Es el título de una comedia, de las más extravagantes e intelectuales al decir de los críticos literarios, de El alma de las mil almas, William Shakespeare, escrita en 1592. Tiene como foro el reino de Nabarra, donde caben amores y desamores, promesas de mejoras incumplidas, cierta intencionalidad política porque de Francia viene una princesa a exigirle al rey Fernando de Nabarra la devolución de Aquitania, y un personaje español que actúa con picardía. Al releerla, se me despiertan reflexiones. Hay cosas que me recuerdan lo que estamos viviendo en el presente.
Europa comenzó a trajinar ruta nueva merced al Renacimiento, la imprenta, la caída de Constantinopla a manos turcas, el descubrimiento de América, el desarrollo de reinos que la configuran hasta nuestros días. Hace cinco siglos, Fernando de Aragón impuso fronteras a sus dominios. Era un hombre de su tiempo preparado para derrumbar y levantar murallas, comandar ejércitos abastecidos de cañones, conquistar pueblos en nombre de la fe cristiana. Cuando tomó Granada, las campanas de la cristiandad europea tocaron a rebato, y la conquista de Nabarra se acomodó con bulas que justificaban semejante dislate con la excusa de apostasía de sus reyes.
En Europa se recrudecieron situaciones semejantes en otros reinos y se forjaron imperios que incluyeron América, África y Asia en sus dominios, de los que tanto su humanidad como sus riquezas minerales, forestales, mineras… cundían en beneficio de unos pocos. De los que hacían las guerras, de los que pontificaban sobre ellas.
Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-45), el nunca más que se repitió tras la primera, se hizo trabajo contundente a favor de la paz y la convivencia. Deliberaron los padres de esa nueva Europa sobre los cuerpos de 70 millones de víctimas, sobre las cenizas de sus ciudades, sobre la catástrofe de una civilización militarista y racista que predominó sobre la maravilla de cultura que significa Europa también. La Declaración de los Derechos Humanos de 1948 y la de Schuman de 1950 son los primeros de los múltiples y arduos trabajos en pro de la pacificación y unidad de Europa. La bandera azul con sus estrellas y el Himno de la Alegría de la Novena Sinfonía del excelso Beethoven supusieron una marca del nuevo concepto de Europa, a más de la restauración económica y política en función de una democracia que supusiera trabajo para todos (Europa fue tierra de emigración y exilio, causa de sus querellas intestinas), concordia política, bienestar social.
Hubo incredulidad ante la formación de esta nueva Europa, pero eso no detuvo a los ciudadanos de la misma. Había que revolucionar el modelo para hacerlo viable. Para que nunca más, y que fuera cierto, estallara otra conflagración mundial. Desde hace 77 años Europa ha vivido sin guerra, ha mejorado su bienestar, aunque siendo una sociedad humana arrastra sus graves culpas y no ha modificado muchos de sus defectos.
Los vascos en el Aberri Eguna de 1932, Donosti, enunciamos un lema que se diluyó con el levantamiento de Franco y los cuarenta años que le siguieron, Euskadi en Europa. Esa generación que hubo de soportar el franquismo y el nazismo tuvo la intuición de que podrían levantar su voz en el concierto de voces de los pueblos de Europa. No estaban desencaminados, pues los padres de la nueva formación en función de la paz, “la paz es el camino”, dijo el viejo Gandhi, hablaron de la Europa de los pueblos. Ahora está estancado el proceder en la Europa de los estados, de los mercaderes. Esto es lo que hay que reformar.
En el párrafo inicial de Trabajos de amores perdidos, el rey de Nabarra dice: “…Por consiguiente, bravos conquistadores -pues sólo lo sois vosotros, que guerreáis contra vuestros propios sentimientos y el ejército enorme de anhelos del mundo-, observemos en toda la rudeza de sus cláusulas nuestro último edicto. Navarra será el asombro del universo. Nuestra corte, una pequeña academia, apacible y contemplativa, consagrada al arte. Vosotros tres, Berowne, Dumaine y Longaville, habéis jurado vivir conmigo por término de tres años, como camaradas de estudios, y guardar los estatutos contenidos en este documento.…”. Se trataba, en ese reino de aires renacentistas, y eso sí era real para Nabarra, de tres años de intenso estudio, alejados de diversiones, y en eso fracasan los planes, pues el amor irrumpe imperioso con la princesa de Francia y su séquito. Sobrarán los propósitos sesudos. Los altos trabajos de estudios se convierten en enredos amorosos. El alto ideal de una corte pensante queda sin realizar.
Los seres humanos forjamos sueños porque añoramos trabajos de amores para transformar realidades decadentes… como hace cuatrocientos años. Como hace mil. Como todos los años desde que aparecen los textos de Mesopotamia y Egipto. Seguimos siendo criaturas de barro, escribiendo en barro. Pero tenemos, pese a tanta fragilidad e intemperancias originales, la potestad portentosa de cambiar o mejorar nuestras vidas. De recobrar el impulso vital de renacer, como el ave Fénix, ante cada fracaso. De llorar por las víctimas de Bruselas, Bagdad y Lahore, trabajar por los refugiados que llevan sus pies en su marcha a ninguna parte, tratando de conciliar nuestro egoísmo con el bien púbico. Solo sin fronteras, sin guerras, resultamos seres humanos.
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