La segunda “guerra de los Treinta Años”

La primera guerra de los Treinta Años llevó de 1618 a 1648. Empezó como una guerra religiosa y acabó siendo un lucha entre las potencias europeas por la hegemonía en el continente. La segunda terminó hace setenta años. Se inició en agosto de 1914 y terminó en mayo de 1945. Comprende, pues, dos fases: la primera, de 1914 a 1918; y la segunda, de 1939 a 1945. En el medio hubo veinte años de una paz tensa, pero ello no obsta para que ambas conflagraciones fueran sendas etapas de una misma guerra civil europea, que provocó el fin de la hegemonía de Europa en el mundo, iniciada en la era de los descubrimientos apenas iniciada la edad moderna. Esta guerra abarca el período más sanguinario de la historia moderna. ¿Cómo fue posible?

Nada lo hacía pensar. El siglo XX ha sido un período de progreso sin parangón. Entre 1870 y 1998, la tasa anual compuesta de crecimiento ha sido casi trece veces superior a la del período que va de 1500 a 1870; y, gracias a los nuevos conocimientos y a los avances tecnológicos, los humanos hemos alcanzado una esperanza de vida más alta y de mayor calidad que en cualquier otra época. Entonces, ¿cuál ha sido la causa del desastre? Hay opiniones divergentes. Unos piensan que esta violencia brutal fue fruto de las conquistas tecnológicas, en especial del armamento moderno; otros creen que sólo las crisis económicas pueden explicarla, y unos terceros sostienen que fue la aparición del Estado nación -y del nacionalismo exacerbado- la que incubó la tragedia. Eric Hobsbawm, historiador eximio y comunista fiel considera que “el siglo XX corto” (de 1914 a 1989) fue “una era de guerras religiosas, aunque las religiones más militantes y sanguinarias fueran ideologías seculares de origen decimonónico”. Paul Johnson -desde la otra trinchera ideológica- culpa de la violencia extrema del siglo XX “al aumento del relativismo moral, al declive de la responsabilidad personal (y) al rechazo de los valores judeocristianos”. Y Niall Ferguson considera que la violencia fue el resultado de la triple concatenación de un conflicto étnico (Hermann Göring calificó la Segunda Guerra Mundial como “la gran guerra racial”), de una inestabilidad económica y de unos imperios decadentes. Seguramente, todas estas causas contribuyeron a hacer posible el horror de esta guerra larga y atroz. Pero, por debajo de todas ellas, latía irreprimible la lucha por la hegemonía continental a la que aspiraba -y aspira siempre- Alemania con la oposición nunca negada de los anglosajones, que también van a la suya.

La segunda guerra de los treinta años comportó el suicidio de Europa como potencia mundial, provocando el inicio de su decadencia y la reorientación del mundo hacia Oriente. En 1900, Occidente gobernaba el mundo, desde el Bósforo hasta el estrecho de Bering. Los británicos tenían la India; los holandeses, las Indias Orientales; los franceses, Indochina; los estadounidenses, Filipinas; los rusos estaban a punto de hacerse con Manchuria, y todas las potencias occidentales se habían establecido en China. Después de 1945, buena parte de este dominio se desvaneció, y comenzaron las derrotas de Occidente. Primero, fueron derrotados los franceses en Dien-Bien-Phu, en 1953; poco después -en 1956- ingleses, franceses y judíos tuvieron que retroceder en Suez; y en 1974 los Estados Unidos se marcharon de Vietnam. En primer lugar, pues, se perdió el control militar del mundo. Y la pérdida de la hegemonía económica ha comenzado a consumarse con la crisis que estalló en 2008, que es, de hecho, una crisis de Occidente. El centro del comercio mundial ya no está en el Atlántico sino en el Pacífico, y la gran potencia emergente de la última década ha sido China, mientras que la India lo será seguramente de ésta. Los Estados Unidos aún conservan -y mantendrán durante un tiempo- el liderazgo tecnológico, pero se irá debilitando.

Esto no es ni bueno ni malo. Sencillamente, es. Hay que asumirlo. Y, precisamente por eso, Europa tiene que tener muy claro, setenta años después del final de la guerra civil que la desgarró, que tan sólo tiene una salida, que es profundizar en la unión. ¿Será capaz de hacerlo?

EL PUNT – AVUI