Bouvard, Pécuchet y Rajoy

Entre tantas revelaciones que ha habido en los últimos días, sesión judicial tras sesión judicial, quiero decir, si algo ha vuelto a quedar claro es que Mariano Rajoy es un idiota. Ojo, no lo digo ahora con ningún afán grosero ni de insulto, sino en el sentido más flaubertiano del término. Me explico.

Después de haber publicado ‘Madame Bovary’ y ‘Salambó’, en 1863 Gustave Flaubert hace los primeros bocetos del último libro que escribirá, a partir de 1877, y que dejará inacabado al morir en 1880. Explica la historia de dos personajes grises, muy grises, dos oficinistas de París, hoy más bien encontraríamos que son funcionarios, quizás incluso registradores de la propiedad. El caso es que un día uno de los dos recibe una herencia importante y deciden abandonar el trabajo y la capital y trasladarse al campo.

Y cuando están allí se dedican en cuerpo y alma a los trabajos de la tierra -desde la agricultura y la jardinería hasta la destilería y las conservas-, con la ayuda, siempre, de la lectura, por decirlo así: armados de todo tipo de manuales de divulgación, el calendario del campesino y la Wikipedia del momento, abordan metódicamente cualquier reto con resultados en general poco afortunados. Y son tan poco afortunados, que pronto deciden probar suerte en otra disciplina. Y así recorrerán las principales ciencias (química, anatomía, medicina, nutrición, astronomía, zoología, geología, arqueología y otras), la literatura, la filosofía, la política, el amor, la religión y finalmente la educación, que en aquellos momentos significa la frenología, el dibujo, la historia natural, la moral, la música y el urbanismo. Siempre con los mismos frutos. El desastre. La necedad.

Así nacieron y tomaron forma Bouvard y Pécuchet, los personajes que dan nombre a la novela, en los que Flaubert concentró la estupidez humana en tantas variantes como fue capaz de recoger. Que son muchas. Por más que leen y que estudian, o que hacen ver que estudian y piensan que leen, Bouvard y Pécuchet no llegan nunca a progresar adecuadamente. Porque son incapaces de entender el sentido de la información que acumulan. No pueden relacionarla con la experiencia, la experiencia que da, en suma, la vida y que probablemente no saben tener. Raramente son capaces de ir más allá de la literalidad ni superar, si desea designarlo de una manera demasiado benévola, digamos, el sentido común.

Y alerta si ahora, al leer estas últimas palabras, se les ha ocurrido musitar, involuntariamente, eso de que el sentido común es el menos común de los sentidos. Porque entonces quizás corren el riesgo de caer en ella, en la estupidez, en la idiotez de Bouvard y Pécuchet, en la misma mirada suya fatalmente tópica. Que les lleva a no saber moverse más allá de las ‘ideas recibidas’. Lo digo, ya lo habrán adivinado, porque la mayoría de ediciones de la novela integran, a continuación, una pieza complementaria de Flaubert, el ‘Dictionnaire des idées reçues’, un diccionario de tópicos que hoy sería mucho más extenso.

Y puestos a ello. ¿Recuerdan lo de los ‘hilitos con aspecto de plastilina en estiramiento vertical’ (*)? Fue aquella rueda de prensa en la que el entonces ministro Rajoy describía con aparatosa solemnidad y palabras estúpidas la catástrofe en curso del Prestige. O quizás recuerden aquel otro día que, cuando se le preguntó por el cambio climático, respondió apelando al criterio de autoridad de uno de sus primos, aquel primo que él sí lo había estudiado y le había explicado que, de aquello, nada de nada.

O, ya en pleno juicio, aquel momento en que le mostraron un video del Primero de Octubre. Y el hombre dijo que aquellas imágenes no le gustaban, como no le gustarían otras imágenes parecidas a las que había visto y que también podría ver. Sic. Todo ello para evitar decir nada sustancial. Como quien quiere jugar, o tal vez no puede evitarlo, a hacerse ahora el Bouvard, ahora el Pécuchet. El idiota.

Y así hemos llegado hasta donde hemos llegado.

(*) https://www.youtube.com/watch?v=vZsGMs4JE2k

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