Una amiga bertsolari, Saioa Alkaiza, de Antsoain, me cuenta en Euskalerria Irratia que la han entrevistado en otra radio local, universitaria para más señas. Le dijeron que querían hablar con ella sobre bertsolarismo, y aunque tuvo algunas dudas, al final accedió a ser entrevistada con la intención de aprovechar la ocasión para acercar el universo euskaldun al mundillo de esa radio universitaria. Nada más comenzar la entrevista, Saioa se dio cuenta de que aquella era una misión imposible, pues le formulaban las preguntas desde un universo castellanohablante paralelo, que no convergía con el euskaldun ni tan siquiera en el infinito: “El último campeonato de bertsolaris ha sido un tanto especial, ya que la txapela del País Vasco se la ha llevado un francés. Resulta muy curioso, ¿verdad?”. “El bertsolarismo es un arte del País Vasco. ¿Cómo es que lo practicáis aquí, en Navarra?”. Y así hasta el infinito y más allá. El integrismo regionalista aplicado a la educación produce este tipo de periodistas, este tipo de personas intelectualmente discapacitadas para entender una parte importante de la realidad política, social, cultural de esta tierra. Desde el Departamento de Educación, los talibanes del regionalismo se afanan en imponer su doctrina en todos los centros de educativos, en todas las fases educativas. Imparten el dogma del andamiaje político-administrativo actual en su literalidad, sin aceptar ninguna otra versión, opinión, matiz. Desde el interior de ese burka ideológico, la visión es limitada: vasco es el habitante de la Comunidad Autónoma Vasca. Vasca es la lengua cooficial de la Comunidad Autónoma Vasca. El País Vasco es la Comunidad Autónoma Vasca. Euskal Herria no existe. Los aproximadamente 60.000 euskaldunes de Navarra no existen. Los miles de euskaldunes de Iparralde no existen. Un navarro no puede ser vasco. Un francés, tampoco. Una navarra y un francés cantando bertsos son como una japonesa y un estadounidense bailando sevillanas. Qué pena.
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