“No hay duda de que somos duales y que alternamos el espíritu constructivo con una tendencia autodestructiva; somos capaces de hazañas épicas y también especialistas en hacernos daño”
Tiene razón el presidente Mas, al decir que “lo tenemos más cerca de lo que lo ha tenido nunca nadie”. Se refiere a la independencia de Cataluña, naturalmente. Nunca, en los últimos tres siglos, habíamos llegado tan lejos. Por eso es tan importante que en este tramo final lleno de trampas e infestado de tiburones nos rijamos por la inteligencia y no por las emociones. Sería imperdonable que después de haber superado etapas dificilísimas, como la imprescindible desconexión mental de España, lo mandásemos todo a paseo por culpa de este rasgo idiosincrásico tan catalán que es el individualismo. Parece mentira que un país como el nuestro, con una tradición asociacionista plena de gremios, cofradías, colegios, mutuas y organizaciones no gubernamentales, sea tan proclive a la disputa y tan pinchauvas a la hora de llegar a acuerdos. No hay duda de que somos duales y que alternamos el espíritu constructivo con una tendencia autodestructiva; somos capaces de hazañas épicas y también especialistas en hacernos daño.
Con todo, esperamos que este talante no interfiera en el Proceso, ya que como remarcó el presidente Mas en su discurso del 25 de noviembre -el mejor discurso que ha hecho nunca, por cierto-, no es suficiente que el SÍ consiga mayoría absoluta, hace falta también “que todo el mundo entienda qué es la lista que ha ganado las elecciones”. En este sentido, también tiene mucha razón la Asamblea Nacional Catalana, al pedir “una candidatura transversal que tenga como principal objetivo el logro de la independencia nacional en el plazo más breve posible” lo que “sólo se podrá conseguir desde la unidad política y social”. Ciertamente es así. No hay meta política más importante que la libertad de un pueblo, ninguna. Todas las demás, por importantes que sean, quedan supeditadas a la primera, por la sencilla razón de que no puede haber justicia social en ninguna colectividad nacional privada del derecho a autogobernarse. Una nación sometida y expoliada como Cataluña, que el Estado español ‘rescata’ económicamente con el dinero expoliado y por el que, para mayor escarnio, cobra intereses, -es decir, que hace negocio extra con dicho expolio-, no puede tener otra prioridad que la libertad. Pensamos que toda política que no tenga este objetivo será una política profundamente estúpida, demagógica y cínica que hará más gruesos los barrotes de la jaula.
Y es que la libertad es un derecho universal inherente a la madurez humana que no admite discusión. Se puede discutir la gestión que cualquiera haga de su libertad, pero no la libertad en sí misma. No es hora, por tanto, de autofotos, sino de foto de grupo; no es hora de promoción individual, sino de sentido de la colectividad. Todavía no hemos ganado. Podemos ganar, ¡claro que sí!, pero aún no lo hemos conseguido. El partido dura noventa minutos y, de momento, el resultado nos es adverso. Ante esto, podemos hacer dos cosas: perder el tiempo haciéndonos reproches entre nosotros y diciéndonos “¡y tú más!” O “a ti no te quiero a mi lado” o hacer piña, aplazar nuestras diferencias e intentar ganar el partido. Lo que pide la gente, es bien sabido; ahora sólo falta saber si los partidos soberanistas estarán a la altura de la gente.
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