‘A la intemperie’. La actual política catalana vive a la intemperie. Tal como lo define el diccionario: “Sin techo ni cobijo”. Desde la aplicación arbitraria del artículo 155, el sistema autonómico ha quebrado. El terreno de juego se ha borrado, y ya no tiene líneas ni reglas claras. El adversario -el Estado-, que tiene prácticamente todos los instrumentos de coacción violenta, actúa sin patrones y amenaza con romper la baraja en cualquier momento y terminar la partida sin contemplaciones. Nuestras instituciones -el Parlamento, el Gobierno y el resto de organismos públicos- viven en la incertidumbre normativa, cuando no están sometidos a todo tipo de intimidaciones que las hace vulnerables y miedosas.
En estas condiciones, no parece nada razonable que se pidan liderazgos imperturbables, como si aún viviéramos en el plácido autonomismo. Pero hay quien aún vive instalado en aquel sueño -de hecho, en el viejo mal sueño- autonómico, esperando que reaparezcan la clase de líderes que, conformados con los apremios habituales -la continuada vulneración del Estatuto con las leyes de bases, el incumplimiento de las sentencias del Tribunal Constitucional, la no ejecución de las inversiones prometidas, la brutal depredación fiscal o la falta de respeto a la diversidad cultural y lingüística-, administraban el poder residual con pompa y solemnidad.
No: ahora necesitamos -y los tenemos- líderes que ocupen este territorio tan inclemente con la máxima dignidad más que gestores grandilocuentes del casi nada. Y por eso encuentro miserable escarnecer las limitaciones de nuestros dirigentes para gobernar, escondiendo la inclemencia de las condiciones en que deben batallar.
‘En la inestabilidad’. Hacer política en arenas movedizas es una locura. Hay quien pide planes, hojas de ruta, calendarios, objetivos de gobierno, políticas eficaces… Y resulta que cada semana hay cambios de escenario, de actores, de obra y también de espectadores. Incluso los que deberían tener más fácil tienen que cambiar de criterio de manera repentina. Pedro Sánchez prometía agotar su tiempo de gobierno poco antes de convocar elecciones. Inés Arrimadas aseguraba que su objetivo era Cataluña tres semanas antes de anunciar que se va a Madrid. El espacio de los comunes no para de tambalearse: sin Fachin, sin Domènech, sin Alamany, y ahora sin Nuet y su nuevo partido, Sobiranistas. También desconciertan Juntos por Cataluña, la Crida, el PDECat y la imposible estabilización de un independentismo transitoriamente transversal y, al mismo tiempo, tan radical en los principios como moderado en las formas. Y con una ERC que si se mantiene disciplinada es por las órdenes de un líder encarcelado a quien, es comprensible, nadie se atreve a contradecir.
Y, sin embargo, es ahora cuando hay que moverse rápidamente, sin mapa ni brújula, si no se quiere terminar ahogado en el lodazal. No es tiempo, pues, de ralentizar el paso, de aplazar proyectos ni de especular sobre los movimientos del adversario. Quien mantenga firme la mirada en el horizonte deseado es quien logrará el objetivo.
‘Esperando lo inesperado’. Se pueden hacer todo tipo de apuestas sobre cómo salir de la intemperie y cómo dibujar una nueva cartografía política. Pero sólo son eso: apuestas. La desigualdad de fuerzas -en potencia, pero también de naturaleza- es tan grande que el desenlace no llegará de una confrontación final en campo abierto. Ni de un 155 permanente sobre dos generaciones, ni de una mesa de diálogo civilizada. Ni de la violencia desbocada, ni de ir poniendo la otra mejilla. El final, por ahora imprevisible, será resultado de quien cometa el peor error y de quien haya resistido lo suficiente para saberlo aprovechar. No habrá una victoria heroica de unos, ni una derrota total de los demás. Habrá una última pifia, y habrá la espera atenta de quien la sepa aprovechar. Cuando no se cuenta con la fuerza bruta, y se quiere ganar sin hacerse mucho daño, hay que hacer caso de los clásicos: “El buen vencedor evita la guerra” (Lao-Tse).
ARA









