1. Los escoceses acabaron votando ‘no’ en parte porque el gobierno británico les había dado la posibilidad de votar ‘sí’. Puede parecer paradójico, pero no lo es. No es lo mismo percibir una actitud democrática, e incluso cordial, en el país del que quieres separarte, que verlo como una prisión. Mucha gente -creo- pensó: “Diré ‘no’ porque me gusta estar en un país que me permite decir ‘sí'”. No es ningún contrasentido. Es perfectamente lógico. Rajoy está actuando de manera diametralmente opuesta. La conclusión de todo ello parece clara: con esta dinámica, el ‘sí’ a la independencia irá creciendo en Cataluña imparablemente. La gente puede votar ‘no’ en un país que te deja votar ‘sí’; lo que no tolera es que no le dejen votar. Va mucho más allá de la política, esto: es una cuestión de dignidad. Y aquí llegamos a la segunda lección.
2. El 55% de los escoceses han votado ‘no’ porque, a pesar de tener fricciones y discrepancias con el gobierno de Londres, siempre se les ha reconocido como nación en la esfera de los símbolos. Cuando Inglaterra y Escocia se enfrentan en un partido de rugby, sobre el césped hay dos países en igualdad de condiciones, y no una nación de verdad y otra de feria. En general, la identidad británica, a diferencia de la española, no te hace pasar por el aro ni te obliga a dejar de ser lo que eres. He aquí otra razón del triunfo del ‘no’, y no es precisamente accesoria.
3. Ahora esgrimiré un concepto acientífico, pero en el que creo firmemente: el del instinto colectivo de las clases medias posterior a la Segunda Guerra Mundial. Después de aquella catástrofe, las sociedades europeas occidentales adquirieron la habilidad de distinguir entre las aventuras que valían la pena y las que no llevan a ninguna parte; de no confundir el esfuerzo que hay que hacer en nombre de las generaciones futuras con el esfuerzo que las acabará perjudicando. Por la misma razón que en Escocia ha ganado el ‘no’, en Cataluña ganará el ‘sí’: las clases medias intuyen que aquí el riesgo radica justamente en no movernos de donde estamos.
4. El voto de las personas es importante; pero en un referéndum, además de urnas, hay otros receptáculos invisibles donde se deposita el miedo que generan los mercados, las amenazas tácitas de los líderes de otros países, la manipulación informativa o nuestra propia inseguridad. Es probable que estas otras urnas hayan pesado más, mucho más, que las primeras. La democracia no se ejerce nunca en un contexto abstracto e inmaterial, sino en medio de la realidad. Los votos forman parte de esta realidad, evidentemente, pero por sí solos son insuficientes para cambiar el curso de las cosas.
5. Si David Cameron no hubiera autorizado la celebración de este referéndum, ahora mismo el Reino Unido sería más débil. A corto plazo, esta incertidumbre resulta asumible, por supuesto; a largo plazo, en cambio, es inviable. Esto es lo que no entiende el gobierno español. La oposición a la voluntad política de la mayoría de un país y de su Parlamento, basada en interpretaciones restrictivas o incluso sesgadas de la ley, puede servir para detenerla la primera vez, pero no para ganar la partida. Si la consulta catalana no se celebra, España perderá tarde o temprano legitimidad democrática y credibilidad internacional. Este no parece un gran negocio.
6. En estas cuestiones, la Unión Europea (UE) tiene un ‘parti pris’ inequívoco, explícito, clarísimo. En consecuencia, no vale la pena perder ni un minuto más empujando el carro por este pedregal. Es una inversión que no dará nunca frutos. Si la UE se ha opuesto sin complejos a la independencia de Escocia a pesar de la escrupulosa legalidad del proceso, no hace falta ser muy imaginativo para deducir cuál será su actitud respecto de Cataluña. En todo caso, la conclusión es más compleja. La podemos resumir en dos preguntas. a) ¿Los catalanes necesitamos aliados? Sí, sin duda, inevitablemente. b) ¿Encontraremos estos aliados en el seno de la UE? Estoy convencido de que no; más bien encontraremos lo contrario.
7. La séptima lección que nos ha proporcionado Escocia es que los argumentarios políticos tienen un recorrido muy limitado: no nos hacen cambiar de opinión con tanta facilidad. Hay muchísimas cosas que se pueden consensuar racionalmente, y otras que no. En este segundo caso, parece sensato dejar de malgastar saliva con enrevesadas apelaciones a la Guerra de Sucesión o a la naturaleza del cálculo de las balanzas fiscales. No nos pondremos de acuerdo, ni ahora ni nunca. La solución sencilla y civilizada consiste en saber cuántos pensamos una cosa y cuántos otra, y tomar una decisión de acuerdo con la voluntad de la mayoría. Democracia, lo llaman.
ARA







