Hace años un diario chino escribió en un artículo de economía: ‘Cuando los Estados Unidos estornudan, Xang-hai se constipa.’ La frase se popularizó y aparecieron variaciones en diferentes lugares, hasta que terminó fijada en un dicho global: ‘Cuando los Estados Unidos estornudan, el resto del mundo se resfría.’ Ironizando sobre la tendencia del lugar común a contagiarse, Renee Montagne en la Radio Pública Nacional de Estados Unidos resumió aquella procesión de calcos con una máxima lapidaria: ‘Cuando América estornuda, se esparcen los clichés.’
Cuando yo todavía estaba en pre-grado, Ann Douglas publicó ‘La feminización de la cultura americana’ (1977), libro importante que pasó desapercibido en Cataluña. Douglas estudiaba el papel de un grupo de mujeres de la élite industrial del noreste de los Estados Unidos en el surgimiento de una cultura sentimental guiada por los valores de la época victoriana. Apartadas del mundo de los negocios de los maridos, ellas habrían ocupado y transformado el espacio dejado por los hombres. Aquellas mujeres de la buena sociedad decimonónica se aliaron con los clérigos protestantes para ‘atravesar las crueles barreras de los estereotipos sexuales’. Y con su influencia prepararon el advenimiento de la cultura de masas del siglo XX.
Huelga decir que este clásico del feminismo ha sido criticado por el establishment feminista. Es natural. La crítica siempre necesita motivos para existir, pero en este caso también cuenta el hecho de que el feminismo, como toda doctrina fundada en el pecado original y dinamizada por la búsqueda del Paraíso, la sociedad sin clases o la sociedad sin géneros, debe extremar el rigor y avanzar, como todas las revoluciones, devorando a sus hijas. A Douglas le han reprochado ignorar la militancia de las mujeres en el movimiento abolicionista y en la lucha por el sufragio femenino. Son rebotes válidos o más bien suplementos necesarios de una tesis que sin embargo no invalidan. Douglas hablaba específicamente de ‘cultura’ en el sentido tradicional del término. Interesa, en todo caso, la parte positiva de su tesis: la forma en que la división social de los intereses permitió que la cultura americana recibiera el sello de un público predominantemente femenino. El control de la escritura y la lectura mediante la feminización de la enseñanza implicó una presión censora acompañada de un ablandamiento de la severidad ‘masculina’ del calvinismo con la popularización de la corriente unitarista, hoy dominante en aquella parte del país.
Según Douglas, una parte muy extensa de lo que después se ha etiquetado como cultura americana proviene de aquella feminización. Por ejemplo, el sentimentalismo que sustituyó la franca sexualidad de los autores del siglo XVIII. Es cierto que hubo reacciones contra la tendencia. Una de ellas sería la resexualización de la literatura en el siglo XX, con los cargos de inmoralidad alzados contra obras como ‘Ulises’ o ‘El amante de Lady Chatterley’ y la persecución judicial consiguiente. Y con escándalos tan provechosos como ‘Lolita’, libro del que Pascal Covici, el editor de Nabokov en Viking Press, dijo que quien se atreviera a publicarlo se arriesgaba a ir a la cárcel. Dejando de lado estos casos ilustres, que a fin promovieron la venta de las obras, lo que más expuso la sociedad americana a la gazmoñeria y la insustancialidad cultural fue el expurgo de bibliotecas, sobre todo las escolares, y la sustitución de las obras consideradas perturbadoras por una literatura de virtudes socialmente normativas.
Una década después de la publicación del libro de Douglas, el feminismo ya se había instalado como criterio epistemológico a muchos seminarios de doctorado, donde el debate el centraban cuestiones tan eruditas como si un hombre, digamos Flaubert, estaba capacitado para describir un personaje femenino. Y pasados cuarenta años, o sea, después de toda una vida académica, puedo testimoniar que la discusión de los textos en las clases de literatura, casi siempre con matrícula mayoritariamente femenina, a menudo gravita hacia la cuestión -por poner un ejemplo de apenas hace una semana- de si Emma Bovary es un personaje propiamente feminista o no lo es.
