Nuestro Leviatán

Leo que el señor Andrei Zvyagintsev ha dirigido un filme titulado Leviatán. No lo he visto todavía, pero he leído varias críticas. La película ha sido censurada en Rusia. La trama de unos políticos locales corruptos que hacen la vida imposible al protagonista. Parece que el filme muestra el desbarajuste de organización gubernamental en que está inmersa Rusia. Como el antiguo establishment sólo ha mudado en las formas. No hace falta que me extienda. Los acontecimientos de los últimos tiempos se han encargado de demostrar quién gobierna y cómo la antigua URSS -que es el nombre que describe mejor la actual país-. La censura del film ha sido inevitable.

Lo que más me ha llamado la atención es que, entre nosotros, se ha querido camuflar, en mi opinión, el significado del título de este film. Leviatán es, literalmente, un monstruo marino que aparece en el Antiguo Testamento. Viene a ser una de las representaciones del mal. Por eso también es uno de los sinónimos utilizados para nombrar el diablo. Pero Leviatán (‘Leviathan’, en el original) es un libro escrito por el filósofo inglés Thomas Hobbes. Este libro, complejo ciertamente, asocia el enorme poder de Leviatán con una forma de organización de gobierno basada en un Estado absoluto. A lo largo de los años, el nombre Leviatán ha derivado, en los ambientes de discusión político-económica, en sinónimo de un Estado de poder absoluto, que todo lo quiere controlar, que invade los rincones más inverosímiles de la vida del administrado. En el mundo anglosajón, Leviathan es sinónimo de antiliberalismo.

Todavía escuece, entre nosotros, reconocer que la herencia del comunismo ruso -ahora ataviado de capitalismo de Estado o, mejor dicho, de capitalismo de los arrimados al poder del Estado- constituye un absoluto desastre. La forma de Estado omnipresente en todos los ámbitos de la vida cotidiana, los negocios privados, no ha cambiado en Rusia. El aparato de los que se mueven alrededor de las esferas del poder sigue funcionando como una apisonadora. Esta es la herencia que ha dejado el antiguo sistema: un poder público sin límites y de una depravación difícil de captar entre nosotros -nuestra corrupción, comparada con la que hay allí, es un juego de niños-.

Pero ya situados en casa, pienso que, contrariamente a lo que se dice y se pregona de manera martilleante, la crisis ha significado un retroceso importante de las libertades del individuo. Se ha demonizado todo lo que es privado. Las empresas con beneficios, por pequeñas que sean. Las multinacionales se demonizan todas -en TV3, cuando explican el funcionamiento del Estado Islámico, dicen: “Trabajan como una multinacional”-. Poco importa que los que han cometido delitos hayan sido, mayoritariamente, socios de los que gobiernan, gente protegida por la administración pública. Sectores que, contrariamente a lo que se propaga, eran los más regulados -pero interesadamente mal supervisados-. El demonio es privado pero la mayoría de los imputados en delitos, mira por donde, son públicos. La realidad es la que es.

Los catalanes hemos sido tradicionalmente desconfiados de todo lo que era público. No parece éste el estado de espíritu de la Cataluña actual -la acelerada españolización de los últimos decenios ha sido colosal-. Por eso haríamos bien en repasar los acontecimientos que han tenido lugar en los últimos meses. Deberíamos ser permanentes enemigos de un Estado que lo controla todo y que, cuando quiere, hunde a quien le interesa -tenga o no tenga razón-. Un Estado que, cuando ha visto que el expresidente Pujol se convertía en independentista, lo ha delatado -pero de quien, si hubiera querido, nos habría escondido la realidad-. Y lo ha intentado con el presidente Mas. E, ignominiosamente, con el alcalde Trias. Y que lo hace un día sí y otro también con decenas o cientos de personas indefensas con unas prácticas que, como no se trata de famosos, pasan desapercibidas. ¿Alguien tiene dudas del Leviatán español, hijo de un estatismo transversal (de la extrema derecha a la extrema izquierda)? Un país que demoniza a diario el liberalismo, el libre pensamiento. No somos Rusia, evidentemente -todo es cuestión de grados-, pero yo me siento vigilado, controlado. Ahora se podrá entrar en la intimidad de nuestras cuentas corrientes por simple acto administrativo de oficio; para controlar, sin garantías judiciales -hayamos cometido un delito o no-. Con la excusa de que, si no has hecho nada malo, no necesitas temer (algo que ya se decía con Franco), ¿cuanto se tardará en escuchar de oficio lo que decimos por el hecho de que los que cometen delitos utilizan el móvil? ¿Y a entrar en nuestra casa sin orden judicial?

Debería preocuparnos un país que tiene un establishment independiente tan débil que no puede influir en el poder público sin ser cómplice. Nuestro Leviatán debería ser motivo de debate de cara al 27 de septiembre.

ARA