La dimensión social de la independencia

El paso de la mayoría incontestable a favor del “derecho a decidir” a la mayoría por la independencia es un salto delicado porque implica una reducción del abanico ideológico, tanto por el flanco de Iniciativa como de Unió Democrática. Tres elecciones en medio año (municipales, nacionales y españolas) pondrán a prueba la existencia o inexistencia de la voluntad de independencia de la mayoría del pueblo catalán.

A nivel internacional contarán las tres porque un mal resultado de las fuerzas independentistas en las elecciones españolas del invierno cuestionaría un éxito previo a las elecciones catalanas de otoño.

Entramos en el octavo año de una situación dramática determinada por tasas de paro forzoso que superan el 25% de la población activa y el 50% con respecto al paro juvenil, el desahucio de decenas de miles de personas, los recortes de servicios públicos como la sanidad o la enseñanza, la rebaja de sueldos y condiciones laborales. Este retroceso ha ido acompañado por el afloramiento de vergonzosos casos de corrupción, de ayudas de 100.000 millones de euros a las entidades financieras y de la acentuación de las desigualdades económicas. La indignación se incrementa cada día que pasa y los problemas sociales serán determinantes en el próximo ciclo electoral.

Para ganar la mayoría por la independencia es necesario resaltar la dimensión social de la independencia, después de haber insistido en su dimensión democrática en estos años de lucha por el “derecho a decidir”. Sobre todo hay que contrastar las bases estructurales del futuro social de la independencia con los fundamentos de desigualdad del futuro del Reino de España. Este ha estado siempre en manos de una oligarquía de latifundistas, banqueros, empresas oligopolistas y altos cuerpos burocráticos del Estado. Ellos han sido los responsables de la creación, tanto de la burbuja inmobiliaria previa a 2007, como del alargamiento de la quiebra posterior.

La élite extractiva española no tiene ningún proyecto de futuro, sólo confían en una recuperación económica que les devuelva a la supuesta normalidad de los años de euforia. Su única esperanza es “la recuperación de los ricos” que ya disfrutan los bancos con los escandalosos aumentos de beneficios de 2014 y los accionistas del Ibex (*) que revalorizan sus fortunas. Mientras tanto imponen una “devaluación interna” que degrada las condiciones de vida de la mayoría de la población.

Este 1% más rico fue incapaz de innovar en productos y productos cuando se entró en el euro y la globalización se consolidó con la entrada de China en la OMC, en el año 2000. derrocharon los cientos de miles de millones de euros que afluyeron con la moneda única a la burbuja inmobiliaria y a infraestructuras inútiles. Ahora los mismos que hundieron la economía quieren engañarnos con una falsa recuperación basada en la rebaja de los costes laborales. Son incapaces de construir una estructura empresarial innovadora y exportadora, que encuentre un nicho en el mercado europeo y mundial.

En cambio dotar a Cataluña de un Estado propio tiene unas bases estructurales sólidas para construir un país con una cohesión social comparable con las pequeñas naciones del norte de Europa. El primer pilar de la dimensión social de la independencia es la tradición productiva y empresarial catalana. Nuestro tejido de pequeñas y medianas empresas se ha reducido con la crisis, pero ha hecho una radical reconversión en las más adversas condiciones de falta de financiación y de débil demanda interna.

El empuje emprendedor ha sustituido industrias tradicionales, como las textiles, por nuevos sectores como el químico o el agroalimentario y por un florecimiento de empresas exportadoras. Hoy Cataluña, con el 16% de la población española, representa el 25% de la exportación de España. El turismo internacional también ha crecido en nuestro país en estos años de crisis. Cataluña sí que está encontrando su nicho en la nueva economía global y lo consolidaría más rápidamente con un Estado propio y sin la dependencia de España.

Gracias a esta realidad productiva la tasa de paro de la Cataluña independiente, sin el lastre de los desequilibrios fiscales y de la administración española, se reduciría, en el peor de los casos, a la media de la Unión Europea, es decir a la mitad de la española. Esta reducción del paro basada en la tradición y realidad de trabajo e iniciativa de Cataluña debemos contraponerla tanto a la “recuperación de los ricos” de la oligarquía española como a las promesas de crear empleos estimulando la demanda que proponen las nuevas fuerzas regeneracionistas españolas.

Sin una base productiva sólida, como ocurre en buena parte de las regiones de España, el déficit de la balanza comercial estrangulará esta vía de recuperación como pasó entre 2008 y 2010. También la calidad de los puestos de trabajo, sobre todo pensando en los jóvenes con más formación de la historia, también depende de una capacidad de producción competitiva en tecnología.

Un segundo pilar estructural que garantiza la cohesión de la Cataluña independiente es nuestra estructura social, caracterizada a lo largo de la historia por la pequeña y mediana propiedad. Este hecho contrasta con los grandes latifundios de muchas regiones del Reino de España y las históricas diferencias y antagonismos sociales españoles. Esta realidad más igualitaria nos acerca a la situación social de los pequeños países del norte de Europa y garantiza un consenso social como el que existe en estas naciones, que hacen compatible el más alto nivel de vida con el grado de igualdad y de protección social más elevado de todo el mundo. Se suceden los gobiernos de derechas y de izquierdas pero el Estado del Bienestar se mantiene.

Un tercer pilar que garantiza el futuro social del Estado catalán es la movilización democrática de millones de personas de los últimos años, que proceden de todas las clases sociales, pero principalmente de las clases populares. En contraste, el que los miembros más destacados de la sección catalana de la oligarquía española se opongan a la independencia prueba que ven amenazados sus privilegios.

El movimiento por la independencia es una auténtica revolución democrática porque lucha por poner en manos del pueblo catalán toda la soberanía nacional. Después de años de menospreciar las reivindicaciones nacionales como una maniobra de distracción conservadora, la izquierda unionista constata con perplejidad cómo Syriza, la izquierda griega contra la troika, proclama como prioridad la defensa de la soberanía nacional.

(*) Nota del traductor.

Una concesión en cierto modo demagógica del autor.  Entre las clases populares catalanas o vascas (e incluso españolas) hay cantidad de “accionistas del Ibex” que tienen parte de sus ahorros en bolsa, sin ser parte de ninguna ‘oligarquía’.

TRIBUNA CATALANA