Es el título de un lúcido artículo escrito por Manuel Irujo (Alderdi, PNV/EAJ, 1954, no. 87), consejero del Gobierno Vasco en exilio en París y, aunque hombre de animoso temperamento, analiza en esa ocasión sombríamente la realidad de Navarra, entonces, como todo el Estado, bajo el régimen militar franquista.
Es curioso que tantos años después nos encontremos en una situación similar, exceptuando, claro está, que no padecemos una dictadura militar, aunque sí, a mi juicio, de una opresión de las fuerzas políticas que manejan Nabarra: UPN y PP. Uno, un partido en tibia clave regionalista, el otro, estatal y centralista, amenazando ambos nuestro autogobierno, resto de la soberanía de un territorio que, pese a perder su independencia, prenda de alto valor como expresó el Paloteado de Monteagudo en el movimiento de la Gamazada de finales del s.XIX, siempre ha tenido presente su derecho a mantener sus Fueros, representados, en cierta forma, en el Concierto Económico.
Analiza Irujo varios hechos: la sangría de una guerra civil que derivó en odios y sinrazones como la de mantener un mausoleo para los restos de Mola y Sanjurjo, militares golpistas y genocidas (ni Hitler ni Mussolini, sus aliados, tienen semejante escaparate mortuorio, aunque Franco sí); el retroceso del euskara… hoy el TAN, recomienda una actuación contundente del Gobierno de Nabarra para con su lengua autóctona; la parada de construcción de vías ferroviarias; la división intencionada de las diócesis… es decir, el aislamiento de Nabarra para provecho político y económico de una clase cuyo fin parece ser el expolio de su personalidad histórica, volviéndola ignorante y, como consecuencia, sumisa.
Nabarra, en sus siglos de soberanía, cubrió ambas bandas del Pirineo, cuestión que Europa, tras la 2ª Guerra Mundial, trabajó en los momentos de su reconstrucción, cuando se hablo de la Europa de los Pueblos, con el fin de evitar más masacres, y que se enfrentaba al lema franquista de España termina en los Pirineos; tuvo los puertos marítimos de los territorios vascos hermanos, creció en sus artes monumentales, floreció en su música, conservó sus ancestrales costumbres, coronó a sus reyes con un protocolo donde se recalcaba el poder del pueblo en sus Cortes, caso único en la historia europea.
Inglaterra, madre de los parlamentos, recorrió un largo camino desde la mítica mesa redonda del rey Arturo hasta la sangrienta revolución de Cromwell hace más de tres siglos, para asentar su democracia insular y, tras los sucedidos de Irlanda, reflexionando, cosa que es de aprobar, hace factible un referéndum en Escocia en una campaña cívica donde a los profundos matices económicos y políticos se añaden los sentimentales. Ha ganado el no, condicionado a estos preceptos de mayor autonomía, pero nada va a ser igual. Han de sucederse pactos más equitativos que el de 1707, porque muchas generaciones han evolucionado desde entonces, se conocen y manejan fórmulas de convivencia más estables y precisas que las derivadas de una conquista militar. Lo que me sorprende es el alivio de ciertos políticos por el no, los que estuvieron diciendo que Catalunya nada tenía que ver con Escocia.
Es la Ley la que debe estar al servicio del hombre y la mujer, y no éstos al servicio de la Ley o de la Constitución de turno, por mejores que sean. Si hay un clamor popular pacífico y articulado como el de Catalunya, hay que atenderlo con respeto y no como una falta a los artículos escritos en un momento de la historia del Estado español del que se salía de una atroz dictadura de cuarenta años, con su añadido de guerra civil, su millón de muertos y otros tantos exiliados… y que, si exceptuamos los años de la 2ª República, derivaba de otras dictaduras militares, de gobiernos absolutistas como el de Fernando VII quien, en plena guerra de la Independencia, mientras el pueblo combatía y moría, cede a Napoleón, en Baiona, la corona de España como quien regala un anillo de latón.
No se han resuelto, y a la vista está, la compleja y rica realidad política de los pueblos que conviven en la Península, porque prevaleció, en la última reconstrucción, la artera fórmula política de café para todos, que no supo atender la exigencia que emana de la naturaleza de los pueblos que quieren vivir de acuerdo a unas leyes propias, decidir con plenitud su destino, manejar sus arcas y atender sus necesidades culturales, económicas, políticas y sociales desde su enfoque particular.
Navarra, por su autogobierno, me parece una opción necesaria para manifestarnos ante los atropellos que el gobierno de Barcina acomete contra nuestra naturaleza histórica y que repercute en la económica -hay paro juvenil, tenemos una generación perdida-, y con dificultades en educación y sanidad, más su fatal regreso de Madrid con semejante deuda en la cartera. En su tibia defensa del autogobierno de Nabarra, la presidenta debería unirse a los territorios históricos vascos afectados en sus Conciertos Económicos y, en vez de creer en la buena fe de Rajoy, ponerse a trabajar en defensa de la buena fe de los navarros/as que le entregaron el mandato. A eso se comprometió el día de su juramento y está faltando a él. Quienes esgrimen las leyes para maniatar a los que expresan su opinión, suelen olvidarse de cumplirlas.
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