Avishai Margalit introduce un término muy interesante en torno a las concepciones relacionales entre Estado y democracia y es el de la “sociedad decente”, que el filósofo define como “aquella sociedad que desde las instituciones no se humilla a la gente”. El Estado español imperante en Cataluña como heredero natural de una conquista con la que funcionarios y militares castellanos ocuparon las instituciones catalanas hace tres siglos, ha perfilado y perfila, con sus interminables agravios institucionales, un “Estado indecente” contra el que el pueblo catalán ha rebelarse de manera constante a lo largo de la historia. Hoy, a principios del siglo XXI, esta lucha continúa: “nos hemos conjurado” -utilizando la expresión empleada por el Presidente Macià- para librarnos de esta losa en nombre, precisamente, de la dignidad del pueblo catalán y de la decencia de las personas que viven en Cataluña.
‘El Estado contra la democracia’ de Pau Miserachs abre una ventana a la memoria más reciente, evitando que los detalles del conflicto abierto entre Cataluña y España no se hagan escurridizos en toda una amalgama de noticias generadas a ritmo vertiginoso por parte de un Estado que acepta llamarse democrático aunque proclame, sin rodeos, su urticaria a que el pueblo Catalán se exprese mediante instrumentos democráticos y normalizados en Europa, como son los referendos de autodeterminación. El autor nos permite revivir en un ‘tempo’ casi cotidiano a partir de 2012, el relato actual de la imposición estatal y la resiliencia catalana. La contemporaneidad de los acontecimientos que el autor detalla no hace más que subrayar el carácter inseparable de este binomio de imposición soportada y resilencia activa que acompaña la política catalana desde 1714, indistintamente de la época, y que seguro nos acompañará hasta que no restauremos nuestras constituciones y libertades como Estado independiente.
La dominación necesita de colectivos dispuestos a olvidar. España ha promovido activamente la amnesia catalana y, no decimos nada nuevo afirmando que las balas, torturas y prisiones han ayudado a ello, ¿cuántas vivencias han evitado ser explicadas por una muerte prematura? Evidentemente que muchas. Pero la dominación no es confrontación, la confrontación deja ver las partes diferenciadas, la lucha, los bandos; la verdadera dominación busca la uniforme tranquilidad de la asimilación. La construcción social bajo la dominación necesita llegar a ser justificada por los sometidos. Cuando la amnesia de un pueblo se hace voluntariamente necesaria, para hacer llevadero el sobresalto popular vivido o la vergüenza de quien no quiso mirar, la dominación ha tocado el tuétano. Llegados a este punto, sintomática es la autocensura que entonces se impone, por un lado, ahogando la justa reivindicación de los hechos históricos que nos hacen continuadores de la tradición política catalana -por ejemplo, de unas Cortes Catalanas soberanas nunca sometidas: “Nos, que valemos igual como vos, y juntos más que vos, os aceptamos como rey soberano si conservar nuestros derechos y libertades; y si no, no”-. Por otra, en un intento de ridiculizar las justas prospecciones de mejora una vez independientes, como explica el autor “fuera de un poder absolutista (España) que quiere imponer silencios con la dictadura de la ley y una legislación de alcance social que en manos de los posesivos conservadores queda lejos de la democracia esencialmente participativa”. El ejercicio intelectual de Miserachs en ‘El Estado contra la democracia’ nos salva de la amnesia de los detalles del relato contemporáneo, recogiendo aquellas frases dichas en un momento concreto, poniendo en evidencia el contexto que las enmarca y apuntando las reacciones que suscitan.
‘El Estado contra la democracia’ despliega una dinámica de lectura ágil con la que el autor ofrece al lector la oportunidad de adentrarse en todos los elementos de disputa política de estos últimos años, que no son pocos, ni tampoco desconocidos. Haciéndolo, Miserachs consigue poner en evidencia que los actuales factores de confrontación política son continuadores tozudos del que los catalanes necesitamos crear en 1756 una Junta Particular de Comercio o porque tuvimos que presentar un memorial de agravios en 1885 o cuáles volvían a ser los elementos de disputa entre la Unión Catalanista, que firmaba escritos de apoyo en Irlanda (1886) y Finlandia (1899) en sus luchas por la independencia, y el General Polavieja 1898, etc, etc.
