Las lenguas en el estado francés: entre el renacimiento y la desaparición

La situación de las lenguas no ha sido un proceso natural, ni mucho menos, sino que ha habido una política estatal planificada

Toulouse se movilizará mañana, domingo, en defensa de la enseñanza en occitano. El motivo, una nueva reforma del ministro de Enseñanza francés que conllevará una reestructuración y la supresión de puestos de trabajo el próximo curso. Esta política pone en peligro los avances que ha logrado el occitano en la enseñanza secundaria y afecta también al resto de lenguas minorizadas del Estado francés.

A pesar de ser la única lengua oficial, de uso generalizado, la lengua francesa no ha tenido siempre esta preponderancia en el territorio. Ha sido a raíz de una política estatal premeditada que se ha homogeneizado en todos los lugares y aspectos de la vida social.

Antes de la formación del estado moderno, la situación era muy diferente. Hace sólo dos siglos, en 1806, con ocasión del censo de población, se hizo una encuesta lingüística en todos los municipios del Imperio francés sobre la lengua materna de los habitantes.

Más del 40% de la población hablaba una de las lenguas hoy minorizadas, y cerca de un tercio del actual territorio francés era de dominio lingüístico occitano. La división natural era: al sur del Estado, se hablaba la lengua de oc (en todas sus variedades) y en la mitad norte, las lenguas de oïl, a la que pertenece el francés, pero también el picardo, el normando y el gallo.

Además, en la zona que podríamos considerar la periferia, encontramos una serie de lenguas repartidas, la mayoría, en más de un Estado: el vasco, el catalán, el flamenco y el corso. El bretón, por su parte, se encuentra exclusivamente en la Bretaña, aunque comparte vínculos estrechos con el resto de lenguas celtas (como el gaélico, el galés y el córnico).

La ruptura de la transmisión

La situación actual es muy diferente de la que podíamos encontrar tiempo atrás. Una encuesta del 2011 concluye que, entre las lenguas propias, el 93% de los ciudadanos de la Francia metropolitana hablan exclusivamente francés.

Las lenguas que mantienen más vitalidad son el corso (42% de hablantes) y el alsaciano (43%), pero tampoco se han salvado de un descenso generalizado estas últimas décadas.
En el caso del corso, por ejemplo, encontramos que, en 1977, un 80% de los habitantes de la isla sabían la lengua propia. En 1995, el porcentaje había disminuido hasta el 64% y, a principios del nuevo siglo, ya se había situado por debajo de la mitad de la población.
La principal causa de este descenso es la ruptura de la transmisión entre generaciones. En Alsacia, los habitantes que hablan la lengua propia, un 91% habla con los abuelos y sólo un 39% con los hijos. Un problema especialmente grave si tenemos en cuenta que el 95% de la población la ha aprendido en el seno familiar. Este es un factor generalizado en todas las lenguas. En el caso del bretón, la media de edad de los hablantes es setenta años.

El proceso de la ‘vergüenza’

La situación de las lenguas, que han pasado de ser dominantes en su territorio a casi desaparecer en muchos casos, no ha sido un proceso natural, ni mucho menos, sino que ha habido una política estatal planificada.

Primero, se eliminó la identidad histórica de los habitantes. Las unidades administrativas no han respetado las fronteras culturales, al contrario, los nombres han sido sistemáticamente eliminados y los territorios, divididos. Un ejemplo es el de la Bretaña, que vio como la ciudad de Nantes quedaba fuera de su región. Del mismo modo, Occitania ha quedado separada en cinco regiones, sin respetar las fronteras interiores, como es el caso del Languedoc y la Gascuña.

Además, todas las leyes han ido dirigidas a hacer del francés la única lengua de las instituciones, la administración y el ejército, obligando su uso en cualquier acto público. La escuela obligatoria, instaurada por Jules Ferry a finales del siglo XX, se convirtió en una institución clave.

La política lingüística fue la de desprestigiarlas, tratándolas simplemente como dialectos, y se extendió el estigma que utilizarlas como lengua materna era perjudicial. Los alumnos que se resistían a hablar en francés recibían castigos físicos y psicológicos.

Todo ello empujó a un sentimiento de humillación y vergüenza, a la ‘vergonha’, en occitano, aunque fue extensible al resto de lenguas. Y esto supuso una sustitución lingüística generalizada en pocos años.

Una lenta revalorización

Aunque el Estado francés tiene una visión centralista, con una única lengua oficial, una parte de la población ha mantenido viva la cultura propia y ha ayudado a la toma de conciencia, lo que se ha traducido en movimientos culturales y, en algunos casos, políticos.

Un primer reconocimiento fue la ley Deixonne (1951), que introdujo de manera tímida las llamadas lenguas regionales en la enseñanza. Una encuesta reciente mostraba que el 70% de los ciudadanos franceses era favorable al reconocimiento de la diversidad lingüística, un porcentaje que llegaba al 85% en los territorios donde tienen lengua propia.

En 2008, una reforma constitucional pasó a considerar las lenguas un valor patrimonial. Además, el Estado francés firmó una parte de los artículos de la Carta Europea de Lenguas Regionales o Minoritarias, pero no lo ha ratificado nunca.

