El día 30 de diciembre, cuatro días antes de que todo pareciera irse a pique, recibí un correo de mi amigo Paul Chamberlain, desde Inglaterra, que, con su inteligente ironía, me decía esto: ” me habrás de explicar un poco qué pasa en tu país, porque tengo dificultades para seguirlo. Me parece que se hacen unos líos demasiado contundentes, ¿verdad? No era Paul, sin embargo, el único que no lo entendía. En Cataluña mismo había miles y miles de personas que tampoco se lo explicaban. Y es que había que haberse vuelto loco para esperar que alguien fuera tan estúpido de dispararse expresamente un tiro en el pie. Pero, ya se sabe, tratándose de catalanes, éste era un extremo bastante posible.
Yo, personalmente, a pesar de que los augurios no eran buenos, nunca dejé de ser optimista con el convencimiento de que, al final, todos juntos tendríamos suficiente cordura para que la dignidad nacional prevaleciera por encima de cuestiones que será apasionante abordar desde la libertad, pero que planteadas en cautividad se convierten en un obstáculo perverso que termina favoreciendo los intereses de España y prolongando nuestra cautividad. Sin embargo, confieso que estos últimos días mi optimismo se había desvanecido; no quedaba nada, ni una migaja. La distancia entre Juntos por el Sí y la CUP se había agrandado hasta tal punto que todo me hacía pensar que el carro se iría por el pedregal. Es muy cierto que los catalanes somos capaces de los hitos más elevadas, pero también lo es que en cuanto estamos a punto de alcanzarlos salimos con un cirio roto que lo pone en manda todo a paseo.
No tengo el convencimiento absoluto, es claro, pero me parece obvio que la circulación en la red, estos últimos días, de un vídeo en el que poco antes de las elecciones del 27-S Anna Gabriel prometía solemnemente que el nombre del futuro presidente no sería obstáculo, siempre que quisiera proclamar la independencia, ha tenido mucho que ver.Estas fueron sus palabras:
“Nos negamos a reducir el debate a qué tipo de presidente investiremos. Me parece absolutamente ridículo y esperpéntico que alguien quiera reducir el momento político e histórico de este país al que será el próximo presidente. El próximo presidente que necesita este país es el presidente que quiera declarar la independencia. Nos da igual como se llame. Lo que sí tenemos claro es que no hacemos estas elecciones para investir un nuevo presidente autonómico, que no hacemos estas elecciones para esperar que vengan las elecciones españolas y que alguien saque no se cuántos diputados. Por lo tanto, ante las preguntas que le hagan sobre qué hará la CUP en el momento clave o a quien investirá, la respuesta es que investirá aquel que se atreva a proclamar la independencia. No hay respuesta.
“Por desgracia, como se ha visto, el problema ha sido precisamente la negativa a cumplir este compromiso, lo que ha conllevado la pérdida de tres meses valiosísimos. A raíz de esto, alguien nos tendrá que explicar qué pasa con la hoja de ruta de dieciocho meses. ¿Habrá, ahora, hacer el mismo trabajo en sólo quince, o volvemos a la casilla de salida y ponemos el cronómetro a cero de nuevo? Sea como sea, hay que felicitarse de que finalmente haya prevalecido la dignidad nacional por medio de una solución que, como dice el presidente Mas, tiene costos, pero también tiene ventajas; unas ventajas que son muy superiores a los costes, y eso es lo que cuenta. Sólo hay que tener cuidado en la rabia que el acuerdo ha generado en los tres partidos del búnker catalán, Ciudadanos, PSOE y PP, y que se ha expresado en las voces de Inés Arrimadas, Miquel Iceta y Xavier García Albiol. Ya se frotaban las manos, y ahora resulta que nuestra decisión pondrá en evidencia la fuerte ‘catalanidad’ que sufre la política española y obligará Madrid a envolverse con la bandera. De momento, apoyando a sus fuerzas armadas, ya han subido el tono.
Llegados aquí, hay que agradecer a Juntos por el Sí y a la CUP las renuncias que ambos han tenido que hacer en favor del sentido de Estado y de la libertad de Cataluña. La CUP ha conseguido no investir a Mas, pero, a cambio, se ha visto obligada a reconocer sus errores y a ceder dos de sus diputados incorporando “a la dinámica del grupo parlamentario de Juntos por el Sí, de manera estable”, algo que la dignifica,.a Juntos por el Sí, por su parte, ha logrado fortalecer la acción de gobierno mediante el compromiso explícito de la CUP, pero ha tenido que renunciar a Mas. La decisión, pues, dignifica ambas formaciones.
En cuanto al presidente Mas, en concreto, su renuncia tiene un valor político e histórico extraordinario. Político, porque permite que el Proceso adelante; e histórico, porque es un gesto de gran estadista, digno de una persona que no sacrifica los anhelos de su pueblo a sus legítimas aspiraciones personales. Pronostico, por tanto, que su figura se agrandará hasta tener un lugar altamente relevante en la historia. Quienes han tensado la cuerda en contra de él, ahora lo deben lamentar, ya que le han librado del compromiso de retirarse para siempre al final de la legislatura que comienza. Lo querían decapitar políticamente y ahora resulta que tendrán un Mas mucho más fuerte si decide volver. Es cierto que hay de por medio la criminalización que ha hecho el Estado español por la vía de los tribunales, pero se trata de un arma de doble filo, ya que, lejos de perjudicarle, aunque lo hará más fuerte y afianzará su dimensión histórica. Mira por donde, los que daban el Proceso por muerto y enterrado ahora tienen un problema: su problema se llama 39%.
EL MÓN









