Cuando las ideologías matan las ideas

‘Las ideologías discuten por falta de ideas’. Esta es una sentencia brillante de las muchas que escribió Jem Cabanes en el excepcional mail abierto ‘Impresiones a setenta y cinco años de exilio’ de la semana pasada. Fue esta idea tan bien dicha la que me hizo recuperar una reflexión que hacía tiempo que me bailaba por la cabeza. En el artículo ‘Contra el consenso’ (http://www.nabarralde.com/es/catalunya/10705-contra-el-consenso), de agosto de 2013, ya lo había apuntado de otro modo: ‘No me interesa la pluralidad, sino la complejidad -Prefiero un parlamento bipartidista en el que prevalezcan los candidatos y las ideas de las personas, que una cámara con disciplinas orgánicas de colorines-‘. Hoy, si me lo permiten, lo acabaremos de comentar.

Es muy habitual que hacer análisis político estableciendo comparaciones y gradaciones entre opciones políticas a través de ejes. El eje izquierda-derecha; el eje Cataluña-España; el eje conservador-progresista, etc. Hay muchos y creo que, en nuestro país, demasiado a menudo lo reducimos todo a lo que llamamos el ‘eje nacional’ y ‘eje social’ -es decir, independencia-unionismo e izquierda-derecha-. Aparte de empobrecer el análisis, esta tendencia reductiva empobrece también la capacidad de comprender la complejidad política por los ciudadanos en general. Tal vez la situación de encorsetamiento derivado de no poder hacer una política nacional plena, con todas las competencias de cualquier Estado, ha impedido un desarrollo más complejo del juego político. Como no podíamos discutir las grandes decisiones de una nación, nos acomodábamos o nos refugiábamos en las ideologías o, aún peor, en las etiquetas y los colorines.

Cuando alguien me pregunta si soy de derechas o de izquierdas, así sin más, no puedo responder. Ya entiendo que la necesidad de hacer clasificaciones rápidas y fáciles es una buena manera de vivir más tranquilos -eso de la ignorancia y la felicidad, ¿verdad?-. Me resisto a responder y no ir más allá. Sé que algunos ya tienen decidido que si hago esta reflexión es que soy de derechas. Sí, debe ser verdad que ser de izquierdas es bueno y ser de derechas es malo. Y así nos queda la conciencia muy tranquila y adormecida en nuestro mundo de blanco y negro, o de rojo y azul. Pues, ¿sabéis qué? no soy de izquierdas ni de derechas, sino todo lo contrario.

El hecho es que, más allá de la simplificación maniquea de la izquierda y la derecha, tenemos una multitud de ejes específicos y concretos que nos permitirán afinar mucho más el análisis y el debate políticos. ¿Qué decir del eje centralización-descentralización? Conozco un montón de izquierdas más centralistas que las derechas más derechas del mundo. ¿Es bueno el centralismo? ¿Por qué es malo? Desde una perspectiva catalana, parece que somos descentralizadores. ¿Y desde una perspectiva barcelonesa? ¿Cuántas instituciones y organismos autonómicos tienen su sede fuera de Barcelona?

¿Qué les parece si hablamos en términos de autoritarismo contra libertad? ¿No se les ocurren un buen número de ejemplos de gobiernos que se declaran más de izquierdas que cualquier otro y que son autoritarios y poco amantes de la libertad? Más allá de los fatídicos casos históricos de la Unión Soviética o la República Socialista Rumana de Nicolae Ceausescu -por poner solo dos ejemplos-, tenemos algunos muy actuales y no tan estridentes y desmesurados como Corea del Norte. No es necesario que concrete, ¿verdad? Creo que también es bueno que tengamos el debate entre modelo autoritario y modelo democrático, porque veo que hay catalanes que justifican auténticas atrocidades contra las libertades más básicas en nombre de una ideología superior.

¿Y si hablamos de laicistas o confesionales? ¿Y si ponemos la línea entre comunitaristas e individualistas? O según la política internacional: ¿intervencionistas, no intervencionistas?, ¿multilateralistas o unilateralistas? ¿Y entre pacifistas y militaristas? ¿Palomas y halcones? ¿Globalización contra autarquía? ¿Libre comercio, comercio justo, proteccionismo y aranceles? ¿Aristocracia contra democracia? Y uno de los más interesantes: ¿radicales, progresistas, conservadores y reaccionarios?

La lista podría no acabarse nunca. Y, de hecho, todas estas clasificaciones, sin el detalle de la expresión práctica, podrían no ser más que nuevas o viejas etiquetas. Me incomoda enormemente la simplificación del debate político. Es un corsé que nos impide mejorar como sociedad y como organización política. Quizás cargamos demasiada responsabilidad en el nuevo Estado catalán que nacerá pronto, pero propongo que esta sea una cuestión que también tratemos de resolver. La apertura democrática que debemos impulsar en esta nueva etapa debe servir para discutir ideas y no ideologías; para tener propuestas y no colores; para conocer políticos y no siglas de partido. No sé si la independencia nos permitirá hacer tanto como le pedimos. Pero enriquecer los ejes del debate político y huir de la simplificación derecha-izquierda nos ayudará a mejorar todos los demás debates que tenemos que hacer. El día en que hagamos así la política, crecerá la audiencia televisiva de los debates parlamentarios y quizás los tendrán que hacer a tres y media de la tarde.

El exceso de ideología hace que políticos y ciudadanos acaben viendo la realidad a través de los dogmas y no de la experiencia y la razón. La sociedad -y especialmente los medios de comunicación- penaliza que un político cambie de opinión. Diría que esto pasa en buena parte por culpa de este encorsetamiento ideológico. Por eso siempre recuerdo el aforismo de Joan Fuster (también víctima de algunas etiquetas ideológicas absurdas): ‘reivindicad siempre el derecho a cambiar de opinión: es lo primero que os negarán vuestros enemigos’.

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