Se ha presentado en Lleida el Premio de Ensayo Josep Vallverdú de 2013, ‘La guerra desde el Despacho Oval’ (Pagès Editors), de Pere Franch, periodista y profesor de la URL. Se trata de un estudio sobre la retórica de la guerra empleada por los presidentes estadounidenses, donde se analiza el recurso a la retórica de la persuasión y la retórica de la convicción. Se trata de un texto que se puede leer ya sea por el interés en el relato político, por el interés en la política estadounidense o, sobre todo aquí y ahora, para entender la retórica del combate dialéctico que vivimos entre España y Cataluña.
Lo recomiendo porque la Cataluña del debate soberanista también se mueve entre estas dos retóricas, la de la persuasión y la de la convicción. La primera hace llamadas a la emoción y los sentimientos para conseguir la reacción masiva de la ciudadanía. La segunda apela a la razón, la información y la adhesión personal. Pues bien: a pesar de que en la práctica las dos retóricas suelen entrelazarse, desde el 9-N creo que hay que desarrollar más la retórica analítica y racional que insistir en la persuasión. Y es así porque se ha entrado en un período de una enorme complejidad, cuyas riendas están más en manos de las instituciones políticas democráticas que en las de la sociedad civil, que debe mantener su solidez pero ocupando un lugar más discreto.
Esta nueva complejidad, pues, ya no pide grandes demostraciones de fuerza sino sutiles capacidades estratégicas y de convicción. Y conviene que este nuevo escenario no se colapse atrapado en las antiguas capacidades persuasivas. Lo digo porque me parece muy pobre que se ponga casi todo el acento del dilema actual en la fecha de las elecciones plebiscitarias, o en la existencia o no de una lista unitaria. Ambas cuestiones siguen vinculadas principalmente a la retórica de la persuasión. Es decir, al miedo a una futura desmovilización, o la confianza en el entusiasmo que podría crear una lista (semi)unitaria. Pero la independencia sólo será posible si no depende de estados de exaltación transitorios y si es asumida sólidamente, porque se sabe y se tiene confianza en el cómo se hará.
Hay, por consiguiente, muchas otras cuestiones a considerar, todas más vinculadas al cómo que al qué. Digo alguna de ellas. Primera: dado que todavía hay que avanzar en el apoyo a la independencia, conseguir nuevas adhesiones entre los indecisos -y evitar deserciones entre los dubitativos- dependerá además de saber explicar de manera convincente el cómo se hará que el insistir en persuadir del qué. Segunda: hay que determinar qué gobernante y con qué gobierno conviene que se lidere el periodo de transición -que puede ir de los seis meses al año y medio- y cómo se asegura que tenga la legitimidad política interna y externa que necesitará. Tercera: si hay que hablar de una candidatura soberanista amplia, hagamos el favor de dejar de llamarla “de país” y digamos un nombre propio (UTP -unión temporal de partidos- por Cataluña, o como se quiera). “De país” lo serán todas las candidaturas, y no sería bueno empezar con mal pie, atribuyéndose lo que no es propio. Cuarta: como se trata de elegir políticos para hacer una transición, sería aconsejable elegirlos también transitorios, con el compromiso de que se retirarán una vez proclamada la República catalana, lo que evitará tácticas partidistas que pondrían trabas al éxito del proceso.
La experiencia de los casos más cercanos al catalán, en Quebec y en Escocia, muestra que lo que retrae el voto a la independencia, a menudo en el último minuto, es la aversión al riesgo. No partimos de una situación caótica, y el ciudadano, con toda la razón, quiere saber -por poner un ejemplo- no sólo que se podrán pagar las pensiones, sino cómo se hará para pagarlas desde el primer mes. Dar explicaciones concretas y convincentes es el trabajo de los próximos meses.
ARA









