Barcos sin honra…

Nuevamente ha quedado en evidencia el autoritarismo impositivo del carácter español, rasgo este en modo alguno genético, sino condicionado más bien por factores de la cultura e historia. España se formó con la conquista, frente al moro e indígenas americanos; siempre dando prioridad al espolio de la riqueza o del trabajo ajeno. España en su condición de Imperio ha tenido éxito, cuando predominaba la economía extractiva -hablando en términos actuales-. Fracasó cuando otros Imperios -Holanda, Francia, Inglaterra…- fueron por caminos de la creatividad productiva, mediante el comercio, artesanía, industria y ciencia. Los planteamientos de España como nación han buscado supeditar la productividad de las naciones de su propia periferia, primeramente al consumo improductivo de las élites, identificadas con el imperio, propietarias de la riqueza agraria; luego derivando la acumulación de las productivas Cataluña y territorios navarros hacia el centro político madrileño y sus objetivos nacionales.

¡Lamentable el espectáculo del debate sobre Cataluña! No es la repelente zafiedad de los medios de comunicación que dispensan descalificaciones e insultos en medio del griterío propio de patio de vecindad. Son los intelectuales oficialistas que se pretenden ecuánimes -igualmente descalificadores-, pero de discurso enrevesado, integrado por el Totum revolutum de argumentaciones de carácter sicológico, político o económico, concluyendo con demasiada frecuencia en el simple ataque ad hominen. El final, las pausadas valoraciones de expertos, cuestionando por erróneos, cuando no por tergiversadores, los planteamientos soberanistas, mediante aparatos científicos de presunta neutralidad. El President Mas ha polarizado el centro del Debate. Ha sido hecho responsable de un conflicto que España -instituciones, dirigentes sociales e intelectuales y, finalmente, colectividad identificada con estas instancias- consideran injusto, egoísta y basado en falsas premisas. Parecen olvidar todos que la cuestión catalana no es de hoy. En su formulación actual se remonta a mediados del siglo XIX, si no a tiempo anterior, y ha dado pie a episodios similares al actual proceso soberanista. Me resisto a comentar un proceso que retrotrae sus raíces a lo más profundo de la Historia peninsular, pero es obvio que la intelectualidad española se obstina en no reconocer lo que sería claro para un observador externo imparcial. La mayor gravedad de la polémica se encuentra representada en la negativa de España a aceptar la libertad de decisión de una colectividad. Llamativa por demás la actitud de la intelectualidad española. Pretende convencer de la carencia de motivaciones reales de parte de la reivindicación catalana y afirma que no corresponde a nacionales catalanes la decisión para decidir la constitución de un nuevo Estado. A decir verdad argumento falaz, en contradicción con el principio básico de todo orden jurídico democrático, acorde con el derecho internacional; un derecho reconocido por las más altas instancias internacionales. La libertad de autodeterminación de una colectividad es competencia exclusiva suya; lo proclama la O.N.U., en tanto que principio básico de todo ordenamiento jurídico y lo ratifica el Tribunal Internacional de Justicia con sede en La Haya. Desde que Locke debelase el principio absolutista del derecho de los reyes y Estados a imponer su poder a pueblos y colectividades ajenas, la humanidad ha avanzado con la reivindicación de la libertad -la autodeterminación que el jurista francés Carré de Malberg concreta en la capacidad del Estado soberano para determinar su propia normativa legal y ejercicio del poder consiguiente-. A la vista de la actitud española se diría que la pretensión de los soberanistas catalanes es un hecho insólito. La historia -y más los tiempos actuales- evidencian, por el contrario, que el nacimiento de Naciones y Estados, mediante la secesión de los ya existentes, es una constante de todos los tiempos, a pesar de los conflictos y dificultades que arrastran en muchas ocasiones tales procesos. De este hecho tiene conciencia la comunidad internacional ¿Se opone Obama a la denominada secesión de Cataluña? Puede sorprender en una nación como los U.S.A., nacida y soberana cuando los representantes de su Congreso proclaman la separación de las colonias americanas respecto de la Corona británica y Gran Bretaña en la declaración de independencia de 4 de julio de 1775.

