¿Quieres tener una lengua? Pues hazte un Estado

Seguramente la ideología lingüística hegemónica en el mundo es la que podríamos llamar ‘estandarismo estatista’ y que tiene por eslogan principal ‘una lengua, un Estado’. Un gran número de estados del mundo invierten unos recursos y unas energías muy considerables en el objetivo de imponer esta ideología a toda su población. En ciertos casos esta inversión debe ser muy grande porque el objetivo está muy lejos de alcanzarse. Por ejemplo, China o Rusia, con una enorme diversidad lingüística que hay que ir aniquilando (‘anéantir’, decía el abad Grégoire en la época de la Revolución Francesa). Otros ya tienen mucho trabajo hecho, como Brasil o Australia, territorios donde quinientos años atrás se podía encontrar una gran diversidad lingüística, que hoy se ha reducido drásticamente.

El abad Grégoire, que suele pasar por el primer gran impulsor de esta ideología en su versión moderna, no parece que fuera mala persona. Fue un gran defensor de la igualdad entre ‘razas’ y un ferviente militante de la abolición de la esclavitud. Demostró un coraje y una coherencia extraordinarios: durante el llamado ‘terror’, cuando Robespierre impulsó una especie de religión de la razón e intentó disminuir la influencia de la iglesia, Grégoire se negó a renunciar al cargo de obispo y se paseaba con el traje pontificio, cuando se había prohibido a los clérigos llevar los hábitos fuera de las funciones religiosas. Más adelante también se enfrentó a Napoleón. Y además, una vez había caído, fue enemigo de la restauración monárquica. Todo un personaje. Según la Wikipedia, justamente este coraje que le llevaba a defender abiertamente, de manera desafiante, ideas por las que había gente que terminaba en la guillotina, es lo que le salvó la vida: una persona así inspira el respeto incluso de los enemigos.

Y sin embargo, también es el autor del famoso ‘Rapport sur la Nécessité et les Moyens d’anéantir les Patois et d’universaliser l’Usage de la Langue française’, en el que aboga por eliminar toda manifestación lingüística de la república que no fuera el ‘francés’. La lista de ‘patois’ que quiere hacer desaparecer es larga: “Le bas-breton, le normand, le picard, le rouchi ou wallon, le flamand, le champenois, le messin, le lorrain, le franc-comtois, le bourguignon, le bressan, le lyonnais, le dauphinois, l’auvergnat, le poitevin, le limousin, le picard, le provençal, le languedocien, le velayen, le catalan, le béarnois, le basque, le rouergat & le gascon”. La lista incluye el lorenés, una variante de ‘oil’ que debía ser su lengua inicial, teniendo en cuenta que nació y creció en la Lorena.

Grégoire es un ejemplo perfecto de la ideología del estandarismo estatista. De entrada, considera que la diversidad lingüística va en contra de la cohesión nacional, es decir, vincula indiscutiblemente unidad nacional (es decir, estatal) y uniformización lingüística. Además, considera la República Francesa una entidad indivisible, un tipo de sujeto eterno. Y además, cree que el francés no es una lengua más, sino ‘la’ lengua de la libertad, mientras que el resto son simples ‘patois’. Todo esto lo resume bastante bien una frase del ‘Rapport’: “…podemos uniformar la lengua de una gran nación, de manera que todos los ciudadanos que la componen puedan sin obstáculos comunicarse los pensamientos. Esta empresa, que no ha sido plenamente ejecutada en ningún pueblo, es digna del pueblo francés, que centraliza todas las ramas de la organización social y que debe tener el celo de consagrar, lo antes posible, en una República una e indivisible, el uso único e invariable de la lengua de la libertad” (todo el documento original está disponible en la Biblioteca Digital de Francia).

¿Cómo es que un liberal ilustrado que cree en la igualdad humana (por lo menos, la de los hombres, no sé si se pronunció sobre las mujeres) no tenga ningún escrúpulo en proponer la homogeneización lingüística a toda costa? Pues porque sostiene uno de los principales dogmas del ‘estandarismo estatista’ en versión liberal-racionalista: la lengua es un simple instrumento de comunicación y, por tanto, en nombre de la eficiencia comunicativa, es lógico que todos usemos la misma. ¿Qué mal hay en unificar el sistema métrico, el tamaño de las hojas de papel o la esquina por el que hemos de conducir? ¿Quién osaría considerarlo una imposición, un atentado contra la libertad? Sólo una mente irracional, supersticiosa, oscurantista. Pues igual. La lástima (para la solidez del argumento) es que esta idea entra en contradicción directa con otro de los dogmas de esta ideología, que es, como decíamos, la identificación entre lengua y nación: ¿no nos parecería poco práctico e injustificado, mantener un sistema métrico nacional? Pues igual que con las medidas, una sola lengua mundial sería mucho mejor. ¿Por qué no renunciar al francés a favor del chino, pues?