Cualquier avance, sin embargo, es limitado por el francés, que no puede perder la posición preeminente respecto del resto de lenguas. Ni en el ámbito institucional, ni en el administrativo ni en el social. Un ejemplo claro fue la gran polémica que hubo cuando el presidente del parlamento corso usó su lengua en la sesión constitutiva.

La recuperación de las lenguas

En el caso de Córcega, la voluntad de recuperación cultural se ha traducido también en el ámbito político. Los partidos soberanistas, partidarios de la cooficialidad, gobiernan la isla desde el 2015.

También hay partidos con un peso significativo en Bretaña, el País Vasco y Alsacia, con cerca de un 10% de los votos, pero limitados por un sistema electoral mayoritario. La incapacidad de llegar a las instituciones ha hecho que la política la hagan los partidos de ámbito estatal, con más o menos sensibilidad en función del territorio.

Una de las políticas habituales ha sido la creación de oficinas públicas de la lengua, como es el caso del occitano, el bretón y el vasco. Son organismos públicos que tienen como objetivo promover la transmisión y el uso.

En el caso del País Vasco, la mancomunidad de municipios, la primera institución vasca de la república francesa, creada en 2017, ha reconocido oficialmente el vasco y el occitano como lenguas propias. Un acto simbólico que ha ido acompañado de apoyo al fomento, la señalización bilingüe y el uso en comunicaciones oficiales.

Finalmente, cabe destacar la introducción lingüística en la escuela. Aunque el resultado es todavía claramente insuficiente para la supervivencia de la lengua, ha permitido la transmisión y que haya nuevos hablantes. Gran parte de esta tarea la han hecho escuelas asociativas que practican la inmersión lingüística y que cada año tienen más alumnos.

Según datos oficiales, unos 272.000 alumnos (un 2%) reciben  la enseñanza de algunas de las lenguas minorizadas -72.000 de los cuales dentro de la escuela bilingüe-. Principalmente, el alsaciano (73.000), el occitano (62.000), el bretón (35.000) y el corso (34.000).

En el ámbito de las escuelas asociativas, en 1969 se creó la primera ikastola de Iparralde, que actualmente ya acoge cerca de 3.700 alumnos. Pasa igual con la escuela Diwan (inmersión en bretón), que tiene 3.732 alumnos y Calandreta (en occitano), que acogen 3.894 alumnos.

En Cataluña Norte, el 25% de los alumnos recibe algún tipo de enseñanza en catalán, un 8% de los cuales en escuelas inmersivas como Arrels (Raíces) y la Bressola (la primera nació en 1976) o bilingües; y el resto de iniciación, en catalán. En cifras absolutas, hay escolarizados unos 5.000 alumnos.

¿Un cambio insuficiente?

El aprendizaje en la escuela tiene un amplio apoyo en todos los territorios con una lengua propia, cerca del 70% en todos los casos, pero con una oferta y una velocidad insuficiente para la supervivencia de las lenguas. En buena parte, por culpa de un apoyo institucional demasiado débil.

En el caso del bretón, ha crecido el uso entre los jóvenes de 15 a 19 años, el 90% de ellos lo ha aprendido en la escuela. Pero, al mismo tiempo, al ser una lengua envejecida, en diez años ha perdido un 30% de los hablantes. Del mismo modo, en el caso del catalán, por cada hablante nuevo que se gana en la escuela, se pierden diez.

Hablantes del euskera en el País Vasco (Iparralde). Resultados de la Sexta encuesta sociolingüística 2.016.

La Oficina Pública de la Lengua Vasca llega a la misma conclusión. A pesar de que estos últimos años se ha podido mantener el número de hablantes, el porcentaje ha continuado disminuyendo y aún hay un dato más grave, que es que continúa disminuyendo su uso social. Los que hablan vasco tanto o más que francés pasan de un 9,6% en 2006 a un 8,1% en 2016.

Aunque evita el retroceso entre los más jóvenes, muy a menudo es una ‘lengua de escuela’, y fuera de este ámbito no se utiliza. Los hablantes mismos prefieren relegarla al ámbito privado, porque, a pesar de ser su lengua materna, la mayoría no la han estudiado, por lo que a menudo hay una carencia en el lenguaje técnico para hablarla en el trabajo o en otros ámbitos de la vida pública.

Además, al estar apartada de la administración, de las grandes superficies y los medios de comunicación, los más jóvenes no tienen interés, más allá del valor patrimonial que le otorgan.

Una de las claves para la supervivencia es que la lengua sea útil. Por ejemplo, en el caso del catalán, el resto del país tiene mucho que ver. Sólo un 5,7% de la población norte-catalana hace un uso habitual, pero un 34% lo utiliza cuando va a Cataluña Sur. El intercambio cultural y el hecho de que se utilice entre los sur-catalanes que van al norte es clave. Una política también aplicable al flamenco y al vasco.

La capacidad de encontrar este espacio, también en los ámbitos social, económico y político, será determinante, primero, para la supervivencia de las lenguas y, posteriormente, para su recuperación. Mañana, una demostración de fuerza para evitar que retrocedan los tímidos avances alcanzados puede ser un nuevo paso en la defensa del occitano y el resto de lenguas.

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