Al independentismo convencido, al que no le hacen falta demasiados argumentos para mantener la convicción, a aquel que se jacta de ser “de toda la vida”, le gustaría que el desafío a España tuviera un desenlace épico. Pero, como he sostenido más de una vez, la independencia sólo ha llegado a ser un horizonte tangible cuando lo han deseado un montón de catalanes que nunca lo habían creído ni posible ni, en muchos casos, deseable. Es lo que he dicho “una independencia sin independentismo”. Y a esa mayoría que ha querido la independencia a última hora -y que son los que la hacen posible- no les sobra ningún argumento por pequeño que sea, ni les gustaría que la ruptura fuera excesivamente traumática. Quiero decir que, puestos a elegir, preferirían una independencia sin épica y, aunque saben que es casi imposible, se sentirían más cómodos con una ruptura cordial. Coincido con el poeta Joan Margarit cuando el Once de Septiembre del 2010 recitó aquello de: “Hemos elegido ser un pueblo sin héroes. Justo esta es, hoy, nuestra fuerza”.
Sin embargo, hay que aceptar que la tensión entre el relato del independentismo de toda la vida y el relato de la independencia como último recurso, después de haberlo probado todo para ahorrársela, es buena para el éxito final. Unos y otros son imprescindibles, pero no se puede pedir a los demás que tomen una perspectiva que no les ha llevado allí donde están y que no les es propia. Todo lo contrario, haría falta que unos y otros adoptaran, respectivamente, una actitud no sólo de consideración, sino de humildad y de agradecimiento. Unos, por haber mantenido la antorcha de la independencia con coherencia en tiempos difíciles; los demás, por el coraje de haber sabido cambiar de opinión y abandonar un autonomismo probadamente fracasado. Y no sabría decir cuál de los dos recorridos es más difícil. Pero es inevitable que la tensión de perspectivas y estrategias, de vez en cuando, se haga más visible que el acuerdo que les llevará, juntos, a la victoria. Un acuerdo que pide, como ingrediente básico, que reconociéndose diferentes -y no traïdores- unos confíen en los otros.
Hago estas reflexiones a raíz de cómo llegaremos al domingo, el esperado 9-N, y sobre todo pensando en el día siguiente. Desde mi punto de vista, los estira y afloja que hemos vivido estas semanas no se deben principalmente a la predominancia de los intereses de partido por encima de los de país, sino a las dos lógicas de fondo que antes he descrito. Sí, también están los partidos y los personalismos, pero no me parecen determinantes para explicar las razones de fondo de las tensiones: no lo hagamos miserable. Los de las convicciones de siempre lo querrían acabar con un puñetazo sobre la mesa, con un gesto de confrontación directa, con una DUI y que no se hable más. En cambio, los que han llegado a querer la independencia por la acumulación de aquella arenilla que es la que suele encallar los mecanismos de una vieja relación, más bien se sentirían confortados si el desencadenante viniera de un imprevisto causado por la ineptitud del adversario.
Mi intuición es que el 9-N es la fecha en que se encontrarán unos y otros. Por un lado, es un gesto desafiante de una gran magnitud: habrá las urnas y las papeletas que los adversarios de nuestra soberanía han perjurado que no habría. Por otro, y según sea la reacción de los gobernantes españoles, podría acabar sucediendo que el último impulso hacia la independencia viniera de la prohibición de lo que ellos mismos habían calificado de barbacoa. Habrá vuelto a producirse la paradoja de que a medida que el desafío se hacía pequeño, su prohibición se volvía más ridícula y peligrosa. Como en tantos casos históricos, el desencadenante del gran cambio podría venir de una pequeñísima chispa.
ARA






