No es la primera vez, pero no deja de sorprenderme cuando alguien me dice: “Yo también quiero empezar a hablar valenciano, o yo también hablo valenciano” – o variaciones del mismo enunciado -, pero no por ninguna ideología. La frase, bien mirada, es acojonante, por la cantidad de información que desprende.
Por un lado, la autora de la frase se siente una ciudadana libre para ejercer su derecho a hablar o querer empezar a hablar una lengua determinada. Además, esta decisión de hablar valenciano está libre de mácula porque está basada en un deseo puro, sin contaminaciones ideológicas.
La segunda parte del proceso mental, y por alusión directa, es que existe la posibilidad de querer ejercer este mismo derecho, pero movida por oscuros intereses o principios ideológicos que ensucian inequívocamente la decisión. Hay, por tanto, personas que hablan una lengua de forma desenfadada, libre, limpia, y personas que la hablan porque no pueden evitar hacer militancia, incluso cuando van al retrete. Y eso es feo.
Aún hay más. Son personas que nunca jamás formularían esta misma frase si estuvieran refiriéndose a otro idioma no minorizado, como podría ser el inglés. Veamos cómo quedaría: “Yo también quiero ponerme a estudiar inglés, pero no por ideología”. ¡Ah! Queda raro, ¿no? Pues, sí. Porque todo el mundo entiende que el inglés es una lengua útil, su estudio una buena inversión de tiempo -y dinero- y, además, aprender, en este caso, no ocupa lugar.
Y entonces, ¿cómo es que la frase del principio no queda tan descolocada? ¿Por qué una persona, que puede ser sensible e inteligente, puede formular sin algún reparo a esta frase? Quizás porque no es consciente del mensaje intrínseco. Porque desconoce el alcance del pensamiento colonial dentro de su cabeza. Porque se expresa desde la superficie, sin rascar el fondo del tema, inocentemente o no, pero esgrimiendo principios ampliamente insertados en nuestros cerebros por incontables repeticiones. Es el inconsciente colectivo, que tenemos en la memoria RAM también los hablantes de euskera, catalán, wolof y kurdo. Al igual que tenemos insertado el pensamiento machista después de tantos años de adoctrinamiento.
Por ello, la ideología inconsciente, también es una ideología. De hecho, no existe la no ideología igual como no existe la no conducta. Cuando nos escuchamos repetir frases e ideas comunes, debemos saber que contienen mucha información y tenemos que saber reconocerla.
Los hablantes minorados somos conscientes de que hablar nuestra lengua tiene una connotación. Hasta el punto de que, antes de abrir la boca, hacemos una valoración del alcance de nuestra decisión de hablarla: “¡cuidado, que es una entrevista de trabajo. Esto puede condicionar mi imagen!” O, “¡uf !, ahora me pongo a hablarle en valenciano a esta y se echará a correr. Mejor en castellano”.
Anticipar unas consecuencias directas por el hecho de hablar una lengua determinada, como en este caso, el hecho de estar connotado, nos condiciona en la toma de decisiones. Porque sí, los hablantes bilingües decidimos a cada paso, en cada interacción, qué lengua hablamos. Es la diferencia fundamental respecto a los hablantes monolingües, que no deciden nada porque no tienen la opción de hacerlo. Hablan y punto. ¿Puede estar aquí la clave de todo esto? ¿Qué decidimos, y esto es un acto voluntario? ¿Y por tanto, connotado por nuestra ideología? ¿Sería mejor no tener la opción de decidir? ¿Desde cuándo es mejor no tener esta opción?
No nos engañemos, vivir -digo vivir, no estar de paso en una sociedad donde conviven dos lenguas-, el hecho de no hablar una también contiene una ideología. Y no hay que profundizar porque ya entendemos fácilmente cuál es.
LA VEU DEL PAIS VALENCIÀ









