Desatinos de los alérgicos a la libertad

Ignoro si existe en algún lugar del mundo un museo del disparate, pero si no existe habría que crearlo porque es fascinante la cantidad de barbaridades que se han llegado a decir y que se dirán a lo largo de la historia. Sólo con el material político, el género humano ya podría proporcionar unos cuantos palacios. Es verdad que hay momentos de mayor y de menor intensidad, de acuerdo con los acontecimientos, pero, en general, la producción es constante. El proceso catalán, concretamente, ha propiciado una avalancha gigantesca de desatinos que en el futuro, además de ser negados por sus autores, provocarán que sus descendientes se escondan debajo de las piedras cada vez que se haga mención de ellos. La señora Alicia Sánchez-Camacho, en este sentido, ya hace tiempo que es en sí misma una fuente inagotable de desatinos. Son tan hilarantes, que tiene garantizada una buena carrera profesional como humorista en España, país al que dice que irá a parar porque no podría soportar vivir en una Cataluña independiente. Es la misma alergia que padecen Albert Boadella o Félix de Azúa. Tan pronto como logren juntar tres o cuatro más ya podrán crear una asociación de alérgicos a la libertad y adictos al absolutismo.

No hace mucho, Ana Pastor, ministra española de Fomento, también se quiso añadir a este juego de los disparates diciendo que “es difícil hablar con alguien que quiere hacer una consulta”. Ahí es nada la frase. Vale la pena analizar la ideología que se requiere para decir algo así, porque, para hacerlo gráfico, se trata de la reacción del dueño que se irrita al ver que el cautivo sólo piensa liberarse aunque él, que es un dueño benevolente, estaría dispuesto a negociar el número de grilletes de la cadena. Como dueño, puede entender que el cautivo le pida una cadena más larga -el cautivo, ya se sabe, tiene el vicio de la queja-, pero encuentra ofensivo que la quiera cortar. No le entra en la cabeza que los cautivos puedan decidir si prefieren la cautividad o la libertad.

La cosa, sin embargo, se agrava aún más si el dueño es un tigre de papel, es decir, si es alguien que quiere aparentar una fortaleza que no tiene, como es el caso del Estado español. Entonces pierde los papeles y llega a extremos que le ponen en evidencia. Es capaz, incluso, de ilegalizar la respiración. La negación al pueblo catalán del derecho a voto en un referéndum, es un ejemplo. Así lo denunció el catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Sevilla, Javier Pérez Royo, diciendo que la intención del Estado es que los catalanes, además de no poder votar, no puedan protestar, lo que demuestra, resaltó, “la voluntad de humillar a Cataluña”. Como era de esperar, estas palabras tuvieron una réplica inmediata por parte del diputado Santi Rodríguez, miembro del chiringuito catalán del PP, afirmando que “el gobierno de Cataluña ha querido humillar el Estado español”.

¿Se da cuenta el lector de truco dialéctico? Es un truco que han practicado todos los totalitarismos del mundo, que es el de intentar hacer pasar a los verdugos por víctimas. Representa que, dado que la libertad no sólo es ilegal, sino que también lo es pedirla, el cautivo que persiste en ello es alguien que pretende “humillar el dueño”, y, por supuesto, el dueño, que es un pedazo de pan por naturaleza, no tiene más remedio que sacar el látigo y castigarle para que recuerde quién manda. Con todo, el disparate más grande que ha dicho el mencionado diputado del PP no es éste. Como si quisiera batir su propia marca, manifestó que “la independencia de Cataluña no es una competencia del gobierno de Cataluña”, ni tampoco de su Parlamento. En otras palabras: la libertad de los catalanes no es competencia de los catalanes. O dicho de otra manera: nosotros no somos nadie para decidir sobre nosotros mismos. Lo entienden, ¿no? El cautivo no puede decidir, de lo contrario dejaría de ser cautivo. ¡Faltaría más!

Que haya gente que se pueda ganar la vida con un sueldo público diciendo estas barbaridades, demuestra la amplitud de la democracia, pero también demuestra -si es un catalán quien las dice- el autoodio y la profunda corrupción intelectual a que se puede llegar para tratar de ser el cautivo preferido del dueño. En realidad se trata de una carrera profesional predestinada, ya que el cautivo empapado de autoodio y alérgico a la libertad sólo se siente realizado cuando lo nombran técnico de mantenimiento de la prisión.

EL SINGULAR DIGITAL