El presidente Mas concedió ayer una entrevista a ‘El Punt Avui’ TV en que dejó caer una frase inquietante. Quejándose de que el apoyo de ERC es en su opinión insuficiente, afirmó que en el pacto firmado entre ambos partidos había un compromiso de estabilidad parlamentaria que, según él, no se había cumplido siempre. Y, respondiendo a una pregunta incisiva y muy apropiada de Xevi Xirgo, dijo que la única opción que veía para que no hubiera elecciones en septiembre, tal como se había pactado, era precisamente que ERC no ayudara al gobierno en las tareas parlamentarias. Lo que dijo que ahora pasaba.
No me gustó nada que todo sonara como una amenaza y creo que el presidente se equivocó, sin duda. Porque en septiembre habrá elecciones, y eso lo sabe todo el mundo. Ningún político podría aguantar, ahora, la presión de desdecirse. Ni siquiera Mas. Un alargamiento de la legislatura simplemente no tendría ningún sentido, ni político ni siquiera personal. ¡Y no hace falta decir qué terrible golpe sería contra el proceso! Aparte de que no hay que ser ningún gran analista para entender que muy seguramente las consecuencias de anular la hoja de ruta pactada entre CDC, ERC y las entidades soberanistas serían funestas para el presidente de la Generalitat. No creo, por tanto, que hablamos de ninguna amenaza ni formal ni real. Pero, explicado todo esto, es cierto que Mas dijo lo que dijo y será necesario que nos preguntemos en voz alta lo que quiere y ¿por qué lo hace ahora?
Un primer aviso: el contexto de la entrevista es importante. El director de El Punt – Avui coge magníficamente al vuelo un momento de duda del presidente y consigue un titular notable. La gente tiende a olvidar estas cosas, estas técnicas profesionales y por eso lo resalto ya desde el principio. No sé hasta qué punto Mas era consciente del alcance de la declaración. Pero aclarada la objeción periodística, está claro que hay más cosas y que no hablamos de una simple anécdota.
A veces tengo la sensación de que como país no nos gusta asumir plenamente la consecuencia de nuestros actos. Después de todo el lío posterior al 9-N, se llegó a un acuerdo político. Este acuerdo implica que hay elecciones el 27-S con varias listas independentistas compitiendo entre sí, pero con un programa común de mínimos para traer la independencia en dieciocho meses. Esto ya no lo discute nadie. Interpreto que Mas, cuando dice que hay un acuerdo parlamentario, se refiere al pacto de legislatura que firmó en 2012 con ERC -que, es cierto, no ha sido roto formalmente- y no a la hoja de ruta, donde yo no sé ver esto del apoyo parlamentario. Y por eso me da la impresión de que el gesto de ayer es un cambio de rasante, quizás el primer gesto que Artur Mas adopta como competidor electoral, después de muchos meses de sentirse más cómodo en el papel de árbitro institucional.
Es una obviedad que Mas no quería hacer unas elecciones enfrentándose a Esquerra. Esto no lo puede discutir nadie. Ha quedado claro que ni creía ni cree en el modelo de elecciones con la que ERC y la CUP han decidido finalmente que votaremos. Y si entendemos esto tampoco nos costará entender que Mas, una vez que le han puesto en esta carrera contra su voluntad, no se quedará cruzado de brazos ni se resignará a perder. Esta es la consecuencia de la decisión de la que hablaba antes y que creo que hay que aceptarla.
Si hay listas separadas la elección de quien será el próximo y último presidente de la Generalitat es importante y esto, por tanto, nos lleva a un enfrentamiento. Cualquier otra opción carecería de lógica. Por lo tanto, creo que no hay que ser cínicos ni rasgarse las vestiduras en la primera: Mas debe enfrentarse, necesariamente, a Junqueras, como Junqueras ha de enfrentarse a Mas, es el juego donde nos hemos metido. Donde nos han metido.
Los datos que maneja CDC parece que les llevan a pensar que una parte importante del votante independentista no entiende qué hace Junqueras y está decepcionado del mismo. Están convencidos de que hay un núcleo creciente de votantes de ERC que empiezan a ver en la actitud del líder de ERC un lastre político contra el partido mismo y que, puestos en la situación de tener que elegir entre ellos dos -no entre los dos partidos, sino entre los dos presidentes posibles-, Mas gana. Yo no tengo suficiente información como para saber si estos datos corresponden a la realidad, pero creo que cualquiera de nosotros, imparcialmente, observa desde hace meses un cierto cambio: es evidente que en muchas conversaciones, yo las escucho cada día, aparece esta significativa pregunta de ‘¿qué le pasa a Junqueras?’. Y es evidente también que si hace un año nadie discutía que ERC se comería electoralmente a CDC, ahora el debate está abierto. A esto se acogen los convergentes, pues, y por eso hay partida.
Sin embargo, mi opinión es que el presidente Mas debería tener en cuenta que la batalla presentada así tiene un riesgo enorme para el conjunto del movimiento independentista y creo que debería evitarse. Pero al Mas político, ¿quién le puede negar todo el derecho del mundo a luchar por ser el presidente que lleve al país a la independencia? Especialmente teniendo en cuenta que él siempre podrá decir que demostró la voluntad de evitar la batalla cuando hizo la propuesta de una sola lista sin partidos y cuando afirmó solemnemente que estaba dispuesto a no encabezarla. Fueron los otros partidos los que no lo quisieron y los que nos han llevado a donde estamos. Yo no tengo nada que discutir; lo acepto y punto. Pero entonces, al igual que digo que no me gusta lo más mínimo que Mas amenace de esta manera ERC, también tengo que decir que me parece una muestra del peor infantilismo político reprocharle que quiera combatir y ganar. Y sobre todo que se lo reprocharan precisamente los que le han forzado a entrar en una batalla en la que él no quería entrar.
Como dirían en mi pueblo, si no quieres polvo es mejor que no vayas a la era…
VILAWEB









