Si algo nos ha enseñado la actual situación política en Cataluña es que en nuestra sociedad no hay quien la pueda gobernar. De igual manera que los críticos literarios pretenden dirigir el gusto pero la gente termina leyendo lo que se les pasa por las narices, los intelectuales que han pretendido guiar el discurso político se han encontrado que la cosa les pasaba por encima. La gente ha pensado lo que ha querido, en los términos que ha querido, y ha deseado un cambio en la situación política, sin escuchar ni las advertencias de los moderados ni las recetas de paciencia de los federalistas.
Incluso, sin embargo, los intelectuales independentistas son poco tenidos en cuenta: la gente sabe lo que quiere y cuando lo quiere, y no comulga ni con ruedes de molino españolista ni con el aceite en una lámpara que acompaña ciertos discursos independentistas, que o bien lo revisten todo de sueño maravilloso o lo pintan todo trágico, como si para acceder al Estado propio tuviera que pasar primero por un inevitable estadio de dolor o de parto nacional sin epidural.
Los que dicen, en esta línea, que el presidente Mas está envenenando la sociedad catalana tampoco acaban de entender la cosa. La sociedad catalana no es de Artur Mas ni sigue sus mandatos ni sugerencias ni baila al ritmo de las consignas que se le ocurren a nuestro presidente o a las presentadoras frívolas de TV3. En TV3, más que independentismo, hacen malabarismos, y quien diga lo contrario que lo mire bien, si es capaz de resistirlo.
Imaginarse que aquí la sociedad está alucinada porque alguien le da alucinógenos es un absurdo. Durante demasiado tiempo hemos visto ya esta paradoja: todo el mundo se inventa que representa a todos, incluso aquel que no se presenta a las elecciones, o aquel que presentándose es absolutamente minoritario, y que termina hablando como si todo el mundo pensara como él y él fuera el portavoz de ‘la mayoría silenciosa’ (el presidente Rajoy el primero).
No acaban de digerir que el país haya dado un giro hacia el soberanismo, y no saben cómo atacar todo eso, por lo que cada día inventan una nueva teoría política o hacen una analogía historia más bien incongruente. Les pica tanto el soberanismo que han arrancado los pelos, y ya no saben qué inventar ahora para frenar la alopecia. Estoy seguro de que acabarán diciendo que la democracia es una mala idea, o que tal vez no se inventó para eso…
La mayoría silenciosa no existe, como tampoco una mayoría ruidosa que habla en un solo sentido y bajo una sola sensibilidad nacional: por eso hay diferentes partidos y diferentes maneras de encajar las piezas. Ahora resulta que, cuando gana el discurso soberanista, debe ser plural y abierto, como si la pluralidad y la apertura -la complejidad, etc.- tuviera que desactivar la cosa. El soberanismo es la única idea política que debe detenerse en virtud de no sé qué principios intangibles; es la única idea política que hay que parar porque “divide a la sociedad”, mientras que todas las demás, que tienen el mismo efecto inevitablemente “divisor”, se pueden debatir e implementar sin muchos problemas. Ay.
¿Quizás no divide el constitucionalismo, el federalismo? ¿Tal vez no divide el eje izquierda y derecha? ¿Puede ser que no divida cualquier debate sobre la educación o el aborto o sobre las lenguas? ¿Acaso no divide el feminismo, o el ecologismo? ¡Todo divide!, pero de todo se habla y de todo se derivan políticas en un sentido o en otro. Sin embargo, el soberanismo -sobre todo porque gana y desmonta jerarquías- es la idea “que divide” fatalmente, un pensamiento que se ha de ocultar en el fondo del armario, con las revistas pornográficas.
Cuando el españolismo era inatacable, sin embargo, nadie hablaba de populismo, de totalitarismo, de manipulaciones, etc. A nadie se le ocurrían teorías esotéricas sobre la sociedad civil. Al soberanismo se le presuponen todos los cánceres políticos, y esto de manera totalmente irracional. Es lo que pasa cuando una idea que aparentemente se debería defender desde el racionalismo -la España constitucional- se convierte en un dogma de fe, la duda ante la que termina pareciéndose a una forma de herejía contra la que valen todas las diatribas.
Es como si sólo el soberanismo tuviera la capacidad de envenenarlo todo y hacer levantar las alarmas puritanas, vestidas de respeto cívico. Son cosas que no se acaban de entender…
Siendo constitucionalista a uno se le presuponen cualidades morales que deja de poder lucir en caso de definirse como independentista. Que el españolismo juega esta carta es más que notorio, y eso dificulta aún más la capacidad de entenderse. El españolista mira a quien no lo es como si fuera imbécil.
Están muy nerviosos. El miedo se les nota en la voz, cada adverbio que ponen en cada artículo. La invención de lacras que genera el independentismo también la motiva la formación Podemos, cuyos argumentos no se pueden debatir de manera ponderada o racional. Podemos, como el independentismo, viene a cuestionar lo incuestionable, y ante ello se activan todas las alarmas, aunque Podemos, al fin y al cabo, sólo plantea viejos idearios socialistas, los saca del desván y los barniza con un poco de revolución pendiente. Sin embargo, el tango Podemos ocupa ahora el papel de Cataluña: el gran fantasma o enemigo contra el que valen todos los chanchullos y todas las triquiñuelas.
Nada demasiado grave, pero hay que ver qué perros furiosos se les ponen en contra. Los lobos y las cabras, etc. Los verdaderos demócratas españoles se pueden sentir muy catalanes, en eso, porque van a por ellos a la brava: han osado poner en cuestión el dogma sagrado de la España gobernada como en el siglo XIX. Buen fin de semana.
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