En otro orden de cosas, resulta patética la reclamación de sensatez y calma a los catalanes por parte de los analistas españoles, a la hora de analizar las condiciones de viabilidad del futurible Estado catalán. Se insiste en la incapacidad de este para constituir una Hacienda y Seguridad social adecuadas; en la fractura humana que conllevará una secesión por las barreras insuperables e inconvenientes de toda índole a que dará paso. ¿Qué oculta esta preocupación por la viabilidad de una Cataluña soberana, declarada por españoles y -denominémosles sin carga peyorativa- hispanistas, cuando los catalanes son más bien objeto de rechazo y descalificación permanente de su parte? No parece creíble la buena disposición que afectan los españoles, a decir verdad. Lo evidencian tantos motivos de reproche que se hacen a Cataluña por motivos económicos y culturales. Abundando en la materia, la trayectoria de España como Imperio y Estado ha estado presidida por la denuncia que han hecho de su gestión espoliadora los territorios secesionistas -Suramérica, Cuba…- ¡Es una constante histórica! Y es que el empeño español por convencer de que no espolia a Cataluña o a los territorios navarros es trabajo perdido. Cada uno sabe donde le aprieta el zapato y esto es válido para catalanes y cualquier otro. Los españoles son también conscientes de lo que pueden perder sin Cataluña y otros territorios. En este sentido, cabe desconfiar de cualquiera de las propuestas de aspecto conciliador que se hacen en el momento presente. Han pasado ante nuestros ojos suficientes ocasiones en las que se ha podido intentar el acuerdo, que ahora apuntan algunos hacia un federalismo del que, al parecer, no hay concreción. El choque de trenes no es responsabilidad exclusiva de Rajoy, convulsionado entre quienes le acusan de torpe y quienes le atribuyen debilidad en su gestión en la cuestión catalana; no suenan tan lejanas las palabras de ese ínclito padre de la patria, -vocero de la transición y lumbrera de la Constitución- Alfonso Guerra, cuando proclamaba el cepillado del Estatuto de Cataluña. Un problema como el representado por el desafío catalán precisa en el centro del poder de España -político, social y cultural- un proyecto sólido de cambio, dirigido por un liderazgo no cuestionado. Estas instancias deberían disponer de capacidad para diseñar un modelo de Estado que no supedite los intereses directos de las naciones periféricas -históricamente mediatizadas por las decisiones políticas del centro del poder del Estado-. En el seno de las élites españolas se carece de cualquier plan de remodelación del actual proyecto de Nación, ni, al parecer, se siente su necesidad. En este sentido, las llamadas que se hacen a la solidaridad y lazos de convivencia entre las diferentes colectividades nacionales integradas en el Imperio español, suenan patéticas, constatación de la impotencia para ofrecer alternativas satisfactorias; particularmente cuando la percepción existente en Cataluña, territorios navarros, y también Galicia, es la de haber sido preteridos, espoliados y perseguidos material, cultural y políticamente.

La manera embarullada mostrada por la diplomacia española para lograr el pronunciamiento de la Comunidad internacional y Unión Europea, contrario a los propósitos de las instituciones catalanas, evidencia mejor la debilidad española ante una realidad que corresponde a los signos de los tiempos. No parece muy racional la pretensión de expulsar a un territorio y sus habitantes de lo que ya constituye una entidad de unión económica y social, cuando el cambio de estatus jurídico del mismo no afecta en absoluto a los planteamientos que configuran esa unidad ¿Por qué tendría Europa que sentirse perjudicada en sus objetivos con la constitución de un nuevo Estado en su marco territorial, si este cambio de estatus no afecta a los comportamientos de la citada unidad? Todos los argumentos apuntados por los españoles con la amenaza de expulsión de Cataluña de la Comunidad internacional no dejan de constituir sino un chantaje para doblegar la voluntad de una ciudadanía que reclama su libertad. Cabe preguntarse ante este sinsentido, si esa comunidad internacional no terminará por aceptar lo que, en definitiva, responde a una decisión democrática, que en sí misma no implica ningún inconveniente para nadie, salvo quien se siente perjudicado por su obstinación en mantener una situación injusta; tal la pretensión española de mantener sujeta a Cataluña.

Dice cierto adagio que un pueblo que olvida su historia está obligado a repetirla. Nuevamente contemplamos a una España soliviantada por la reclamación de libertad de un territorio sometido. El largo camino recorrido desde Rocroy, a través de Ayacucho hasta Cavite y Santiago de Cuba, Annual… y la huida de Marruecos, Guinea y el Sáhara…, no parece ser recordado. El almirante Méndez Vigo pronunció en el Callao aquello de la …Honra sin barcos… En Santiago de Cuba un subordinado del almirante Cervera saludó a este tras el hundimiento de los cruceros españoles por la escuadra del americano Sampson: Hemos salvado el honor…, a lo que Cervera replicó: Pero hemos perdido la escuadra. Una colectividad humana necesita para transitar por los caminos de la Humanidad, algo más que su particular sentido del honor.

En el momento presente el debate se centra en torno al alcance de las elecciones catalanas del pasado día 27. Pienso que esta fuera de lugar toda discusión sobre quien ha ganado. El acontecimiento no constituye sino un episodio más en el proceso; proceso este totalmente irregular, para extraer conclusiones sobre voluntades de una colectividad tan mediatizada. El soberanismo ha maniobrado en un marco de actuación diseñado por el poder español. Este en todo caso no tiene la capacidad de control del momento en que lo impuso, aunque disponga de los resortes más decisivos en la prosecución de sus objetivos. No se puede olvidar que Cataluña abrigó la esperanza de encontrar un marco adecuado para sus aspiraciones en el ordenamiento jurídico que España ofreció en la Transición, tras la desaparición de Franco. La aceptación de la Constitución española de 1978 constituye la prueba concluyente. Los dirigentes españoles deberían preguntarse por las razones del cambio de actitud de los catalanes que han llevado a la situación presente. La sociedad catalana se encuentra decepcionada ante la rigidez mostrada por España, a la vista de cepillados de estatutos y negativas al Concierto económico. Los españoles no deben llamarse a engaño. Detrás de los Pirineos aumentan en todas partes -Financial Times, New York Times, Le Monde- las instancias sociales y de poder que propugnan como solución para el contencioso catalán el sistema hacendístico de los territorios navarros. Hasta ahora ha sido reivindicación inaceptable para España; tal vez por lo que supondría en la pérdida de control sobre recursos que el Estado quiere asignar directamente, tal y como se siente respecto de los territorios navarros. En la guerra de Cuba Sagasta ofreció la autonomía en el último momento. La solución llegó de la mano de la escuadra americana y hoy los pecios de los cruceros españoles son recordatorio del fracaso español.