Esta repetición de hechos que sitúan el autoridad estatal española contrapuesta a la reivindicación de derechos catalanes de manera constante en el tiempo, nos obliga a subrayar la falta de libertad efectiva de las instituciones catalanas como pilar argumentativo desde donde se fundamentan los relatos expuestos en el libro. Y todavía oímos decir, sin embargo, ¿es que los catalanes no votamos? ¿Es que no podemos decidir qué diario comprar? ¿Es que no tenemos acceso ilimitado a Internet? ¿Es que no tenemos la posibilidad de viajar por todo el mundo? ¿No tenemos el derecho de asociarnos y hacer empresas? ¿Qué libertad les falta a los catalanes? En resumen, la que teníamos. La libertad para determinar legislativa, judicial y ejecutivamente, las relaciones de poder internas y externas de nuestro país, Cataluña, según las cuales fijamos cuánta soberanía estamos dispuestos a ceder, a quién, para qué y hasta cuándo.
Gracias a las ideas expuestas por el autor y los debates de fondo que expone, tengo la esperanza de que muchos lectores llegarán a la conclusión de que para hablar de libertad, en mayúsculas, se hace obligatorio puntualizar con desacomplejado énfasis, que la libertad entendida como: la ausencia de interferencias que obstaculizan tus acciones, no garantiza el vivir sin dominación. Ni siquiera garantiza que un individuo o colectivo, sea consciente de su falta de libertad real, de hecho, esta concepción de libertad, sólo garantiza un circuito dentro del cual no molestas a los intereses de nadie más. Esta es una libertad que tradicionalmente han firmado todos los liberales y socialdemócratas comunitarios, pero que queda muy corta respecto del ideal del republicanismo social que trabaja para una justa libertad positiva. Podemos escribir en catalán, podemos votar a quien nos ha de representar, podemos expresarnos en manifestaciones… pero siempre que el catalán no sea preferente en las plazas de ciudades y villas, siempre que no votemos lo que molesta a otros, ni nos manifestemos silbando himnos en nombre de los que España se impone contra la democracia catalana que quiere ejercer el derecho de toda nación a autodeterminarse. De las palabras escritas de Pau Miserachs se extrae que la libertad que los catalanes queremos y necesitamos es aquella que nos permite escribir soberanamente nuestras propias reglas de juego, en un Estado catalán que promueva la democracia entendida como un compromiso diario, colectivo y dinámico.
Es significativo señalar que el autor no oculta el hecho de que España no está sólo en Madrid, el Estado está en Cataluña y desarrolla resistencias internas que el autor no deja de lado en sus escritos. La connivencia del nacionalimo catalán de las últimas décadas con el Estado español ha existido tanto desde la coincidencia, más o menos marcada, de una concepción económica liberal como desde la coincidencia en la concepción política del autogobierno autonómico, que evidentemente ninguneaba y obstaculizaba todo intento de normalización independentista.
Con todo, y a pesar del empleo, la dominación y el inevitable mínimo colaboracionismo, hoy los catalanes hemos sabido transformar, pacífica y democráticamente, la voluntad popular mayoritaria a favor de la independencia de Cataluña en una mayoría absoluta de diputados independentistas en el Parlamento de Cataluña, la institución que recoge formalmente la soberanía del pueblo catalán.
Está en nuestras manos y en las de nadie más, podemos decidir ser soberanos o encontrar excusas, pero a nadie se le escapa que hoy ser un héroe para Cataluña no sale tan caro ni mucho menos necesitamos ser tan valientes como tantos otros que nos precedieron, venimos de lejos y es ya hora de que nuestra tierra vuelva a ser el hogar de los catalanes, el hogar de aquellos que como decía Voltaire: “tienen un amor extremo por la libertad”.
En palabras de Étienne de la Boétie: “Además, no es necesario combatir a este tirano solitario, no es necesario destruirlo. Se destruye por sí mismo, con sólo que el país no consienta la servidumbre. No hay que quitarle nada: sólo hay que no darle nada. ¡Decidíos a no servir más y seréis libres! No quiero que lo empujéis o lo sacudáis. Dejad sólo de sostenerlo: veréis que se desploma por su propio peso y se rompe, como un gran coloso al que hubieran robado la base”.
¡¡Viva nosotros: el pueblo que lo hace posible y viva siempre Cataluña!!
Este artículo corresponde al epílogo del libro “El Estado contra la democracia”, manual para desintoxicarse de la dictadura de la ley de Pau Miserachs Sala. Editado por Libros de l’Index.
Portavoz de la International Commission of European Citizens (ICEC)
TRIBUNA CATALANA









