Aunque si bien pudiera haberse denominado como el botánico lugar donde infructuosamente la escuela de un tal Epicuro hacia aportaciones en aras de la felicidad buscada desde tiempos inmemoriales, este encabezamiento tiene por finalidad poner en evidencia al sistema actual por el invariable abandono de la mejora de las condiciones siquiera del género humano y de su contumaz alejamiento del ideal de vida tranquila proclamado por el epicureísmo en acción. Se trata, por tanto, de una reivindicación. Como epifenómeno de una realidad deseada el epicureísmo tiene por consecuencia primera una pretensión de alejamiento de la política y un ideal de autonomía personal que viene a rozar lo autárquico. Diríase que consiste en una especie de descreimiento de la realidad societaria conducente a su disolución en la autosuficiente mónada individual. Cuestión que en su día fuera duramente criticada por Adorno equiparándola desde el plano estético a la entelequia y que aún sigue siéndolo en expresiones como la utilizada por Anselm Jappe, en ensayo titulado El absurdo mercado de los hombres sin cualidades, hablándonos de la aportación del movimiento obrero a la mentalidad del capital al convertir el presunto sujeto revolucionario en “meras mónadas, en partículas formalmente iguales y libres”; aspiración, en todo caso, muy conveniente a la sociedad basada en la consunción como consumo, agotamiento y extenuación, y prolegómeno de esa anunciada sociedad del cansancio del coreano Byung-Chul Han.
En esto la mónada dineraria abstracta (A. Jappe) en la que estamos inmersos y ante la cual felizmente nos sometemos mantiene, a pesar de la presunta crisis, toda su vigencia. La misma no es fruto sino de la ambición política del núcleo más duro del pensamiento mal denominado neo-liberal. Trátese de una entelequia especular cuyas raíces se hunden en la visión individualista del capitalismo mercantil surgido a partir del epifenómeno consistente, según Sloterdijk, en la egótica toma de conciencia surgida del “…poder del espejo, es decir, de la función reflectiva, autocomplementante. Cada vez más -los individuos- organizan su vida bajo la ilusión de que podrían realizar, sin otro real, el papel de las dos partes en el juego de relación en la esfera bipolar; esa ilusión se va concretando en el curso de la historia europea de los medios y de las mentalidades hasta llegar a un punto en el que los individuos mismos se consideran definitivamente como lo primero sustancial, y sus relaciones con otros, como lo segundo accidental.” Así yo soy yo y al mismo tiempo el otro, siendo el otro yo-en-mí-mismo o como única proyección de mis intereses. En este caso la polaridad a la que da lugar la imagen especular es una imperativa univocidad basada en una de las primeras experiencias de la virtualidad, es decir, de lo existente-inexistente y sus potencialidades, pues, para Hans Belting: “Ya el espejo fue inventado con el propósito de ver cuerpos donde no hay cuerpo alguno: sobre vidrio o metal captura nuestra imagen lo mismo que nuestra mirada a la imagen […] El espejo y la pintura comprueban, como medios arquetípicos, la capacidad humana de traducir cuerpos tridimensionales en un medio que los contradice de manera tan profunda por tratarse de una superficie.” Esta visión polarizada y especular viene a culminar en la ternaria plasmación del autorretrato de Johannes Gumpp, en el ejemplo analizado por el filósofo Jean-Luc Nancy, donde el pintor de espaldas mira al espejo en el que se refleja mientras ejecuta su retrato en el lienzo, siendo así que estas tres presencias son ficciones de la representación dentro de un esquema trinitario del endiosamiento yo-ísta que ya por el siglo XVII comenzaba a tomar cuerpo.
En este presunto jardín de las delicias donde no existe la necesidad cualitativa de la diferencia puesto que para ser iguales debemos al menos aspirar a lo mismo, belleza incluida, los medios puestos a disposición del individuo deben ser ante todo transparentes. Pero decir esto último no significa, al menos en la fenomenológica interpretación de Byung-Chul Han, otra cosa que estar abocados al vacío de sentido. Para ello debe eliminar al menos dos impedimentos inexcusables de la existencia del ser humano hasta hoy en día: el recurso del retorno al hogar y la eliminación de la distancia. Por un lado, como resultado de la misma transparencia, la “sociedad expuesta aniquila el habitar mismo. Si el mundo se convierte en un espacio de exposición, el habitar no es posible. El habitar cede el paso a la propaganda, que sirve para elevar el capital de la atención.” Por el otro: “A la sociedad de la transparencia toda distancia le parece una negatividad que hay que eliminar; constituye un obstáculo para la aceleración de los ciclos de la comunicación y del capital […] En virtud de la falta de distancia, no es posible ninguna contemplación estética, ninguna demora.” Y, para finalizar, matiza es deseable no confundir falta de distancia con cercanía, puesto que esta última “es rica en espacio, mientras que la falta de distancia lo aniquila.”
Por cierto, Sloterdijk, reflexionando sobre el pensamiento de Marsilio Ficino al banquete de Platón, afirma que el primer eros se funda en el recuerdo y la vuelta a casa frente al segundo visto como el desasimiento fruto de la curiosidad, siendo calificada la primera por el pensamiento psicoanalista de Béla Grunberger como el modo de ser de la mónada narcisista una especie de espacio virtual en que consiste el lugar de la relación del recién nacido con la madre que funciona, según quiero entender, como una realidad al margen de la realidad misma. Con ello, parece querer dar respuesta anticipada a las afirmaciones de su colega de oficio y, según cierta prensa, “sucesor en el trono simbólico de la filosofía germana”.
En definitiva, puede parecernos el que la promesa del epicureísmo basado en la lógica contractual de la felicidad pecuniaria se fundamenta en estos dos pilares: un mundo sin espacios y un mundo sin refugio que abusa de la “hipercomunicación anestésica” (Byung-Chul Han) como sustitutivo instrumento de la carencia de sentido tanto del sujeto como de los objetos; precisamente todo lo contrario de lo constatado por el helenista Pierre Hadot sobre la superación del estado de banalidad y trivialidad propios de la existencia vulgar en que consistía el epicureísmo en su afán de vivir el presente a expensas del pasado y del futuro bien alejado del presentismo de la sociedad actual o falso epicureísmo, puesto que “para los epicúreos, los insensatos, es decir la mayoría de los hombres, son corroídos por deseos insaciables que abarcan las riquezas, la gloria, el poder, los placeres desordenados de la carne”, deseos inalcanzables todos ellos que “viven en la esfera de los bienes futuros” y que al menos virtualmente la sociedad de consumo pone a nuestra disposición. Una sociedad con un solo tiempo y sin espacio, al menos para los demás.
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