Cuando se cumplen 79 años de la huida de Honorino Arteta de la matanza de Valcaldera, siguen apareciendo testimonios, como el del valtierrano Melchor Azcona, que añaden piezas a la tragedia de aquel 23 de agosto de 1936

Fotografía Altaffaylla/F.P-N
la vida de cada persona es como un enorme puzzle que solo se puede recomponer cuando conoces todo lo que aportan los centenares o miles de personas que se han cruzado en su vida. Cuando el retrato que se intenta recuperar es el de personas que vivieron momentos límite como los del verano de 1936 y la Guerra Civil es una realidad palpable. Después de que se recuperara la figura de Honorino Arteta con motivo del lanzamiento del cohete de Pamplona, ha vuelto a salir a la luz su asombrosa huida por la Bardena, de la que ahora se cumplen 79 años, salvándose de la masacre de Valcaldera, muy cerca de Valtierra. Arteta consiguió ese día burlar a la muerte, al asesinato premeditado que sí sufrieron otros 52 compañeros de celda de Pamplona.
Melchor Azcona tenía 13 años cuando se produjo el golpe de estado del 18 de julio de 1936 y a sus 92 años sus recuerdos son nítidos y sus sensaciones imborrables. Cuando estos días atrás volvió a salir el nombre de Honorino Arteta, su mente lúcida volvió a recordar lo que le contó un amigo sobre un huido de los fusilamientos del corral de Valcaldera. “No quiero oír la palabra fusilar. Franco no fusiló a nadie, los asesinaron. No hay que decir fusilar”, apunta Melchor.
¿Muerte o libertad? Aquel 23 de agosto el sol caía a plomo en el patio de la cárcel de Pamplona cuando un funcionario de prisiones hizo callar a los presos para recitar una lista de 53 nombres elegidos de entre 212. El día anterior Benito Santesteban, jefe de requetés, había estado visitando el patio y les había dicho “no temáis, dentro de pocos días, cuando la guerra se estabilice regresaréis a vuestros hogares. Solo continuarán los presos que tenían delitos de rebeldía contra el régimen salvador de España. Los demás todos a casa”. Aquellas palabras convirtieron la lectura de las páginas de sangre en un alivio para quienes oían su nombre, puesto que todos pensaban que eran los elegidos para volver a casa.
Galo Vierge, periodista taurino, escritor y militante anarcosindicalista, estaba presente en ese patio y retrató la escena. “Con gesto imperativo ordenó silencio y cuando en el patio no se oía más que el respirar anhelante de los presos, empezó a leer con voz pausada una lista de nombres a los que, según se les llamaba, salían apresuradamente al exterior, donde les esperaban los requetés y falangistas que los conducían a un recinto cerrado donde un guardián les ataba las manos a la espalda para obligarles después a subir a dos autocares que esperaban a la puerta de la cárcel. Mientras tanto, el nerviosismo de los que en el patio esperábamos oír nuestro nombre iba en aumento. La angustia se reflejaba en unos semblantes poseídos por la tremenda ilusión de que ser nombrado supondría la libertad prometida el día anterior”. Al mismo tiempo, en las calles de Pamplona se comenzaban a oír los cánticos multitudinarios de la procesión en honor de Santa María La Real que pedían “el perdón por los pecados y la paz entre los hombres” tal y como había sido convocada la ciudad bajo el lema Camino de la victoria. Nuestra ciudad rendirá hoy un magnífico homenaje de devoción, súplica y de amor por su señora y reina.
Honorino Arteta montó en esos autobuses y junto a él estaba sentado José Zapatero, un joven que vivía en la calle Jarauta y compañero de la recién nacida peña La Veleta, ambos con las manos atadas a la espalda. El sobrino nieto de Honorino, Eneko Arteta, lo cuenta así. “Durante la hora larga que duró su traslado en el autobús decomisado desde la cárcel de Pamplona; entre los sonidos de los que sienten la muerte cerca, las maldiciones rebeldes, los cagondiós y padrenuestros cruzados; las órdenes mal encaradas, los lamentos, silencios, toses, rechinos, llantos… pensó varias veces en cómo iba a afrontar este momento. “No cerraré los ojos, lo miraré fijamente…”, caviló. “¿A dónde nos llevan?”, le preguntó José Zapatero. Sabía a qué, no a dónde. No quiso, no pudo contestarle; encogió los hombros dándole una palmada en la pierna”. Los pensamientos de los 53, seguro, volaban de un recuerdo a otro, de la madre a la novia, del hijo al hermano, sin acabar de entender cómo el odio les había metido en aquellos dos autobuses.
el horror Unos 70 kilómetros más tarde el conductor se salió de la carretera y se adentró en un campo, parando el vehículo. Si el calor era insoportable en Pamplona, junto a aquel corral de ovejas cerca de la Bardena, era fuego lo que caía en aquel punto perdido que ningún preso acertaba a reconocer cuando la noche ya caía. Con ellos viajaban en coche varios sacerdotes con el objetivo de confesar a los sentenciados, uno de ellos Antonio Añoveros que sería más tarde obispo de Bilbao.
