La bandera censurada de la selección catalana

La censura de la senyera en la camiseta de la selección catalana de cross es una muestra del grado de paroxismo al que llega el nacionalismo español en su odio contra todo lo que evoque la existencia de un pueblo llamado Cataluña. El caso lo protagonizó Luis Miguel Landa, exseleccionador español, en calidad de delegado de la IAAF en Elgoibar (Gipuzkoa), el 24 de enero pasado. En cuanto la selección juvenil femenina, invitada por los organizadores, se situó en el área de salida, este individuo le cerró el paso y le prohibió competir con la camiseta que llevan todos los equipos que representan la Federación Catalana. A partir de aquí, como explicaba el diario El deportivo, comenzó una fuerte discusión entre Landa, Manuel Fernández, jefe del equipo, y los organizadores, que apoyaban a las atletas catalanas que no sirvió de nada. Otros años no había habido ningún problema, pero esta vez el delegado era un xenófobo enloquecido que no escuchaba razones y la prohibición se mantuvo hasta el punto de que las atletas tuvieron que competir con un babero blanco cedido por la organización que tapaba la bandera.

Cabe decir que el comportamiento del delegado aún habría podido adquirir unas proporciones más elevadas si la prohibición se hubiera hecho extensiva a las selecciones juvenil masculina y cadete y promesas masculina y femenina, que sumaban cuarenta y dos atletas. Pero no pudo llegar tan lejos porque sólo había siete baberos blancos disponibles y las pruebas se habrían tenido que suspender provocando un gran escándalo. Landa, eso sí, consiguió que la selección juvenil femenina claudicara.

Todo ello, como vemos, es un acto de catalanofobia que demuestra los niveles a los que llega la exacerbación nacionalista de un Estado que no sólo siente una profunda aversión hacia Cataluña, sino que criminaliza sus símbolos y esconde su existencia. Se puede decir que una cosa es Luis Miguel Landa y otra el Estado español, en el sentido de que el primero sólo se representaría a sí mismo. Pero no es cierto. Luis Miguel Landa no era un simple espectador ultra que provoca un incidente. Luis Miguel Landa actuaba como delegado, y Madrid, al recibir su llamada para consultarles la decisión, no le ordenó en ningún momento que rectificara ni tampoco le ha abierto expediente sancionador por haber transmitido una imagen totalitaria y xenofóbica de España y haber violado, con su acto de racismo, los principios fundamentales del deporte, que dicen literalmente que “cualquier forma de discriminación contra un país o una persona por motivos políticos, o de raza, de religión, de género o de cualquier tipo es incompatible con la pertenencia al Movimiento Olímpico”. Todavía es la hora, por otra parte, de que la Comisión Antiviolencia actúe de oficio contra el mencionado delegado por una conducta que es en sí misma una acción violenta contra una colectividad.

Dicho esto, sin embargo, deberíamos evitar que este conjunto de execrables despropósitos empañara un detalle bastante triste, muy triste. Me refiero a la claudicación catalana. ¡Hay que tener dignidad, señores! ¿Cómo es posible que, ante un acto de catalanofobia como este, el equipo catalán agachase la cabeza y aceptara sumisamente, con el rabo entre piernas, la humillación de tapar la bandera de su país? ¿Tan baja tenemos la autoestima, que no nos importa nada el arrastrarnos por el suelo en vez de hacer las maletas y volver a Cataluña sin jugar? Hay momentos en la vida, que hay que tener un mínimo de amor propio y hacerse respetar. Porque es realmente vergonzoso que una selección deportiva invitada a una competición se vea obligada a ocultar su identidad para poder participar, no hay duda; pero aún lo es más que se avenga a ello mansa como un cordero. Que te falten al respeto no justifica que te lo faltes a ti mismo.

EL MÓN