La incapacidad de desplegar algún otro criterio filológico o hermenéutico que las cuatro ideas sobre el patriarcado, la exclusión de la mujer, la objetivación del cuerpo femenino, o la bondad progresiva o malicia reaccionaria de la representación tiene la consecuencia de expulsar del aula y eventualmente de la universidad los fundamentos y las técnicas de estudio de la literatura. En el extremo, un extremo vivido con virulencia al final de los años ochenta a comienzos de los noventa, se llega a denunciar la historia cultural, sospechosa porque está ‘hecha por hombres’, y sustituirla por otra que hay que excavar con la fe de los practicantes de la Nueva Historia, es decir, bajo la premisa de una conspiración universal para ocultar aportaciones de igual entidad o más que las tradicionalmente reconocidas. Si esta revolución tiene por consecuencia la caída en picado de las vocaciones humanísticas y la marginación profesional y académica de quienes la practican, eso no importa, porque al fin lo que cuenta no es la biblioteca de Alejandría sino la pureza de la fe. Y así, el proceso que Douglas describe para el siglo XIX se reproduce hoy con el apoyo de otros clérigos en la división entre tecnología y finanzas por un lado y humanidades y artes de la otra.
Pero lo que en Estados Unidos forma parte de una larga transformación y consiguiente demolición de disciplinas que van desapareciendo de las universidades, en la periferia llega potenciado, de acuerdo con la ley de ampliación concéntrica de las olas a partir del epicentro. Y así es como en algunas escuelas de Cataluña para proteger a los niños los vigías de la ortodoxia expurgan bibliotecas infantiles con el mismo convencimiento con que en Estados Unidos las vacían de referencias a la evolución. Es un fenómeno recurrente. Hace años que los japoneses prohibieron ‘Las aventuras de Pinocho’, y en los años setenta intelectuales de izquierda como Armand Mattelard y Ariel Dorfman (este último contratado después por una de las universidades privadas más capitalizadas de Estados Unidos) denunciaban los dibujos de Disney en ‘Para leer al pato Donald’. Los textos y las ideologías varían; el celo perdura.
El pasado lunes, Salvador Cardús advertía contra la tentación de proteger a los niños de ideas impugnables en lugar de enseñarles a evaluarlas y superarlas. Educar es ayudarles a desarrollarse dentro unos marcos mentales que ellos mismos acabarán descartando o relativizando. Madurar no consiste tanto en adaptarse a modelos idealizados por los adultos como contrastar la eficacia de los modelos y rechazar los que se les hayan quedado pequeños. Hay teorías muy diversas sobre el papel de los cuentos infantiles en el desarrollo de la personalidad y no me pronunciaré sobre la corrección o utilidad de unas u otras. Pero tal vez vale la pena recordar que los procesos cognitivos de los pequeños no son los mismos que los de los adultos y que el efecto psicológico de los cuentos en los lectores infantiles podría ser muy diferente de lo que se imaginan los censores bienpensantes.
Así como ni la vida ni la muerte que se inflige Emma Bovary determinan el destino profesional ni el estatus social de las estudiantes que, en escuelas de élite que la protagonista de la novela no habría podido ni soñar, se pueden permitir una pesadumbre tan solidaria como imaginaria por el drama de aquella adúltera fantasiosa, tampoco el ‘machismo’ de la ‘Cenicienta’ o ‘La bella durmiente del bosque’ encamina las niñas actuales hacia la sumisión o el desánimo vocacional. Son otros factores, en todo caso, los que les llevan allí, pues la tónica dominante en toda sociedad es crear una masa conformista, y suelen ser las sociedades más dirigistas las que hacen de las mujeres la vanguardia del conservadurismo. Pero la ilusión y la magia de los cuentos tiene, como bien sabía el psicólogo infantil Bruno Bettelheim, un efecto tranquilizador y alentador en las criaturas, aunque a veces la angustia o la opresión las resuelva un príncipe encantador.
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