El himno español, un símbolo de opresión

El 30 de mayo próximo se disputará en el Camp Nou la final de Copa del Rey [de España] de fútbol entre el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao. Como es lógico, tratándose de su trofeo, el partido estará presidido por el monarca Felipe VI y el himno español sonará en el momento que entre en el palco. Así, de nuevo, como ya ocurrió el 13 de mayo de 2009 en Mestalla, el público de ambos equipos se pronunciará por medio de una sonora pitada. Hasta aquí, no hay nada que salga del guión o que resulte sorprendente. Se dirá que el abucheo al himno español lo facilita el hecho de que coincidan catalanes y vascos en un mismo recinto, pero no es exactamente así. Recordemos los 100.000 vatios de potencia con los que la Federación Española de Fútbol intentó ocultar el abucheo al himno en la final de Copa de 2011, que el Barça y el Real Madrid disputaron en Mestalla. Aquel año los catalanes estaban solos y el abucheo fue igualmente monumental.

Otra cosa es que, llegados aquí, se diga que es incongruente que catalanes y vascos se disputen el trofeo de un rey y de un Estado ajenos. Ciertamente es incongruente, y los nacionalistas españoles tienen razón. Pero entonces, puestos a hilar fino, también es incongruente que los clubes catalanes y vascos acepten someterse a las directrices de una federación ajena y que jueguen en una liga que no es la suya. Estas son cuestiones que nos llevarían a un debate muy interesante. Sin embargo, para no desviarnos del tema de hoy, digamos sólo que el reproche de la incongruencia contiene un elemento tramposo, ya que el españolismo que lo utiliza es el mismo que impide que catalanes y vascos puedan decidir libremente su destino . Es como si el carcelero, con la llave en lugar seguro, dijera al preso: “Si no te gusta la cárcel, ¿qué haces aquí dentro?”

Con relación al tema de la pitada, hemos escuchado varias voces -y oiremos muchas más- que nos aleccionan sobre el deber de respetar los símbolos ajenos. “Yo no soy partidario de pitar ningún himno”, dicen. Y, al decirlo, pretenden que todo el mundo haga como ellos, porque ellos son la luz que nos ilumina. Ellos, que pontifican sobre el respeto, son incapaces de respetar el derecho de los demás a expresarse como quieran. Por el contrario, quieren a los demás callados y sumisos ante los símbolos de un Estado que los aprisiona. Ellos, que siempre han obedecido respetuosamente las normas del amo, se sienten incómodos y puestos en evidencia cada vez que miles de catalanes hacen un acto de rebelión contra el orden establecido. “¡Caramba, a donde iremos a parar!”, decía un vividor.

Otro argumento que circula es el de la necesidad de no mezclar política y deporte. “Sólo es un partido de fútbol”, repiten. Pero, si sólo es un partido de fútbol, ​​¿por qué lo llaman Copa del Rey? ¿Qué tiene que ver la monarquía con el fútbol? ¿Qué pinta el himno español en un juego de pelota entre dos equipos? Si el deporte no es política, ¿qué hacen las banderas españolas en los partidos de ‘la roja’? Si el deporte no es política, ¿qué sentido tienen las selecciones nacionales? Si el deporte no es política, ¿por qué España ha promovido la expulsión de la selección catalana de fútbol sala del Mundial de Bielorrusia? Si el deporte no fuera política, ¿el rey de España se sentaría discretamente en el palco de los estadios en vez de anunciar su entrada a la manera de los antiguos emperadores romanos?

Los himnos son símbolos, ciertamente. Y todo el mundo tiene derecho a tenerlos y a quererlos. Pero también existe el derecho a censurarlos  justamente por lo que representan, y el himno español, a diferencia del himno de Japón, de Portugal o de Nueva Zelanda, es el himno de un Estado que niega el existencia nacional de Cataluña, que niega a los catalanes el derecho a convertirse en un pueblo libre, que los agrede por el solo hecho de ser catalanes, que los expolia fiscalmente, que los sangra económicamente, que los aniquila lingüísticamente, que los limita deportivamente, que arrebata las competencias de su gobierno, que pretende desprestigiar sus instituciones y que, de puertas afuera, usurpa la identidad nacional de su talento -artístico, científico, deportivo…-, haciéndolo pasar por español, al tiempo que resaltar la catalanidad de quienes delinquen. Ante esto, que los catalanes expresen su disconformidad mediante una pitada en un campo de fútbol, ​​es la más suave, la más civilizada y más respetuosa de las manifestaciones que puede hacer un pueblo al que se le impide votar para expresar su disconformidad. Será, pues, por dignidad y respeto que el 30 de mayo los catalanes pitarán el himno español. Por dignidad nacional y por respeto a sí mismos.

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