No me extenderé sobre estas palabras para hacer juicios de valor sobre la vocación política de la alcaldesa. Treinta segundos, escogidos por la productora del documental para llamar la atención de los medios, sin ningún contexto, no permiten ir a fondo. Los treinta segundos tampoco permiten especular sobre la sinceridad, el cálculo o la teatralidad de la confesión. A los efectos de este artículo, pongo toda la confianza en la sinceridad de Ada Colau. Pero sí que me interesa el hecho de que el “gran miedo” de la futura alcaldesa fuera una cuestión tan subjetiva como si le iba a gustar o no dedicarse a la política institucional. En una perspectiva tradicional, lo esperable sería que el miedo mayor hubiera sido, pongamos por caso, el defraudar al electorado. O no poder vencer a los poderes fácticos de la ciudad. O quedar atrapada en las miserias propias de las organizaciones políticas. Pero no: el gran miedo se trasladada al plano emocional. Un acento emocional que es una de las grandes aportaciones de la “nueva política” y, probablemente, la clave que explica su éxito popular.
Lo cierto, sin embargo, es que la emocionalidad ha inundado todos los rincones de la vida cotidiana actual. La publicidad, este gran espejo de las psicopatologías de cada momento, lo muestra anuncio tras anuncio. No hay nada que interese por lo que es o para lo que sirve, sino por la emoción que provoca: de los vehículos a los detergentes, del café a la energía eléctrica o los servicios bancarios. La hiperemocionalidad se ha extendido a terrenos donde hasta hace cuatro días estaba prohibida. Véanse estos deportistas, todo ellos con cuerpo de acero resistente a los mayores esfuerzos, competitivos hasta el límite, cómo sollozan ante el público en las ruedas de prensa cuando cambian de club. Una emocionalidad que también se ha hecho dueña y señora de las luchas sociales, cada vez menos justificadas por principios ideológicos sólidos y más guiadas por apelaciones sentimentales.
No tengo nada en contra de las expresiones emocionales. Todo lo contrario, creo que los análisis que sólo se fundamentan en un comportamiento estrictamente racional olvidan una parte decisiva de toda lógica social. No es cierto que el mundo esté guiado sólo por intereses pensados y mesurados racionalmente. Emoción y razón son prácticamente inseparables, en el sentido de que una no ahoga a la otra, sino que la primera orienta a la segunda y viceversa. La emoción no es necesariamente el resultado de un descontrol irracional, y la mera racionalidad no sería suficiente para tomar decisiones valiosas. Ahora bien, la cuestión es si la relación está equilibrada. Ni la racionalidad podría sobrevivir asfixiada por la emoción, ni la emoción nos llevaría a ningún sitio si no la acompaña la reflexión crítica sobre su alcance y límites.
El caso es que, en estas dinámicas pendulares tan habituales de nuestra vida social, ahora la hegemonía está de parte de las emociones, a cuenta de la razón. Y aunque hay quien, ciego a la evidencia, todavía reclama más sentimentalidad, lo cierto es que la inteligencia emocional a menudo queda reducida a estupidez emocional. El riesgo mayor de este estado de cosas es que si bien la razón siempre está amenazada por la ignorancia, la emocionalidad lo está por la manipulación y el chantaje. Reducir las decisiones políticas a la adhesión emocional, tomar café para sentirse miembro de un club de personas selectas o ir al banco para buscar con quién hablar, nos puede llevar a frustraciones todavía mayores y más dolorosas que las propias de fiarlo todo a un cálculo de intereses racional y frío.
Paradójicamente –pero eso habría que argumentarlo más a fondo–, me temo que también es esta hiperemocionalidad la que está provocando el endurecimiento de las relaciones sociales, al contrario de lo que se podría pensar. Al fin y al cabo, es relativamente fácil juzgar críticamente a alguien que atenta contra el bien común siguiendo sus intereses, sin perder la serenidad. En cambio, nada irrita tanto como dar por hecho que el interés general ha sido violentado por excesos emocionales, es decir, gratuitamente, sólo por gusto o para molestar. Y es que cualquier debate situado en el plano subjetivo del si me gusta o no me gusta no puede llevar a ningún tipo de acuerdo. Entre tanto, esperemos que la alcaldesa haya encontrado el gusto en gobernar.
LA VANGUARDIA







