Los humanos tendemos a ser apocalípticos, a pensar que el futuro será peor que el presente. De hecho, tenemos tendencia a recordar el pasado con añoranza, ideando que los momentos felices ocuparon la mayor parte de nuestro tiempo. Nada más falso. Leí, no sé dónde, que esta facilidad para recordar sólo los momentos amables, esta amnesia selectiva, era resultado de la sabia evolución del cerebro. Si los humanos lo recordáramos todo no podríamos soportarlo. Viviríamos bajo una depresión estructural. ¿Cuántas malas jugadas nos hizo aquel individuo con el que, tal vez, nos cruzamos a menudo? ¿Y las marranadas del familiar, ahora convertido en amable, con el que compartimos mesa el día de Navidad? Definitivamente, es mejor olvidar lo que no es positivo. Pura supervivencia.
De esta tendencia al pesimismo respecto al futuro no se escapa nadie. Desde Thomas Malthus, que aseguró que llegaría un momento en que la superficie terrestre no generaría suficientes alimentos para todos, hasta ahora mismo, lleno de listillos que echan la culpa de la muerte de su canario al cambio climático. Cuando yo era pequeño, si hacía mal tiempo cuando no tocaba -entre nosotros tendemos a sostener que no hace el tiempo que corresponde para la época-, los adultos echaban la culpa a las pruebas nucleares de americanos y de franceses que entonces eran frecuentes . “¿Dónde iremos a parar!”
Ahora la moda consiste en decir que la tecnología nos amenaza cada día más y que, en el futuro, nos hará la vida imposible. No queda bien decir que la tecnología, entre otras muchas cosas, ha permitido alargar la existencia, desmentir el apocalipsis malthusiano o disfrutar de muchas más cosas que nuestros abuelos. No señor. La tecnología en manos de las multinacionales nos llevará a la perdición -parece que en manos del Estado no es un peligro, tanto si se trata de un gobernante de estética Fernández Díaz como de un nostálgico del tío Josif Stalin-. Todo el mundo apela a la intimidad perdida.
La culpa siempre la tiene alguien -como corresponde a una sociedad que espera todo del Estado-. Pero yo creo que la intimidad no se ha perdido, sino que se ha tirado. Cuando alguien -con mala fe y de manera absolutamente reprobable- hace circular una fotografía que, mira por donde, ha recibido, y en la que aparece alguien en situación comprometida, olvidamos que esa imagen ha sido, tal vez en un exceso de confianza puntual, enviada o cedida de manera voluntaria. Tengo un amigo que, cuando su hija llega a casa con amigas, les obliga a dejar el teléfono en la entrada de casa. “¡Estoy hasta los c. de contemplar el comedor de casa en Instagram!”, me dice. Cada uno es responsable de su intimidad. Y si una imagen o texto que no haya sido captado o copiado de manera ilegal circula por las redes es porque su propietario ha iniciado su circulación.
Todos tenemos algún amigo o conocido que, en su día, abandonó la pequeña población donde vivía para disfrutar de una vida anónima. El conocido lavadero de los pueblos es terrible. Se destripan unos a otros sin conmiseración. El hecho, en nuestra cultura tan meridional, tiene una gran implantación. Incluso entre grupos de supuestos amigos. Hablar, y oír hablar, mal de los demás constituye un deporte nacional de alta aceptación. Y las llamadas “redes sociales” -que no son más que el antiguo lavadero de pueblo elevado de categoría porque no todo el mundo está dispuesto a reconocer que es un necio- a menudo no son más que malos usos de la tecnología, que está para ser utilizada de manera supuestamente razonable. Pero, claro, los tontos de ayer tienen ahora la posibilidad de ser escuchados por miles, por millones de personas. Todos tienen derecho a sus minutos de gloria. ¿O no? Ingentes cantidades de animaladas, supuestos pensamientos profundos de una superficialidad que da miedo, afirmaciones dignas de adolescentes rematadamente infantilizados… Todo esto es expelido en 140 caracteres. ¡Y hay seguidores de quien lo produce!
¿Pesimismo? No ha lugar. Y menos para echarle la culpa a la tecnología. Todo este alboroto, esta verbosidad burda, sólo influye en los que siempre han estado dispuestos a escucharla. A los chismes de pueblo sólo prestaba atención el que quería. ¿Que hacían daño? Seguro. Eran infatigables. Repitiendo banalidades malévolas hasta la muerte. El problema es que ahora se tiene más capacidad de amplificación, de producir alboroto. Tanto como deleite por escucharlo, y permanentemente si se quiere. Sin descanso. Aquí debe entrar en acción la capacidad del individuo para elegir. El futuro no será peor. Y el pasado no fue mejor. Siempre nos quedará el derecho a elegir. Basta que nos lo recuerda el Alejandro Dumas hijo: ” Je préfère le méchant à l’imbécile, parce que l’imbécile ne se repose jamais” (“Prefiero el malo al imbécil, porque el imbécil nunca descansa”).
ARA









