agosto de 1947, el Reino Unido concedió la independencia a la India después de dos siglos de control británico: un primer siglo de dominio indirecto bajo la batuta de la Compañía de las Indias Orientales, de propiedad británica, y un segundo siglo bajo control colonial directo. En el momento de la independencia, los administradores británicos decidieron dividir el subcontinente en dos países: India, de mayoría hindú, y Pakistán, de mayoría musulmana.
La partición desató una de las revueltas más sangrientas de la historia moderna. Se cree que unos catorce millones de personas huyeron de su casa durante el verano y el otoño de 1947; las estimaciones sobre la cifra de muertes en este período oscilan entre doscientos mil y dos millones.
Hindúes y sijs huyeron del Pakistán en dirección a la India, y los musulmanes de la India huyeron en la dirección contraria. Los supervivientes de la revuelta describen aquellos meses como una especie de locura colectiva. Las turbas quemaron y saquearon casas, asesinaron a sus vecinos, a algunos los quemaron vivos. Muchas mujeres se suicidaron para escapar de la ola de violaciones y violencia sexual; en algunos casos, las mataron sus maridos o padres. Los convoyes que transportaban los refugiados entre ambas naciones, de nueva creación, a menudo llegaban a las estaciones de destino con vagones llenos de cadáveres de pasajeros, asesinados por las turbas en paradas anteriores: de ahí que se acabaran llamando “los trenes de la sangre”.
“Vi cómo lanzaban del tren el cadáver de un hombre”, recuerda Sarjit Singh Chowdhary, un soldado sij que ayudó a refugiados musulmanes de la India a inmigrar a Pakistán después de la partición. “Yendo hacia la ciudad de Jalandhar, recuerdo que nos detuvimos en un canal y vimos cómo el agua estaba teñida de rojo de la sangre que se había vertido”.
Cachemira, objeto de disputa
Cuando dividieron el subcontinente, los administradores británicos optaron por dejar el pequeño principado de Jammu y Cachemira –de mayoría musulmana y situado a medio camino entre el norte de India y el norte de Pakistán– que eligiera a cuál de los dos países quería integrarse.
La lucha por el control del territorio empezó casi inmediatamente. En un primer momento, el monarca hindú del principado, Hari Singh, intentó mantener la independencia de la región. Pero en 1947 un levantamiento popular en Jammu amenazó el dominio del rey sobre el territorio, y el ejército del monarca respondió matando miles de musulmanes. Lo explica así Hafsa Kanjwal, profesora de historia del sur de Asia en el Lafayette College, en Estados Unidos. A raíz de las matanzas, las tribus del noroeste de Pakistán amenazaron con invadir Cachemira, lo que empujó a Singh a buscar la integración del principado en la India.
La primera guerra indo-paquistaní acabó en 1949 gracias a la mediación de las Naciones Unidas, que estableció un alto el fuego entre ambos países y dividió el principado en dos regiones: una bajo control indio y otra bajo control paquistaní. El plan original de la ONU incluía la organización de un plebiscito para que los cachemires decidieran democráticamente si querían formar parte de la India o de Pakistán, pero la votación nunca llegó a realizarse.
El acuerdo no consiguió apaciguar las tensiones y continuaron estallando episodios de violencia que derivaron en la pérdida progresiva de la autonomía de Cachemira india, según explica Kanjwal. A pesar de varias propuestas para poner fin a la disputa, continuaron los enfrentamientos durante los siguientes decenios y se intensificaron en los años setenta, cuando ambos países empezaron a desarrollar sendos programas nucleares. A finales de la década de los ochenta, Cachemira india se convirtió en el escenario de una revuelta popular contra Nueva Delhi. Poco antes algunos líderes de la oposición regional habían afirmado que la India había cometido fraude electoral para perjudicarlos.
Miles de civiles han muerto estos últimos decenios en el conflicto, ya sea a manos del ejército indio o a manos de los militantes armados cachemires, que o bien buscan la independencia de la región o bien luchan para ampliar su autonomía. Las autoridades indias han respondido con medidas represivas, como la revocación de la autonomía especial del territorio, en 2019. Desde entonces, los ciudadanos acusados de simpatizar con los separatistas han sido despedidos del trabajo o amenazados para que guarden silencio, según ha informado ‘The Washington Post’; en los últimos años, las autoridades indias también han detenido a miles de políticos, abogados y activistas.
