Una reflexión por demás interesante es la que trae a colación el filósofo italiano Giacomo Marramao en torno a la manifiesta disfuncionalidad dada entre pueblos y estados europeos: “Por motivos obvios en cuanto a la historia del continente europeo, las relaciones entre Estados y pueblos han sido siempre asimétricas, lo que ha dado lugar a Estados multinacionales o multiétnicos bajo una cornisa imperial o paraimperial como, a la inversa, culturas y pueblos distribuidos en territorios soberanos diversos. Las historias de los pueblos europeos no coinciden, por lo tanto, con los acontecimientos de los Estados, sino que frecuentemente, se presentan como desajustadas y asincrónicas respecto de ellos”. La nuestra, como pueblo sin estado, es, por lo tanto, una condición perteneciente a la última de las realidades que debido a ello bien pudiera ser calificada como de excéntrica (siempre y cuando tomemos como referencia la acepción dada por el mencionado filósofo, siendo, en definitiva la de una realidad producida por el fenómeno de la glocalización de comunidades imaginadas). “La nación de excéntricos es el fenómeno nuevo con el que estamos convocados a medirnos, no debemos, por lo tanto, entender lo local a la manera de los comunitaristas como Taylor, McIntyre y Sandel, sino más bien el sentido de una dinámica nueva que atraviesa tanto lo local como lo global”. Además, opina el filósofo italiano, en la tradición occidental, con el oportuno matiz de que frente a la realidad geopolítica y cultural norteamericana -“la democracia de inmigración más antigua de la modernidad” -definida su realidad como “multiétnica y multiconfesional” en manos de un gobierno “monocultural y monolingüe”, la nuestra se encontraría inserta en la tradición europea como justamente todo lo contrario: el fruto de la “hibridación y contaminación entre etnias y naciones diversas” con una “cabeza pluricultural y plurilingüe”. Lo que hace, indefectiblemente, que Europa -y como no Euskal Herria- aún hoy en día, y seguramente por mucho tiempo, se encuentren en construcción.
Es condición de los excéntricos ser una comunidad imaginada, lo que en absoluto quiere decir inventada desde la más arbitraria de las improvisaciones, puesto que la imaginación requiere de una serie de elementos previos para la construcción de la nueva realidad, tanto institucional como de cualquiera otra índole. Al respecto Kozlarek recuerda como para Arjun Appadurai (uno de los teóricos del pensamiento poscolonial): “la imagen, lo imaginado, lo imaginario, todos estos son términos que nos dirigen a algo crítico y nuevo en los procesos culturales globales: lo imaginario como una práctica social. […] La imaginación es ahora central para todas las formas de acción; es en sí mismas, un hecho social, y es el componente clave del nuevo orden global”, habrá de añadir.
En este sentido convendría recordar también el que excentricidad y anomalía indefectiblemente van de la mano. Así lo viene a hacer el filósofo italiano cuando se refiere al relato histórico desde una perspectiva crítica. La anomalía política de nuestro pueblo, desde un punto de vista histórico, es la de haber contado germinalmente con un estado como fuera el del Reino de Navarra hasta el momento justo del inicio de uno de los dos periodos en lo que según Marramao divide la modernidad: el constituyente de la basada en la nación, y del colonialismo, y el poscolonial de la globalidad. Modernidad-estadocentrista versus modernidad-mundo.
Ahora bien, en esta Europa de composición asimétrica -de la que nuestro reino siempre formara parte- todos los tiempos no han sido iguales en función de la condición de los pueblos, de los estados y de los imperios, contando la historia cada uno de ellos según les ha ido. Por poner un ejemplo, la modernidad, definida en contraste con su par oposición, el feudalismo vertebrador del Antiguo Régimen, siendo la ideología del progreso frente a la defensa de valores tradicionales, en modo alguno ha sido lo mismo para determinados pueblos, naciones y estados que para otros, y eso a pesar de haber contado con importantes elementos aglutinantes de sus correspondientes autoproclamados elementos esenciales. Así el descubrimiento de América y su colonización abrió la mente humana a la existencia de un Nuevo Mundo y, asimismo, a la posibilidad de la creación de mundos nuevos. Pero para la mayoría de quienes iniciaran la aventura indiana no significó sino la posibilidad de encontrar la tierra de promisión o, tal vez, la única oportunidad de toparse con El Dorado.
Contrariamente a los muchos mitos que han forjado la España imperial de la que surgiera ese orgullo estadocentrista colonizador de todo lo que toca, constituirnos en una anomalía histórica no es precisamente algo de lo que debamos estar particularmente orgullosos. Plantea una serie de cuestiones de los porqués del continuum acontecimental, aculturizador, de parte de aquellas manifestaciones de la propia identidad y aun de la sucinta diferencia. Pero, asimismo, sugiere la posibilidad de contar con una nueva oportunidad de reinventarnos manejando las fuentes del pasado y los instrumentos prospectivos de futuro. No habremos de olvidar, tal y como nos recuerda Kozlarek, el que abundan los “autores [que] están convencidos de que no sólo los países anteriormente colonizados sufren por el colonialismo. Aimé Césaire -habrá de añadir- insiste en su famoso Discours sur le colonialisme (1955) en que las prácticas deshumanizadoras del colonialismo recaen sobre Europa misma”.
Más todavía, si cabe, si la acronía escrituraria como práctica resistente desde un inexistente centro de poder, atópico, nos lleva, al menos desde la era romántica a abonar el terreno de la mitologización. Son muchos, también, no obstante, los que participan, desde el posmodernismo acá, de la creencia de que el mito de la modernidad y la progresía conlleva finalmente destrucción. Y es el filósofo alemán Benjamin quién anticipara el empobrecimiento de una civilización que ha abandonado la experiencia atrapados como estamos en el mundo del consumo de las mercancías: “Nos hemos vuelto pobres. Nos hemos desecho de una parte tras otra del legado de la humanidad”. Nuestro proyecto es, en este sentido, excéntrico porque en buena parte es pluricultural y multihistórico, y como en la teoría de conjuntos tiene entre sí zonas de común intersección así como anómalas áreas de exclusión.