El ‘estandarismo estatista’ supera esta contradicción recurriendo al supremacismo lingüístico: mi lengua nacional no es una lengua entre otras, sino la lengua mejor de todas, la lengua de la libertad. Sería como decir: el tamaño de folio que yo propongo no es una convención para facilitar su almacenamiento e intercambio, sino la mejor medida. De hecho, las otras medidas no son ni ‘medidas’, son engendros (‘patois’ en versión lingüística). Por eso es justo y conveniente imponerla a toda la nación, pero también, si puede ser, a las demás naciones, porque es por su bien.

Aquí la contradicción es de nuevo muy clara: mira que eso mismo no lo piensen otros pueblos también. ¿Cómo haremos para saber cuál es de verdad la mejor lengua, la más eficiente, la que permite comunicar mejor los pensamientos? ¿Qué derecho tenemos a creer que casualmente la mejor es la nuestra? Resulta que el abad Grégoire creía sinceramente que las ideas revolucionarias, vehiculadas por el francés, mejoraban objetivamente la humanidad. Grégoire tenía coraje, pero no le sobraba ni la humildad ni la capacidad de dudar de las propias convicciones.

Grégoire también estaba convencido de otra característica del estandarismo estatista: hay un modelo de lengua depurado, sofisticado, elegante, correcto, que sólo está al alcance de las personas instruidas (y aún), y la mayoría de la gente usa versiones degeneradas, incorrectas y groseras de este modelo, que es el de referencia, la ‘lengua de verdad’. Grégoire lo expresa claramente cuando dice que entre los patois tenemos que poner también el italiano de Córcega y de los Alpes marítimos, y el alemán del Alto y el Bajo Rin, porque estos dos idiomas son muy degenerados’. Es decir, existe una lengua italiana y una lengua alemana, pero en estos lugares de Francia se hablan versiones corruptos (el italiano y el alemán como es debido debían ser el de Dante y de Lutero; vaya, los de los libros). Lo que la gente usa de verdad es un derivado defectuoso de la lengua. He aquí una inversión radical de los hechos: el producto derivado es la lengua estándar, conscientemente planificado y convertido en prescriptivo por algún tipo de autoridad.

Pero volvamos al dogma estatista. La lengua del Estado, pues, tiene una doble cara. Por un lado, es un instrumento de comunicación, de eficiencia. Por lo tanto, se impondrá. ¿Cómo? Con la obligación de llevar a cabo determinadas funciones exclusivamente en esta lengua. De modo que para tener una socialización plena sea necesario aprenderla y usarla: educación, derecho, administración pública, atención médica… Una vez establecida esta condición, y aunque los hablantes nativos de la lengua continúen siendo una minoría, la lengua ya no es una imposición. ¡Se ha transformado en un derecho! Como en la mentalidad del ‘estandarismo estatista’, las lenguas, como la ciudadanía, son excluyentes, si quieres que tu comunidad mantenga la otra, la anterior a la llegada del Estado, margina a las personas, les cierras el acceso a toda esta serie de derechos. ¡Ah! Y cuando ya sean mayoría, entonces intentar preservar las otras lenguas, las ‘minoritarias’, sí que será una imposición: ‘lo que no parece razonable es promover la adquisición de una lengua minoritaria a costa de los hablantes de una lengua mayoritaria sin el consentimiento de los mismos’, dice Julio Puente.