India y Pakistán siguen reclamando como propia la totalidad de Cachemira, pero la frontera militarizada no oficial, establecida en 1972 y más conocida como ‘Línea de Control’, sigue dividiendo la región en dos partes, una bajo control indio y otra bajo control paquistaní. India –que controla el sur de Cachemira, formalmente conocido por Jammu y Cachemira– ha desplegado miles de soldados en la región, lo que le ha convertido en una de las zonas más militarizadas del mundo, según los grupos de derechos humanos.
Pakistán controla la franja norte del territorio, que se divide en dos regiones: Azad Cachemira y Gilgit-Baltistán. China, finalmente, también ocupa una franja del este de Cachemira conocida por Aksai Xin, que la India también reivindica.
La violencia vuelve a estallar
Este último episodio de violencia en la región estalló a raíz del ataque mortal perpetrado por activistas armados contra un grupo de turistas mayoritariamente indios en la localidad de Pahalgam, en Cachemira india, el 22 de abril. Veinticinco ciudadanos indios y un ciudadano nepalí murieron en el ataque, en el que también resultaron heridas más de una docena de personas. Fue el ataque más mortífero contra civiles en la India desde los perpetrados por el grupo armado Lashkar-e-Taiba, con sede en Pakistán, en 2008 en Bombay, en el que murieron 166 personas.
El miércoles de la semana pasada, el ejército indio lanzó una retahíla de ataques contra Pakistán como represalia por el ataque a Pahalgam; en respuesta, Islamabad afirmó haber derribado cinco aviones de combate indios. Los días siguientes se sucedieron los ataques transfronterizos en varios puntos de la Línea de Control, con ataques contra infraestructuras militares y civiles tanto en el lado indio como en el lado pakistaní de la frontera. Es la primera vez en seis años que ambos países entran en conflicto directo.
Dado que India y Pakistán son potencias nucleares –el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo calcula que tanto Islamabad como Nueva Delhi poseen unas 170 cabezas nucleares cada una–, cualquier escalada en la disputa por Cachemira es motivo de preocupación profunda, tanto en la región como en el resto del planeta. La desinformación y la censura gubernamental complican aún más el conflicto: varios perfiles influyentes de la derecha india en las redes sociales, por ejemplo, han instado a los indios a participar en la “guerra de la información”; otras cuentas, tanto indias como pakistaníes, han difundido imágenes sin relación con el conflicto actual para presumir de la supuesta efectividad de los respectivos ejércitos.
El pasado jueves, el Ministerio de Información y Radiodifusión de la India emitió un aviso para que las plataformas de streaming retiraran cualquier serie, filme o canción de Pakistán; X, por otra parte, informó que el gobierno indio le había ordenado bloquear más de ocho mil cuentas en el país.
Cachemira, la frontera y la nación
José María Ridao
LA VANGUARDIA
La reciente escalada bélica entre India y Pakistán a raíz del asesinato de veintiséis turistas hindúes en Cachemira, el pasado mes de abril, ha vuelto a traer al primer plano de la atención internacional uno de los contenciosos enquistados desde el final de la segunda guerra mundial y eventualmente más devastadores, al involucrar a dos potencias que han desarrollado el arma nuclear como respuesta a su hostilidad recíproca. La tensión que las enfrenta tiene, sin duda, una dimensión territorial, en la medida en que lo que está en disputa desde 1947 es bajo qué soberanía, india o paquistaní, debe permanecer una región situada en la frontera. Esta dimensión territorial del contencioso oculta, sin embargo, una raíz distinta y de naturaleza inequívocamente ideológica, que no involucra a las religiones musulmana e hindú en cuanto tales, sino a la construcción nacional en los territorios que accedieron a la independencia tras el dominio colonial. Y más en concreto, a la relevancia que las metrópolis otorgaron a la religión de los pueblos colonizados cuando, tras la segunda guerra mundial, y por exigencia de Naciones Unidas como garante del nuevo orden, debieron poner fin a las situaciones de dominio.
