Dicen que muchos “insurgentes inconformistas” de nuestra generación, que se enfrentaron a la mentira del franquismo, posteriormente se plegaron a la mentira de la transición. Una transición –hoy vemos sus consecuencias-, o potingue seudo-democrático, cocinado por unos pinches absolutamente impresentables. Bien aferrados a los resortes del poder.
Las secuelas de aquel refrito, demasiada, quinta esencia franquista, fueron la nula capacidad de la ciudadanía en la cosa de la gobernanza. Hoy, toda la participación de la gente de a pie, se reduce a votar cada cuatro años, con un sistema electoral a penas representativo.
Eh ahí, la cancha de la política, donde las élites de unos partidos ayunos de democracia interna, se perpetúan hasta corromperse. Corrupción que les lleva a sacrificar la división de poderes generando una apestosa connivencia entre tales poderes. Gobernantes o factorías de leyes arbitrarias. Leyes, que como embutidos expelen para cubrir sus vergüenzas, sus intereses espurios o para repeler el enojo ciudadano…
Un pueblo que vive bajo la amenaza permanente del decreto ley, acaba siendo un pueblo humillado, sin autoestima.
Visto lo visto, ninguna constitución debiera permitir gobiernos donde las mayorías puedan legislar sin un mínimo consenso con el resto del arco parlamentario.
En una noche, estos partidos pueden a su antojo abolir o guisar leyes, que el ciudadano ha de tragar a besos o a balas…
Leyes como ya hemos indicado, encaminadas a detener todo lo que signifique iniciativa ciudadana.
Fue tan poco edificante, tan perversa aquella transición, que hechos tan democráticos como referenduns, siquiera consultivos, fueron prohibidos. Y que como se deduce de los derechos humanos, impedir que un pueblo exprese libremente su voluntad es puro colonialismo. Colonialismo que para ejercerlo se necesita la amenaza del empleo de los tanques… ¡Atenta esa España firmante de los derechos humanos!
Y de tales polvos, tales lodos. Ahí tenemos el “tole-tole” catalán. Y que detrás, tarde o temprano puede aparecer el euskaldun… Y quien sabe si algún día se rasgará toda la piel de toro…
En este orden de cosas ¿qué nos queda a los ciudadanos? Como vemos, el espíritu franquista hoy día sigue imbuyendo los engranajes del estado. En navarra, somos conscientes de que si en un determinado momento exigimos, por ejemplo la recuperación y el restablecimiento de ciertos fueros, la podemos armar. En cualquier terreno. Ordenamiento jurídico y del territorio propios… La podemos armar.
Segurísimo que las huestes leguleyas del estado, acudirán prestas con sus parafernalia de leyes y triquiñuelas a sofocar el fuego soberanista. Esperemos que sus tanques se atasquen de puro óxido o de mero bochorno torero, porque si dependiera de algunos energúmenos cuarteleros, ¡A mí las trincheras…!
Henry David Thoreau, inspirador de la política de Ghandi dijo que “si la ley no sirve como instrumento de justicia y de cambio social, tenemos derecho a la resistencia pasiva”.
Claro que quizás una gran parte de la ciudadanía no estemos preparados para este digno motín. En tal caso quizás debamos esperar a las recomendaciones que hace más de cien años, hacía el Sr. Galdós “Tendremos que esperar cien años más para que en este tiempo “si hay mucha suerte” nazcan personas más sabias y menos chorizos. Estas no acometen ni el problema religioso, ni el económico, ni el educativo. Son pura burocracia, puro caciquismo, favores a los amigotes, legislar sin ninguna eficacia…”
¿Debemos esperar otros cien años? Parece que España no tiene remedio…