La otra cara es más oscura: la lengua es el símbolo de la nación, es decir, del Estado. Por tanto, quien quiera seguir utilizando otra lengua trabaja por disgregar la nación. Es un traidor. Un enemigo. La nación no es contingente, no es fruto de una mezcla de azar histórico y dinámicas sociales constructoras de discurso: es un hecho inmutable, y la prueba es que cuenta con un Estado (prueba de doble sentido: si no cuenta con un Estado es que no hay nación, ‘¿qué pone en tu DNI?’). La conclusión lingüística es de sentido común: si estamos en tal Estado, utilicemos tal lengua. Otra cosa es escandalosa, inconcebible. Por eso una ciudadana noruega madre de tres hijos nacidos en el País Valenciano, repitiendo un eco que se ha escuchado millones de veces, afirmaba, según el digital El Español: ‘Nunca me imaginaba que me iba a encontrar con esto. Estamos en España, lo más lógico es que cada comunidad tenga una oferta para que se pueda estudiar en español’. Por eso Putin dice, sin sonrojarse, que es escandaloso que un niño tenga que estudiar en una lengua que no es la suya materna: esto sólo vale para las lenguas de verdad, las lenguas consagradas por el estandarismo estatista. El ruso, pero no el checheno, el tártaro o el bashkir. Estas lenguas, como el catalán, el corso o el véneto, son de hecho, en el mejor de los casos ‘patois’ que molestan, y en el peor, serias amenazas. Por eso Félix de Azúa dice que ‘Ya lo dijo el poeta: desdichado el país en el que haya que defender lo obvio’. Lo obvio es el castellano.

Esta versión de la ideología es un poco brusca, claro. Por eso hay versiones algo más refinadas, más modernas, en la línea liberal-racionalista, pero con las mismas premisas. Por ejemplo, pretender apoyar una lengua no estatal es fomentar el cierre mental, favorecer el aislamiento intelectual, mientras que imponer una lengua estatal es cosmopolita, es abrirse al mundo. El cosmopolitismo, en este caso, significa que los otros hagan como yo. Recuerdo un profesor peruano que exaltaba la gran sensación de, viajando por tantos países, sentirse siempre como en casa gracias al castellano. Y yo que pensaba que el cosmopolitismo tenía por esencia justamente no esperar que vayas donde vayas te sirvan la hamburguesa exactamente como te la hacen en la esquina.

Otra línea argumental: las lenguas no tienen derechos, los tienen las personas. Una idea ciertamente interesante, pero tan coja como la de la lengua materna de Putin, cuando los derechos de las personas, derechos individuales, se han de hacer valer en Vilafranca pero no en Lavapiés, y valen para un castellanohablante pero no para un amazigohablante. Y otra: la uniformización lingüística hace posible la igualdad, mientras que la especificidad va en contra. Con esta idea Cristian Campos escribe en El Español: ‘Sin el catalán, la fantasía de la particularidad catalana se derrumbaría como el castillo de naipes que es, dejando al desnudo la realidad de una comunidad española sin mayor (ni menor) historia, mérito ni merecimiento que las dieciséis restantes. Una comunidad de iguales en un país de iguales. Es decir una democracia’. ¿Hablas en castellano? Pues ya has alcanzado la igualdad (quizás se te ha acabado el paro o cobras una pensión de seiscientos euros, pero eres igual que Florentino Pérez).

¿Cuál es nuestra oferta, la de los contrarios al ‘estandarismo estatista’? Mi idea es que la diversidad es inclusiva por naturaleza; la uniformidad es excluyente por naturaleza. Si la norma para entrar en la discoteca es llevar corbata, habrá gente que no podrá entrar. Si es ir vestido como quieras, entrará todo el mundo. Es importante distinguir en cualquier ámbito la igualdad de la uniformidad. La uniformidad genera desigualdad, porque establece un patrón de referencia. Si la norma es la corbata, hay encorbatados y no encorbatados, es decir, desigualdad. Si la norma es viste como quieras, entonces sí que todo el mundo es igual. Aplicado a las lenguas, eres aceptado si hablas de una determinada manera, y lo eres menos a medida que te alejas de este modelo. Y esto vale tanto para la imposición de una lengua como por la ridiculización o la condena de la variación por ejemplo dialectal. La igualdad, en cambio, dice: hablas diferente, y esto es importante de preservar, para que continúe siendo posible hablar diferente y que esto no te haga desigual.

De Grégoire a Fernando Savater, de Rivarol a Mario Vargas Llosa, en nombre de la igualdad nos han querido imponer la uniformización que nos divide en ‘normales’ y ‘nacionalistas’, en ‘cosmopolitas’ y ‘aldeanos’, en ‘hablantes’ y ‘chapurreadores’, en ‘ciudadanos’ y ‘nazis’ (‘el catalán es ya poco más que una herramienta de odio en manos de aquellos que la han utilizado para proyectar con ella su racismo’, dice Cristian Campos), es decir, en gente como es debido y gente que necesita ser reeducada. Ojalá no les copiamos la idea.

Pere Comellas es miembro del Grupo de Estudio de Lenguas Amenazadas (GELA)

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