Por las mismas fechas en las que el subcontinente indio asiste a la Partición y se divide en dos Estados, India y Pakistán, el Mandato de Francia sobre Siria acaba segregando sobre bases igualmente religiosas un territorio más amplio, la Siria actual, con mayoría musulmana, de otro más reducido, el Líbano, donde por razones históricas existía un sinnúmero de sectas del cristianismo y del islam. La religión volverá a servir de fundamento a la construcción nacional en el caso del Mandato británico sobre Palestina, en el que Londres, como metrópoli, decidirá poner en pie de igualdad el inalienable derecho de una población colonizada a su territorio, la población palestina, con la ambición territorial de una utopía política europea que, como la sionista, formulada a finales del siglo XIX por el periodista austriaco Theodor Herzl, aspiraba a realizarse en el territorio mítico del reino de David. El peso que las grandes potencias de los siglos XIX y XX concedían a la religión como instrumento para interpretar realidades políticas lejanas sobre las que ejercieron algún género de dominio ha permanecido intacto hasta fecha reciente, según vendría a demostrar el hecho de que, tras invadir Irak en 2003, la administración del presidente George W. Bush fomentara la creación de partidos políticos a partir de las sectas y escuelas religiosas del islam presentes en la región, shiíes, sunníes y otras. En Irak, sin embargo, existían fuerzas laicas como el Baaz de Saddam Husein, y también partidos liberales, socialistas y comunistas de diversa disciplina.
El progresivo protagonismo de la dimensión religiosa en la construcción nacional en India y Pakistán empezó a fraguar más de un siglo antes de las respectivas independencias. En 1817, el historiador James Mill, padre del economista Stuart Mill, publicó una historia de la India pronto convertida en obra de referencia tanto en la metrópoli como en la propia colonia. En esa historia, Mill sostenía que en India habían coexistido desde tiempos ancestrales dos naciones, una hindú y otra musulmana, que cooperaban o se enfrentaban en función de la personalidad de los gobernantes y los cambios en la coyuntura. Del rigor de la obra de Mill dan cuenta dos detalles, puestos de relieve por la moderna historiografía india inaugurada por Romila Thapar. El primer detalle es que Mill nunca visitó India. El segundo, que no hablaba ninguna de las lenguas del subcontinente. La suma de ambas limitaciones, siempre según la historiografía india, vendría a demostrar que la obra de Mill carecía de la mínima información requerida para formular ninguna hipótesis acerca del pasado, por lo que, en términos estrictos, lo único que hizo fue proyectar sobre la India colonial el concepto de nación que empezaba a fraguar en la Europa del siglo XIX. En ese concepto, en efecto, la creencia religiosa ocupaba un papel destacado junto a la lengua y la raza, además de otros elementos extraídos de la concepción determinista de la psicología y de la historia, como la influencia de la geografía y el clima en la formación de los “caracteres nacionales” o el “alma de los pueblos”.
No sería justo responsabilizar a Mill del uso que harían de su hipótesis algunas fuerzas políticas indias que combatieron el colonialismo británico, pero lo cierto es que, mientras del lado musulmán se asumió con relativa facilidad la idea de que el islam indio constituía una nación diferenciada, la controversia del lado hindú fue más compleja, debido a la propia naturaleza del hinduismo como religión y también a la orientación ideológica de la que algunos líderes carismáticos como Gandhi y Nehru quisieron dotar al Partido del Congreso, que lideró el camino a la independencia. Como explica Romila Thapar, el hinduismo no es una religión en el sentido de las monoteístas, pero no porque sea politeísta, sino porque, en rigor, hindú, hinduismo, es el nombre con el que se conoce el heterogéneo conjunto de creencias y ritos religiosos que se observaban y se observan al sur del río Indo. De ahí que el término con el que se designa la religión, hindú, hinduismo, sea de origen árabe, porque era así como los araboparlantes al norte del Indo denominaban a la región que se encuentra al sur y, por extensión, a las creencias y los ritos que se observaban en ella. Dicho de otro modo, hindú e hinduismo son gentilicios que agrupan bajo una única denominación geográfica, no religiosa, cultos y ritos de un extenso Olimpo de divinidades diferentes.
