El periodista David Miró ha dicho en un artículo en el Diario ARA que el acuerdo entre Mas y Junqueras será “muy difícil” si ninguno de los dos “renuncia a una parte de la trayectoria que les ha llevado hasta aquí”. Por su importancia, reproducimos el artículo entero:
Para entender la situación actual hay que entender las particulares psicologías de los dos personajes principales de este melodrama: Artur Mas y Oriol Junqueras. Y entonces comprobaremos que su único punto en común, la fe inquebrantable en su diagnóstico del proceso, es lo que ahora bloquea el acuerdo. Ambos han llegado, por caminos diferentes, a un cierto punto de liberación personal que los aleja de los cálculos de la política tradicional y los convierte en dos jugadores de póquer temibles, dispuestos a llegar a las últimas consecuencias porque están convencidos de que sus cartas son las buenas, las ganadoras.
Mas considera que tras el éxito del 9-N está legitimado para imponer su hoja de ruta. Para una persona como él, que ha hecho el tránsito del autonomismo al independentismo con un alto coste personal (dossieres falsos publicados en El Mundo, querellas del Estado, malas caras del establishment, etc.) y que cree que se ha ganado el derecho a hacer las cosas a su manera, ha llegado el momento de plantarse y de ejercer el liderazgo hasta las últimas consecuencias. No hará nada si no está convencido porque ahora no nos movemos en una trayectoria política convencional, sino que se trata de colocar a España contra las cuerdas y alcanzar la independencia. Antes se irá a casa que participar en una operación en la que no crea. Con razón o sin ella, es su posición, y no la cambiará fácilmente por mucha presión que reciba de ERC o la ANC.
Al otro lado de la mesa, Oriol Junqueras, un hombre que ya entró en política liberado, sin peajes, y con un único objetivo: hacer de su país un Estado independiente. Negociar con alguien que tiene una concepción finalista de su carrera política y que está dispuesto a levantarse de la mesa en cualquier momento para volver a su ayuntamiento y a dar clases en la universidad no es nada fácil. Junqueras es una persona de fuertes convicciones e inmune a las presiones, como han podido comprobar todos aquellos que se le han acercado. Esta inflexibilidad (y sobre todo la sensación de que nada podrá hacerle ceder) es una gran ventaja negociadora, una estrategia que hasta ahora le ha salido bien y que tuvo su punto culminante cuando obligó a CiU a poner fecha a la consulta en el acuerdo de gobernabilidad. Si se ve en una posición de fuerza, quiere ganar 10 a 0.
Duelo de inflexibilidades
Hemos llegado a un punto, pues, en que la inflexibilidad de los dos protagonistas es el principal obstáculo para el acuerdo. La imagen que mejor lo resume es la de los jugadores de póquer, porque Junqueras cree que Mas va de farol y que no tendrá más remedio que adelantar las elecciones. Por ello, desde el inicio de las conversaciones, desde Palau (de la Generalitat) se ha querido dejar claro que Mas está dispuesto a agotar la legislatura, o al menos a no convocar antes de las municipales. Era una forma de quitarse presión pero también de lanzar un mensaje para navegantes: sólo Mas controla los tempos del proceso, y esta es una prerrogativa que hay que respetar.
Pero, mira por donde, ayer el póquer, el todo o nada, dejó paso al ajedrez. El jugador Mas hizo un movimiento inesperado: se abrió a aceptar tres listas independentistas con la condición de que sólo la suya sea transversal y apartidista. Es un movimiento importante porque obliga a Junqueras a hacer un gesto de apertura similar si no quiere quedar como un ‘Mister No’ tozudo y recalcitrante se niega a hacer cualquier concesión. Como sabe el lector, una partida de ajedrez no tiene una duración determinada y es mucho más larga que una mano de póker.
El ajedrez nos sitúan en una dimensión diferente, en el que el medio y el largo plazo toman relieve. Ya no se decide, pues, qué pasará en primavera sino cómo puede llegar cada contendiente mucho más allá, al otoño, por ejemplo. ¿Se trata de una nueva jugada de Mas para ablandar la posición de Junqueras? Esa es la duda que ahora mismo debe roer por dentro al líder republicano. ¿Es una salida posible al bloqueo actual o es una simple trampa para dejar a Esquerra como los malos de la política? ¿Hay que mantenerse en el inmovilismo o, por el contrario, ha llegado la hora de contraatacar con una oferta concreta a Mas?
¿Hacia una guerra de desgaste?
Los próximos días serán clave para saber cómo termina la película. De momento, los analistas nos conformaríamos sabiendo si asistimos a una partida de póquer o a una de ajedrez. Si nos tenemos que preparar para un final repentino e inapelable o para una guerra de desgaste. Pero sólo una cosa es clara: si ninguno de los dos renuncia a una parte de la trayectoria que les ha llevado hasta aquí, el acuerdo será muy difícil. Quizás imposible.






