La independencia se hace disputando el poder de cuyo Estado te independizas. Porque la independencia no es una cuestión de legalidad sino de efectividad
Me dicen por varias bandas que un político que había sido el líder de un partido dijo hace pocos días en una tertulia radiofónica algo asombroso. Lo he buscado en el servicio a la carta de la emisora, pero no lo he encontrado, por lo que por prudencia no escribiré su nombre. Pero el contenido de lo que dijo coincide en todos los casos, por lo que asumiré que sea cierto; también porque ya lo he oído decir –eso que dijo él– otras veces. Me dicen que este político, hablando de octubre de 2017, afirmó que el problema había sido que había gente –y me nombró a mí directamente– que se había dedicado a decir que la independencia podía hacerse.
[Aclaración: Con posterioridad a la publicación de este artículo varios lectores me han enviado el audio en cuanto puedo confirmar, ahora sí, que el personaje en cuestión es Joan Puigcercós]
De nuestros políticos, ya me sorprenden pocas cosas, pero que quieran hacer ver que el problema no son ellos, y concretamente lo que ellos no supieron hacer, sino que el problema somos los periodistas que no tenemos ninguna influencia posible en el parlamento ni en las decisiones que toma el govern, sería grotesco si no fuera cínico. Pero me da la impresión de que la mención se solape en este nuevo argumento, cada vez más recurrente entre ellos, según el cual es imposible hacer la independencia. No sufran: lo acabarán diciendo así, con todas las letras, desenmascarándose, porque la presión les empuja a ello y ya no saben cómo explicar ese inexplicable giro suyo de ciento ochenta grados. Sin embargo, la cuestión importante es que es mentira.
La independencia no sólo es un objetivo posible, sino que es un objetivo mucho menos complicado de alcanzar eso que intentan hacernos creer. Y, sobre esto, puedo aportar razones de dos tipos. La primera, en la que no voy a insistir hoy, es todo lo que he visto como periodista en la decena de países donde he seguido procesos de independencia exitosos –a menudo contra potencias mucho más complicadas que España. Y la segunda, y más importante, es simple y comprensible: tan sólo hay que recordar que nosotros ya lo hicimos. ¿Y por qué caramba ha de ser imposible algo que nosotros mismos ya hemos hecho?
Me dirán que todavía no somos independientes, y esto es verdad. Pero si no lo somos, no es porque no proclamásemos la independencia de forma legal y legítima ni porque España pudiera impedirlo. Si no somos independientes, es porque nuestra clase política renunció, sin pedirnos permiso a nadie, a hacerla efectiva. Si nadie nos reconoció es porque no se pidió ese reconocimiento. Y si la administración catalana pudo ser fácilmente ocupada por España es porque nuestros políticos lo permitieron, colaboraron y lo facilitaron.
A menudo lo cuento de una manera, creo, fácil de entender. El 27 de octubre de 2017, ese día que tanta gente quiere esconder, la independencia fue proclamada en el Parlament de Catalunya. Y, siéndolo, todos, todos nosotros –y si no, hagan memoria– supimos que vivíamos en un país libre. Por un minuto, los más escépticos; por diez minutos, por dos horas, por un fin de semana, los más crédulos. Cada uno empezó a sospechar que esto no iba en serio en un momento distinto a ese largo fin de semana. Pero la conciencia de que lo habíamos conseguido existió. Y el país hizo el trabajo que debía hacer presionando lo suficiente a la clase política para que ellos no pudieran esquivar la proclamación –esa proclamación que ahora sabemos que buena parte quería esquivar.
Y ésta es una de las claves de cualquier proceso de independencia, y muy específicamente la clave que explica por qué estamos donde estamos. Lo que falló –y aquí son responsables ellos, pero de algún modo también nosotros– es que no pasamos a la acción que hace efectiva la independencia. Se renunció a emprenderla. Ellos renunciaron cuando ni siquiera bajaron la bandera española de palacio y nosotros no supimos reaccionar. Pero todo lo que antes, durante meses y años, habíamos explicado que pasaría, eso que ahora quieren criminalizar, se demostró que era cierto: la independencia de Cataluña podía proclamarse, no era ningún sueño.
