De los muchos inventos de los griegos, la retórica y la política no deberían figurar entre los menores: dos inventos perfectamente relacionados y complementarios, y ligados igualmente al lógos como palabra y como razonamiento. El invento de la política significa el invento de la ciudadanía, y de algunos detalles más que forman todavía la base conceptual de lo que solemos llamar democracia. Y esto funcionaba con base en la habilidad de quien hablaba para convencer a sus oyentes, que eran también los votantes. Dicho de otro modo: la democracia funcionaba (y yo creo que funciona aún, si funciona) con los instrumentos del arte de la retórica. Demóstenes, cuando era todavía joven y aprendiendo de orador, hacía esfuerzos para hablar claramente, paseando por la playa con un puñado de piedrecitas en la boca, y para imponer su voz en el rumor de las olas del mar: el discurso sólo era eficaz, pues, si era pronunciado con palabra clara y con voz poderosa y vibrante. Farfullaar, Trabucar o confundir las palabras, es para el arte de la palabra un defecto radical: quien habla de manera confusa, quizás es que no tiene claro qué quiere decir. Este es el fundamento clásico de la retórica, la cual, no lo olvidemos, fue el instrumento de la república romana, de la práctica judicial, y también de la educación de los jóvenes de buena casa desde el tiempo de Demóstenes hasta el de San Agustín, y más adelante desde los siglos XIV o XV hasta bien entrado el siglo XX. Saber hablar en público es, desde los griegos y los romanos, una alta calidad humana. O lo era: escuchen, ahora, los discursos de los políticos y los de algunos supuestos “profesionales”. Seguramente ya somos muy pocos los que recordamos un bachillerato donde aprendíamos aquello de “Quousque tandem abutere, Catilina, patientia nostra quamdiu etiam furor iste tuus nos eludet”, etcétera. Cicerón hablando ante el Senado de Roma ha sido para innumerables generaciones de escolares europeos una especie de ejemplo supremo, de ‘number one’ de la palabra pública. No exactamente por lo que decía, sino por cómo lo decía, por el estilo. Y el estilo, en los discursos públicos, parece que también se ha terminado. Sólo hay que escuchar (con paciencia) nuestros penosos debates parlamentarios o, cuando la paciencia se convierte ya en virtud heroica, prédicas y arengas como las que tendremos que sufrir en las campañas electorales que se avecinan.
El País