Las particularidades de este paisaje espiritual, que Mill identifica con la existencia de una nación hindú en India, generaron diversas controversias políticas entre los dirigentes independentistas que, abrazando el nacionalismo como fuerza para combatir el dominio británico, se veían sin embargo ante la difícil tesitura de decidir en torno a qué elementos comunes articularlo, de modo que pudiera ser abrazado por la totalidad de los colonizados. La lengua no servía, puesto que son centenares las que se hablan en India y la única que podía aspirar a operar como koiné era el inglés, precisamente la lengua del colonizador. Tampoco la raza servía, un concepto ahora contestado pero entonces de curso corriente, puesto que los tipos humanos de India son distintos según las latitudes. Desde el Partido del Congreso, Gandhi sugiere entonces forjar la nueva nación tomando como base un breve texto publicado al principio de su militancia anticolonial, Hindi Swaraj, esto es, Poder hindú. Escrito durante un viaje a impulsos de una súbita inspiración, Hindi Swaraj viene a ser una mezcla de utopía y catecismo que, de tener otro autor, no habría superado ni la crítica contemporánea ni seguramente el paso del tiempo. Gandhi, no obstante, siempre se mantuvo firme en la visión que expresa en esta obra: una India organizada como nación en torno a un ecumenismo religioso, ni hindú ni musulmán ni vinculado a ningún otro credo. Para Gandhi, el poder político según se entendía en las metrópolis, incluida la británica, no sobreviviría en la India que él ambicionaba, porque en su lugar, el sistema de castas -un sistema que, según dejó escrito, constituye una de los órdenes sociales más perfectos que haya puesto en pie la humanidad- y la noción de dharma, esto es, la coincidencia entre lo que se es y lo que se hace, volverían innecesarias las leyes y las instituciones, como en el anarquismo. El individuo cumpliría dentro de su casta la función impuesta por su dharma.
El ecumenismo de Gandhi permitió, sin duda, que la revuelta contra el colonizador involucrara a todos los indios, puesto que un mensaje como el suyo trascendía las creencias religiosas y las diferencias de casta. Pero a medida que se acercaba el momento de la retirada británica, las consignas contenidas en Hindi Swaraj iban perdiendo materialidad y sólo podían servir, si acaso, como vaga inspiración para los líderes del Partido del Congreso, no como fórmula política para conducir la transición entre el poder colonial y el independiente. Esa fórmula vendría de Jawarhalal Nehru, un líder de profundas convicciones liberales y democráticas que, no obstante, defendía la gestión socialista de la economía para un país como India, reducido a la miseria más extrema por el régimen colonial. Es Nehru, no Gandhi, quien se propone construir la nueva nación india en torno a una Constitución de ciudadanos libres e iguales, cuya redacción, llegado el momento, encargaría al principal líder de los intocables, Bhimrao Ambedkar. Poco antes de la independencia, Ambedkar había mantenido una agria polémica con Gandhi acerca del problema de las castas, después de que Gandhi, obstinadamente fiel a su idea de la nación ecuménica, propusiera integrar socialmente a los intocables mediante la creación de una casta específica, una quinta casta que se incorporaría a las cuatro existentes, la casta de los Hariyán. Para comprender el sentido de esta iniciativa de Gandhi es preciso tomar en consideración que un intocable, un avarna, no es alguien que pertenece a la casta de los intocables, porque tal casta no existe, sino alguien que carece de casta. Por esta razón, Ambedkar defendería contra Gandhi que la mejor y única manera de integrar a los intocables en la sociedad india era aboliendo las castas, no creando una nueva. La posterior preferencia de Nehru por Ambedkar como redactor de la Constitución no sólo respondía a la idea de que, por ser un intocable, contribuiría a cerrar las heridas abiertas tras la polémica con Gandhi. Además de su condición personal, Ambedkar reunía otras cualidades que, según debió de entender Nehru, podrían contribuir a la consolidación del proyecto de la nación constitucional defendida por el Partido del Congreso, al que, sin embargo, no pertenecía. Protegido desde niño por el marajá de Maharastra, Ambedkar estudió en Estados Unidos bajo la dirección de John Dewey, uno de los filósofos más influyentes de la democracia americana.
Así, no es casualidad que la Constitución india, por mediación de Ambedkar, comience con la fórmula “We, the people”, igual que la americana, ni tampoco que, en línea con la visión de Dewey, el programa político de Nehru buscara ampliar a través de medidas políticas, económicas y sociales el referente real de la expresión, de manera que “We, the people”, “nosotros, el pueblo”, terminase por incluir a todos los ciudadanos de India, sin distinción de clase, casta o raza. Gracias a la visión de Nehru y Ambedkar, India surge de un concepto político similar al que subyace en el origen de Estados Unidos: ambas son naciones articuladas en torno a una Constitución de ciudadanos libres. Las diferencias proceden, sin embargo, de su respectiva relación en tanto que naciones con la historia. Para Estados Unidos, la historia, su historia como nación, comienza con la Constitución, que marca a todos los efectos un año cero. Para India, en cambio, con la Constitución sólo comienza una de las naciones posibles en el momento de la independencia, la nación constitucional, no la milenaria, no aquella India en la que James Mill creía entrever una nación hindú y otra musulmana. Muhammad Ali Jinnah, líder de los musulmanes de India, otorgaría crédito a la hipótesis de Mill y fundaría sobre ella el Estado de Pakistán. Nehru y el Partido del Congreso se oponen a la segregación que defiende Jinnah, pero no en nombre de una única nación hindú enemiga de la musulmana, sino de la India constitucional y secular a la que daría forma jurídica Ambedkar. “No quiero hacer de India, dijo Nehru, un Pakistán hindú”.
