La lógica de los hechos políticos y la de la retórica que los acompaña es bien paradójica. Cuanto más simples son los hechos, más revuelto es el discurso. Y cuanto más complejos los hechos, más tendencia a la simplicidad de los discursos. Ya me disculparán que comience con una sentencia de este tipo, pero lo pensaba últimamente, a la vista del desafío -ya me he cansado de decir “proceso”- independentista que Cataluña ha planteado al Estado español.
Efectivamente, estamos viviendo los momentos más complejos de nuestra historia reciente, y en cambio parece que tenemos tendencia a simplificar la mirada que tenemos sobre esta situación. Por ejemplo, a fijarnos obsesivamente en una fecha y en hacer de ello una cuestión de vida o muerte. O a juzgar una decisión táctica como una gran traición a la causa. O a valorar una consulta, que no es más que un instrumento al servicio de un camino empinado, como si fuera el día del juicio final. Y, no hace falta decirlo, acabamos haciendo de la “unidad” un tótem sagrado, cuando a veces es conveniente y ayuda a avanzar, pero en otras es un obstáculo que lo paraliza todo. Todo es importante, sí. Pero nada es definitivo.
El desafío, en cambio, es tan abierto, tan indeterminado, tan imprevisible, tan sorprendente, que creo que debería invitar a hacer un ejercicio en sentido contrario. Es decir, a mostrar flexibilidad, a considerar muchas posibilidades, a respetar perspectivas diversas. Es -debe ser- un tiempo de gran creatividad -que es la única fuerza que tenemos-, y eso está reñido con las consignas. Creo que es tiempo de poner la mirada en el horizonte y tener en cuenta que no transitamos por caminos trillados, sino por bosques, matorrales, barrizales, arenas, nieblas bajas… Y que sólo mantendremos el rumbo si, además de mirar donde ponemos los pies, no perdemos nunca de vista la referencia del horizonte.
Diría que, siendo lo complicado del objetivo, quizás sería conveniente que nosotros mismos no nos lo hiciéramos más difícil. Que relativizásemos algunos fracasos, pero también todas las victorias. Que entendiéramos que hay derrotas de ahora que son la condición de victorias futuras, pero que algunos éxitos rotundos de ahora pueden llevar a errores de lectura y a fracasos rotundos en el siguiente paso.
Estoy diciendo que me gustaría ver más complejidad de análisis para saber gestionar mejor la incertidumbre del momento que complacerme en discursos encendidos de convicciones rotundas, como si en todo nos fuera la vida o la muerte, el ahora o nunca, el nosotros o ellos. Creo que quedamos muy atrapados en el corto plazo, que ponemos toda la esperanza en la próxima fecha -ahora del Once de Septiembre, seguido del 9N, después… -, y que cualquiera de estas batallas intermedias se pueden perder, y algunas -dejenme decirlo- quizás se deberían perder. Por ejemplo, visto como ha ido todo -y como era previsible que fuese-, quizás nos hubiéramos podido saltar el 9N y toda la energía que verteremos en él. ¿Pero, se podía parar todo el empuje que habíamos puesto? Seguro que no: demasiado tarde. Ahora, hay que llegar, reviente lo que reviente. Y vaya como vaya, estoy seguro de que no afectará al conjunto del desafío ni a su éxito futuro. Pero… desde mi punto de vista, la virtud de la gran musculatura de la movilización social es que queda limitada por la dimensión discreta de su cerebro. Quiero decir que hacer una Vía Catalana o una ‘V’ Catalana, es una demostración de fuerza brutal y necesaria, además de una demostración de capacidad organizativa impresionante. Pero eso pide, sobre todo, ilusión, emoción, disciplina, compromiso. Ahora bien, no nos dice nada de la complejidad que se deriva de lo que se pide, de la heterogeneidad de los que se reúnen bajo una consigna fuerte, de la astucia, la prudencia y la mano izquierda, de las curvas que la táctica política obligará a dar ni, sobre todo, de la estrategia global a seguir.
No quisiera ser malentendido, porque en tiempos de guerra, cualquier desviación de la consigna puede parecer una traición. Ya lo soy bastante, si tuviera que hacer caso a los twitts que recibo! Precisamente, mi posición intelectualmente voluntarista, a favor del desafío, me obliga a ser contenido en determinadas discrepancias que yo tampoco querría que sólo contribuyeran a crear confusión, aparte de considerar que no soy nadie para pontificar. Me he equivocado demasiado en mis previsiones secretas para hacer demasiadas públicas alegremente. Pero ahora sí tengo la necesidad de hacer estas consideraciones. Por favor: primero, relajemos este ritmo a que obliga la movilización permanente y que crea una enorme ansiedad; dos, aprendamos a pensar desde la complejidad que exige el momento y no desde la consigna, y tres, levantemos los ojos hacia el horizonte y no nos quedemos atrapados en el corto plazo. Nuestro objetivo es tan grande que no nos puede pasar lo del proverbio chino que dice que cuando el dedo señala la luna, el imbécil mira el dedo.
La Voz Reagrupament