Eneko Arteta, sobrino nieto de Honorino, relata el momento, “un grupo de gente, mezcla también de uniformes, que habían llegado en varios coches, les esperaban. Los bajaron de los autobuses de dos en dos, formando lotes de diez. Tumulto, golpes, empujones, chillidos… Los curas intentan confesarlos uno a uno. Con un cagondiós el católico requeté, mete prisa. Se encendieron los faros de coches y autobuses. Oyó a unos metros, la ejecución del primer lote de diez de sus compañeros; mezcla de voces de mando, disparos y gritos. Reconoció, mas pausados, los tiros de gracia. Tras ellos veinticuatro metros cuadrados de fosa abierta el día anterior”. Vierge hace un relato de la situación basándose en lo que Honorino le contó a un compañero de la CNT del batallón republicano tras la fuga y que éste, años más tarde, narró al propio Vierge. “Los falangistas comenzaron a blasfemar y a exigir (a los carlistas) que se dejasen de mojigaterías y se retirasen de allí los curas mientras los requetés se oponían al deseo de sus compinches falangistas y exigían que se diera la oportunidad de confesarse a los que iban a morir. Los sacerdotes tuvieron que abandonar su triste misión para apaciguar y calmar a falangistas y requetés, que estaban a punto de liarse a tiros entre ellos”.
Tras aquellos primeros instantes de desconcierto y terror, los que quedaban en los autobuses eran ya conscientes, si no lo habían asumido por el camino, de su destino, ser asesinados por un centenar de fanáticos que habían llegado de Pamplona y de varios pueblos a la redonda con el único objetivo de participar en la matanza. Cuando Honorino bajó del autobús vio la fosa de 3,5 metros de ancho por siete metros de largo que se abría en el suelo. Miró de frente al que le apuntaba dentro del pelotón y le reconoció como un Guardia Civil conocido de su padre, también Guardia Civil. Eneko Arteta reconstruye esta pieza del puzle. “El guardia civil dudó. Lo conocía. Le disparó a la pierna. A su izquierda y derecha caen los cuerpos como sacos pesados de trigo. Echa a correr, instinto de supervivencia; no hay dolor, hay gritos; la luz de los faros ya no le alcanza; entre los chaparros y matojos, algunos árboles; se aferra a las ramas de uno y trepa. Los oye: “¡Ése está muerto! ¡Que se lo coman los gusanos!” Hacen chanzas sobre la caza de los conejos bardeneros. “Mañana volveré por aquí a cazar, ¡seguro que encuentro al rojo reventau!”. Con un trozo de camisa, se hace un vendaje sobre la herida que ya duele. No sabe cuánto tiempo pasa. Oye ruido de motores”. Honorino Arteta esperaría horas subido en ese árbol, hasta ser consciente de su situación y de que tenía que aprovechar la noche.
melchor azcona Es en este momento cuando la pieza del puzle que coloca el valtierrano Melchor Azcona se entrelaza. Unos dos días después de la masacre de Valcaldera, el agricultor de Valtierra Fermín García marchaba en un carro con dos mulas y venía del campo “de acarrear”. Se topó de frente con un hombre herido en una pierna y con todo el aspecto de estar fugado. El agricultor no lo duda y tras, suponemos, entablar conversación con Honorino, le da toda la comida que llevaba en las alforjas, “los almuerzos porque se iban a trabajar y unas alpargatas blancas que también llevaba. Yo creo que llevaba más de dos días escondido”. El encuentro, por la seguridad de Honorino y de Fermín, debió ser breve y el huido se encaró a la Bardena y, seguramente, hacia Caparroso o los alrededores ya que, según su sobrino nieto, llegó al río Aragón y lo remontó ya que “sabía que remontando su ribera a contracorriente llegaría al Pirineo, y de ahí a Francia”.
Ese pequeño encuentro, esa pieza del puzle, pasó de la boca del agricultor al oído de la niñera de su casa, Felisa López (que tiene 92 años y todavía vive) y de ella a su novio, amigo de Melchor Azcona. “He sabido esta pequeña historia durante 75 años pero no era para contar. Cómo me alegré cuando dijeron que su nieta iba a tirar el cohete, entonces pensé que se salvó porque tenía nietas y todo…” explica Melchor.
Este valtierrano, que guarda en su mente todos los asesinatos y vejaciones que se hicieron en su pueblo en aquel trágico verano, duda de que se llevaran al Valle de los Caídos los cadáveres de aquel lugar junto a la carretera “en tierras de la duquesa de Cadreita (duquesa de Alburquerque)” donde antes había un corral de ovejas. “Yo creo que esos pobres 52 siguen enterrados ahí. ¿Cómo se los van a llevar si nunca se ha visto movimiento de tierras? Mi cuñado era pastor y pasaba siempre por ahí y encerraba a las ovejas y decía que nunca había visto sacar cuerpos de ahí ni fosas abiertas. Para mí que siguen ahí”. El terreno donde se encontraba el corral de Valcaldera era antes secano y sólo daba trigo y cebada, décadas después se ha transformado en regadío y las viñas, maíz e incluso árboles frutales pueblan el paisaje.
Una nueva pieza se ha colocado, 80 años después, en el puzle de la vida de Honorino, una pequeña pieza que sirve para retratar aquel horror vivido en este paraje ribero del que él pudo escapar pero que dejó a 52 compañeros bajo tierra mientras en Pamplona se celebraba una procesión por el perdón de los pecados.
Aquella calurosa noche quedaron bajo tierra 52 personas y aún hoy se desconocen dónde están puestos que fueron sacados del Valle de los Caídos en 1980 sin que actualmente se conozca su paradero.
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