Política concreta

La decisión de convocar las elecciones al Parlamento el día 27 de septiembre, poco después de las elecciones municipales de mayo, es trascendental para la política catalana. Desde muchos puntos de vista. El ciclo histórico y político que vivimos en Cataluña participa de la mayoría de tensiones y dilemas que caracterizan la política global, que nos afectan y nos condicionan. Pero incorpora, además, factores de singularidad local que son lo suficientemente relevantes como para situarse en el primer plano y, ahora mismo, subordinar todo lo demás.

A la hora de valorar las consecuencias de acabar la legislatura en septiembre y haber descartado la opción del mes de marzo -que parecía inicialmente mayoritaria, se ha hecho más referencia a la influencia de este calendario en las pulsaciones internas del Gobierno y de cada formación política que en el ritmo general de la política catalana. Este ritmo y el orden de encadenamiento de convocatorias, sin embargo, fuerzan a todos los actores a reconsiderar prioridades, esfuerzos y perspectivas. Les obligan a actualizar la previsión de las sucesivas áreas de interés que concentrarán la atención y marcarán la agenda pública. Mientras estamos pendientes de cuál es la hoja de ruta que se acordará en relación al proceso hacia la independencia -puntualmente desterrado estos días por la urgencia de los presupuestos-, en cada municipio se van completando programas, se habla de listas, se configuran coaliciones, se hacen presentaciones de candidaturas y cabezas de cartel y, en definitiva, se va canalizando la energía y el trabajo político de mucha gente. Antes de abril, el centro de gravedad de la política catalana ya se habrá establecido en torno a las elecciones municipales. Y los resultados de estas elecciones de mayo mostrarán, con secuelas de mucho mayor alcance que los de las últimas europeas, la verdadera profundidad de la ruptura democrática en curso y el primer esbozo del nuevo mapa político catalán.

De la misma manera que la unidad del proceso soberanista debe tejer alrededor de una hoja de ruta que pueda ser compartido entre personas de orientaciones políticas diferentes, el desplazamiento de la hegemonía social en Cataluña necesita también una hoja de ruta que establezca el ritmo y los hitos de su traducción política en todos los ámbitos. Pero esta hoja del cambio de hegemonía no podrá ser acordada. Será la expresión directa progresiva de una nueva correlación de fuerzas en construcción. En un escenario de elecciones catalanas inmediatas, antes de las municipales, las hojas de ruta del proceso y del cambio de hegemonía se habrían cruzado bajo el impulso del primero. En el actual calendario, sin embargo, en los próximos meses estarán marcados por la lógica del segundo, por el cambio de hegemonía social -y política-. El proceso no ha perdido fuerza, pero el factor social impregnará las municipales y hará de filtro previo al ciclo de las elecciones de septiembre, que tendrán un marcado sustrato social y un inequívoco carácter plebiscitario.

En las elecciones municipales se hará evidente el giro político provocado por la confluencia de muchos factores. El malestar por la persistencia de la crisis y sus repercusiones. La desconfianza con una política profesional desacreditada, burocratizada, desorientada, de mucho discurso vacío y poca acción inmediata. El rechazo generalizado a unos modelos de gestión pública poco ágiles ante la crisis, y contaminados por las malas prácticas y los casos de corrupción. La indignación producida por el incremento de las desigualdades, al amparo de un sistema fiscal y unas prácticas financieras que son cómplices. La proliferación de experiencias que remiten a la inanidad política de la docilidad, la obediencia y el silencio. El surgimiento de una nueva cultura popular democrática que exige más debate, más participación directa en la toma de decisiones, más autenticidad, más cercanía, más accesibilidad, más transparencia, más honestidad, más humildad, más compromiso, más cualificación, más determinación y capacidad de respuesta.

Las elecciones municipales se desarrollan en los escenarios donde la política conecta más directamente con la vida cotidiana de las personas. Se dirimen en el reino del concreto; en el balance de lo tangible que haya podido hacer cada uno; en la memoria de lo que ha defendido y propuesto. Piden la máxima precisión de las propuestas. Piden contacto, cuerpo a cuerpo, conocimiento directo de quién es, cómo es y cómo vive cada uno. Por ello, iniciar el ciclo electoral para las municipales supone privilegiar la dimensión más concreta y prosaica de la política. Y este hecho marcará la preeminencia del factor social y el objetivo de higiene democrática en todo el proceso de ampliación del apoyo a la emancipación nacional.

ARA