De hecho, existe una prueba contundente que confirma hasta qué punto es posible la independencia. Después de los atentados del 17 de agosto, Cataluña vivió como un Estado plenamente independiente y reconocido durante tres días. Porque ejerció todas las funciones de un Estado soberano, incluida la gestión de la política internacional y el control del territorio, durante esos tres días. Todo el debate sobre las estructuras de Estado, y si estaban preparadas o no, debería terminar aquí si fuera un debate racional. Porque si estaban suficientemente preparadas para permitir a Cataluña funcionar durante tres días como un Estado independiente también estaban listos para funcionar tres años o trescientos. El resto son elucubraciones y manipulaciones interesadas, excusas de mal pagador, que deben ser denunciadas.
En relación con esto, es importante que no volvamos a engañarnos ahora. Este debate –si se puede llamar “debate”, a tanta miseria intelectual– ha vuelto gracias a la manifestación del ‘Onze de Setembre’ y a raíz de todo lo que ocurrió la semana pasada. Porque la independencia vuelve a estar en el centro de la política, donde no querrián ellos que estuviera ellos, los que han vuelto al autonomismo. Y por eso corren a ponerse la venda antes de la herida.
Por tanto, lo volveré a explicar, no para ellos sino para los lectores. ¿Qué cómo se hace la independencia? Pues la independencia se hace disputando el poder durante los minutos, horas y días siguientes a la proclamación. Disputando el poder al Estado del que te independizas. Porque la independencia no es una cuestión de legalidad, sino de efectividad. De ahí que la declaración de independencia o la proclamación de independencia tengan, de hecho, poca importancia. La mayor parte de las veces no se publican en ningún boletín oficial, sino que al cabo de los años se colocan en la vitrina de un museo. Y el Tribunal Internacional de Justicia ya dejó bien claro con motivo de la sentencia sobre Kossove que en la ley internacional no hay nada que pueda utilizarse para evitar un proceso de independencia, porque, en definitiva, toda independencia crea una nueva legitimidad.
En 2017, sobre todo el 27 de octubre, no teníamos esto lo suficientemente claro. Pero imagínense que todo lo que ocurrió en 2019 (el aeropuerto, las Marchas por la Libertad, Urquinaona, la AP-7…) hubiera pasado esa misma noche y lo hubiéramos sostenido en el tiempo. Hoy sabemos que la Unión Europea, tan recelosa que parece estar dispuesta a intervenir el 3 de octubre para facilitar una transición. Pero, visto todo lo que pasó después, ahora también sabemos dos cosas: que la intervención de la UE es la fundamental y que Europa sólo intervendrá cuando vea que el coste de no detener la disputa por el poder y las consecuencias internas y externas sea superior al de mantener el ‘status quo’.
Así que todo se limita a esto. Países que no estaban preparados ni tenían ninguna de las famosas estructuras de Estado hoy son perfectamente funcionales porque se concentraron en disputar el poder con uñas y dientes. En cambio, nosotros, que estábamos preparados hasta el último detalle, renunciamos a ello.
Ahora la cosa es saber si, en este segundo embate que empieza a asomarse después de la manifestación del ‘Onze de Setembre’, rectificaremos y sabremos poner los huevos en la cesta buena.
El referéndum ya se ha ganado y la independencia ya se ha proclamado en el parlament. Esta parte del trabajo, que es básica y trascendental, ya se ha realizado. Ahora hay que saber cómo se organiza esta disputa del poder, saber de qué manera y qué día concreto se decide disputarlo y, por tanto, saber qué gente debe haber al frente de las instituciones en ese momento. Saber, en definitiva, tres cosas. Primeramente, si nosotros todavía queremos llegar a ella y, por tanto, si continuamos la movilización comenzada el Once de Septiembre y no dejamos que aquella manifestación sea una mera anécdota. Luego, si somos capaces, entre todos, de hacer que la presión de la calle crezca hasta hacer rectificar a los políticos. Y, finalmente, si es necesario sustituirlos para conseguir hacer realidad lo que se votó el Primero de Octubre, en definitiva lo que queremos. La gran ventaja es que en estos años hemos aprendido mucho y que la decisión fundamental está en nuestras manos y no en las de los políticos.
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