Academias y académicos

La exigencia de retorno a Salamanca de 400.000 documentos catalanes -argumentando una pretendida unidad del archivo de la Guerra Civil española- ha configurado una pantomima de esas que, por poco que rasques un poco, topas en vivo y directo con el espíritu del 18 de Julio. Todo un ‘fake’ bastante intrascendente. Porque el, llamémosle, auténtico ‘relato’ sobre los papeles catalanes seguirá siendo el discurso del escritor Gonzalo Torrente Ballester el 30 de marzo de 1995 ante 50.000 personas en Salamanca. El académico dejó claro que había que oponerse a devolver los documentos porque “son vuestros por derecho de conquista”. Etnicismo de primera, pues, y no imitaciones tardías. Acabo de recordar que Torrente Ballester era académico, miembro de la Real Academia Española, de la RAE, y lo recalco porque se me hace inevitable asociar esta condición intelectual reconocida institucionalmente por el Estado español a la de los intelectuales -también académicos- que en 1986 cerraron filas alrededor del Memorandum de la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes. No busco hacer analogías, entre otras cosas porque el Memorandum de los académicos serbios fue un memorial de agravios, tal vez no de instigación pero sí de insinuación de uso de la violencia para preservar  Serbia ante los síntomas de ruptura de Yugoslavia. Es decir, salvar la nación que daba cuerpo y sentido al aparato de un Estado que los serbios sentían suyo. Nunca la RAE ha basculado hacia posiciones ultranacionalistas como las de la Academia Serbia en 1986, y por eso mismo sería deshonesto hacer analogías. Sí insisto en destacar el componente etnicista de episodios históricos como la publicación del Memorandum y la exaltación del derecho de conquista en Salamanca. Y, en el caso español, me pregunto cómo es que en aquellos días de 1995 ningún miembro de la RAE tuvo el sentido moral y la valentía de pronunciarse en contra del discurso de Torrente Ballester. Eran colegas, seguro que se encontraban en los plenos. ¿Es que estaban de acuerdo? Todos, seguro que no. Ni posiblemente la mayoría. Pero algunos quizá sí. Lo suficiente para crear una atmósfera de silencio tanto dentro como puertas afuera de la RAE.

Sucede a menudo que todo lo que queda cautivo del silencio y de la amnesia reemerge. Y vemos cómo antes que nada el académico Javier Marías utilizó una pretendida fina ironía -con dosis de etnicismo edulcorado- hacia el movimiento soberanista, tachando a Carme Forcadell literalmente de monja presumida y madre de la patria y comparándola con Marine Le Pen. Al poco, Marías no podría evitar proclamar que la Asamblea Nacional Catalana era una plataforma xenófoba y racista. Después el académico intenta aterrizar suave comparando Cataluña con Brigadoon, el país-película cautivo en el tiempo y se pregunta: “¿cómo ha sido posible conseguir que el 47% de una sociedad evolucionada del siglo XXI crea en los cuentos de hadas?’. Pero, bien mirado, Marías es pura ‘finezza’ junto al también académico Félix de Azúa cuando ataca con su densidad ultraespañola acompañada de violencia de género en clave retórica. Porque violento es el tono con el que el académico recién estrenado quiso humillar el acaldessa de Barcelona Ada Colau tildándola de pescatera. ¿Y cómo es que nadie desde dentro el palacio de la RAE en el Paseo del Prado ha sacado la cabeza para decir que ya basta? ¿Que no es trabajo de académicos el esparcir la pedagogía del odio? Y más aún: ¿Nadie se plantea qué bueno que podría ser que, ya no digo la RAE, sino varios de sus académicos tuvieran alguna iniciativa de diálogo intelectual -acadèmico- con alguna esfera académica catalana como la IEC, el Instituto de Estudios Catalanes? Fomentar el diálogo entre instituciones culturales de territorios en conflicto no vendría nada mal. Pero no parece que en la RAE estén en esta ola de apaciguamiento y descompresión. De lo contrario, difícilmente habría sido nombrado Azúa para el asiento H, un personaje al que tanto le cuesta mantener el sentido crítico y la defensa de la convivencia. Que precisamente es a lo que se dedican en la Academia de Suecia y de Noruega cuando cada año debaten los nombres de intelectuales y científicos a los que otorgarán los premios Nobel. Nada que ver con el Memorandum serbio de 1986 ni con las pulsiones provenientes de algunos asientos del Paseo del Prado.

EL TEMPS