Bajo la dirección de Nehru y sus ideas acerca de la igualdad y la ciudadanía, el Partido del Congreso se convertiría en una formidable maquinaria de poder desde la fecha de la independencia y hasta finales del siglo XX, ocupando elección tras elección el gobierno de la Unión y los de los Estados federados. Este inequívoco respaldo de los ciudadanos a la India constitucional no impidió, sin embargo, el desarrollo de un nacionalismo hindú heredero de la hipótesis de Mill y diametralmente opuesto al musulmán. Su principal teórico, Vinaiak Dámodar Savarkar, popularizó en los años 20 del pasado siglo el concepto de hindutva, indianidad, que, de modo similar a como en España la hispanidad asocia la nación con el credo católico y la lengua castellana, identifica la idea de India con el hinduismo y la lengua hindi. En 1925, la hindutva inspiró la creación de la Rastriya Swayamsevak Sangh (RSS) o Asociación de Voluntarios Patrióticos, un movimiento paramilitar próximo al nazismo en el que militaría desde la edad de ocho años el actual primer ministro de India, Narendra Modi. Nehru imaginó que la victoria de la nación constitucional sobre la que defendía la hindutva sería definitiva, llegando a declarar que el nacionalismo hindú, simétrico del musulmán, no pasaría de ser, a medida que la Constitución desplegara sus efectos, más que “dust in the bin”, un polvillo en el fondo de la papelera. La llegada al poder de Atal Behari Vajpayye como candidato del Bharatiya Janata Party, el partido que surge de la RSS para concurrir a las elecciones bajo la bandera de la hindutva, marcó a partir de 1996 el ocaso del Partido del Congreso y, a continuación, la transformación de la nación constitucional de Nehru en la nación hindú de Savarkar. Los sucesivos gobiernos de Modi, en el poder desde 2014, han buscado imponer cada vez con mayor desenvoltura la agenda nacionalista de la hindutva, desmontando desde dentro la arquitectura constitucional de India y estableciendo en consecuencia aquella simetría con el nacionalismo musulmán de Pakistán que Nehru quiso evitar a cualquier precio.
Cachemira es desde 1947, fecha de la independencia y de la Partición, la frontera exacta donde las dos naciones que creyó entrever Mill entraron en colisión, desbordando los límites de un contencioso estrictamente territorial. En 2019, el gobierno de Modi derogó el artículo 370 de la Constitución, en el que, por influencia de Nehru, se concedía una amplia autonomía a Cachemira para garantizar que los ciudadanos de credo musulmán, mayoritarios, gozarían de los mismos derechos que los hindúes bajo el paraguas del Estado secular indio. El programa de la hindutva dio, sin duda, un paso de gigante con esta decisión de Modi, pero seguramente al precio de colocar frente a frente, como en un espejo de nacionalismos simétricos, dos potencias nucleares incapaces de encontrar una salida a sus heridas y rencores históricos. Los atentados de abril, en los que veintiséis turistas hindúes fueron cruelmente asesinados por un grupo yihadista, buscaban encender una chispa que a punto estuvo de desencadenar una escalada. ¿Cuántas chispas más podrán encender en el futuro esos u otros grupos terroristas que, siendo marginales tanto en India como en Pakistán, responden sin embargo a la misma ideología ultranacionalista que inspira a los respectivos gobiernos? La estabilidad de la región, y tal vez del mundo, podría estar quedando en sus manos, sobre todo cuando las grandes potencias que podrían llamar a la contención entre India y Pakistán están dilapidando su ascendiente internacional o se encuentran atrapadas en conflictos como el de Gaza y Ucrania, con lealtades e intereses contrapuestos.









