Yo estuve allí. Le robo la frase a Churchill, aplicada al desembarco de Normandía, para utilizarla al acontecimiento del 8 de junio, cuando una multitud que desbordó las expectativas de la organización Gure Esku, colmó el camino entre Iruña y Durango, bajo el sol deslumbrante de la mañana de ese domingo de gracia. Al toque de cuerno, la gente comenzó a enlazarse las manos y, de forma pacífica, alegre y resuelta, comenzó a hacer la ola. Se trataba de moverse porque se estaba reclamando futuro.
Yo estuve allí… entre las varias generaciones que colmaban el evento. Hombres y mujeres de cabello blanco con las manos enlazadas a las fuertes de los jóvenes y las tiernas de los niños, nuestros hijos y nietos, reclamando incansables el derecho de autodeterminación. Una vez más. Como si todos los trabajos y dolores de las reivindicaciones pasadas, nuestras y de nuestros mayores, y que hemos cargado desconsoladamente en los hombros, se volvieran miel bajo la mirada sorprendida pero atenta de la generación reciente, a la que enlazamos las manos en gesto de pervivencia y movimiento, porque deben saber que no somos estatuas de sal mirando hacia atrás… queremos ver a nuestros antepasados reflejados en los pasos que damos hacia adelante. En nuestros descendientes
Yo estuve allí… con todos los recuerdos de la historia agolpados en mi memoria. Porque en cierta manera, por el camino de las manos enlazadas, el de la Sakana, transitado por los vascones desde la Prehistoria, llevó a los romanos hasta Iruña, asolándola y convirtiéndola en feudo imperial, hasta que en 778 desde allí salieron las tropas vasconas para vencer a Carlomagno en Orreaga, y que recorrerían en parte, siglos después, las tropas castellanas del duque de Alba para hurtarle soberanía a nuestro reino. Y fue cuando vi que por esa ancestral ruta nos venían los autobuses colmados de gente, con la risa presta y la animación resuelta de que todo podía ser recuperado. Los caminos se transitan en ambos sentidos, y el del domingo fue de reivindicación.
Yo estuve allí… con los vascos de la Diáspora, los que habitan en ese mundo global nuestro y que comenzó su andadura con los combatientes derrotados de nuestras guerras forales y con los que arribaron a las costas americanas tras la Guerra Civil del 36… desvalidos, pero capaces de rehacer su futuro aunque solo contaban con las manos para ello. Porque jamás se dieron por vencidos de una causa en la que creían con verdad de corazón y con apremio de justicia. Los pueblos deben decidir sobre su futuro. Una comunidad humana debe mantener su derecho a ser fiel a sus raíces sin dejar de mirar al horizonte.
Yo estuve allí… con los que regresaron de América para hacer hogar vasco, venciendo graves dificultades anímicas y económicas, con los que crecieron aquí y resolvieron reconstruirlo, pese al entorno negativo, según el mandato de una tradición que dieron por buena, con todos los que creyeron que el euskara es herencia valiosa que nos deviene desde la Prehistoria europea. Hemos sido tan tenaces que ni las falanges de Roma ni los cañones del duque de Alba han podido con nuestra determinación de ser pueblo de acuerdo a nuestras tradiciones y leyes. A nuestra lengua.
Yo estuve allí… podré decir a todo el que pregunte como fue ese día de gloria en que la reivindicación unió a vascos de todos los puntos de Euskadi y a los de la Diáspora, y en que los catalanes izaron en Iruña su castellet, simbólica forma de representar a un pueblo y que lo hacían, al tiempo, entre otros sitios, frente al puente de Londres y a la torre Eiffel.
Yo estuve allí… donde se reclamó autodeterminación o independentzia, una forma de vivir sin corrupción, sin prevaricación. Sin tintes oscuros de derrotismo, sin coacción ninguna. Un pueblo tiene el derecho a empeñarse en obtener la felicidad y la bonanza, el pleno empleo, la distribución justa de la riqueza, salud, sanidad, educación y seguridad de calidad…, que ninguno de sus ciudadanos pueda quedarse atrás en el camino por haber nacido al margen de esos logros mínimos pero fundamentales de toda comunidad civilizada que anhela la igualdad como principio democrático.
Yo estuve allí… podremos decir una y mil veces con orgullo. Fuimos ese domingo como una gota de agua de un río caudaloso de nuestros Pirineos, como una brizna de hierba cercana a la raíces de nuestros robledales, como una bellota caída en terreno fértil, como un copo de nieve en la cumbre de Aralar… como flor nacida en una ciénaga o como oruga dispuesta a ser mariposa. Cada uno de los que vivimos aquel momento de gracia del domingo fuimos algo de un todo y ese todo se nos acerca más y posiblemente conlleve sacrificios y trabajos, renunciamientos, pero siempre en la vía de la transparencia y de la ilusión. Yo estuve allí…
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