De la historia a la política

Afirmar que las sociedades definen el presente -y quizás parte del futuro- según como definen el pasado, puede parecer una idea anticuada o de escasa eficacia y aplicación. Especialmente en este tiempo donde parece que nadie sabe decir o adivinar qué futuro nos espera. Y sin embargo, esta afirmación a menudo es más cierta y real de lo que parece, y no sólo de una manera apenas ideal o evocadora, sino en términos muy precisos que pueden ir desde la economía a las relaciones exteriores, pasando por el código civil o por la ideología y la acción de los partidos políticos. Entre otras razones porque en último extremo, en este mundo hecho de naciones, no hay nacionalidad sin una “visión nacional” del curso de la propia historia: una visión que siempre es más o menos sesgada, permanentemente reinterpretada y en general escasamente “objetiva “. Es normal que toda colectividad humana se reclame de un pasado común específicamente propio, y si puede ser diferente y diferenciador. Sobre todo si se trata de colectividades modernas que se definen como nacionales, o incluso de comunidades subnacionales, regionales o locales. Pero el pasado “necesario” no puede ser cualquier pasado: la narración debe representar alguna forma de continuidad con respecto a un tiempo en que el país común, la nación, o simplemente “el pueblo”, nació o se formó, creció y llegó a poseer existencia plena, preferiblemente una existencia más o menos “gloriosa”. No hace falta ser un patriota desatado para reclamar una historia valiosa, porque la historia siempre tiene valor: es una necesidad elemental para poder afirmarse -es decir, para no negarse-, o simplemente para recordar que la propia trayectoria colectiva tiene algún sentido y alguna dignidad: negar valor a la propia existencia, negarle incluso realidad, sería la forma más radical de esterilidad y de autoodio. Y pues, este reino y país de los valencianos, como todos los demás, también se “construye” un pasado adecuado: aquí también funciona un relato de la historia según el cual los valencianos tuvimos en algún momento una etapa de integridad y de grandeza , que podemos legítimamente evocar con orgullo, seguida de una larga decadencia y desintegración que llegaría hasta el presente. Raramente se encontrará un valenciano mínimamente consciente de serlo, y con un poco de instrucción elemental, que no evoque como mejores los tiempos del “Reino independiente” con cortes, leyes y moneda, cuando el valenciano era lengua de los reyes, los nobles, los santos y los grandes poetas. Por otra parte, muy pocas veces el mismo ciudadano considerará como desgracia reversible una unidad española que implicaba la negación de las bondades de aquellos mismos tiempos: dependencia de Castilla, ni cortes ni moneda ni leyes, y el castellano como única lengua oficial y de cultura. Paradojas inevitables de la “educación nacional”.

El pasado que cuenta no es necesariamente lo que nos ofrecen las ciencias históricas, sino lo que desde la perspectiva del presente aparece como más relevante, definidor y decisivo: es decir, no todo el pasado, sino sobre todo aquella parte que justifica una determinada visión del presente. De modo que en Valencia, más o menos como en los otros países, la visión, los conflictos, las definiciones y los proyectos de los tiempos actuales a menudo se expresan también en términos de definiciones y percepciones del tiempo histórico. De forma muy concreta cuando se trata de evaluar, en primer término, una historia reciente y puntual, es decir, de entender, por ejemplo, la evolución más inmediata de la economía, de las posiciones políticas o de la cultura. Pero también de una historia más global y más larga cuando se trata, sobre todo, de fundamentar una percepción u otra de la identidad valenciana, la adscripción nacional o la relación con Cataluña, con Castilla o con España. Es inevitable. Como es inevitable que diferentes visiones de la historia tengan, ahora mismo, efectos diferentes sobre la política lingüística, la cultura, la organización y estrategia de los partidos políticos, los nombres y las expresiones institucionales, e incluso la orientación de las inversiones públicas. No se trata, pues, de contemplar la historia buscando esencias perdidas o conservadas, o para llorar los efectos funestos de un remoto 25 de abril –que todavía se arrastran y actúan–, sino saber que la historia es socialmente, ideológicamente y políticamente activa, en tanto que su percepción condiciona en buena medida la visión del presente… y del futuro. Porque el pasado se puede tratar de una manera o de otra, pero no se puede cambiar, y el futuro sí puede ser diferente según la forma en que se mire.

EL TEMPS