En los parques de atracciones de finales del XIX o principios del XX las salas de espejos distorsionadores se pusieron muy de moda. En la del Tibidabo se instalaron en 1905, con gran éxito de público. Ahora España es una gigantesca sala de espejos que reflejan imágenes grotescas: la del progre que en la década de los 70 era republicano y ahora es un ferviente monárquico (cualquier dinosaurio de la vieja guardia del PSOE elegido al azar) y la del facha que en la década de los 70 también era republicano pero justamente porque creía en la “revolución pendiente” falangista (Aznar, sin ir más lejos). El espectáculo está garantizado: la abdicación de Juan Carlos I, y la sucesión prevista constitucionalmente en favor de su hijo, el futuro Felipe VI, ha puesto a toda España en una de esas salas donde el trampantojo y la autoengaño consciente se dan la manita. La semana pasada, incluso los periodistas españoles que veía de pequeño en la tele cenicienta de la Transición salmodiar aquel tópico y a desfibrado del juancarlismo, con el mismo deje mecánico con que repiten cada dos o tres frases la expresión, obligatoria en las tertulias, “con la que está cayendo”. De momento, pues, el espejo es de parque de atracciones rancio, o quizás incluso de feria: parece más bien impensable que se produzca un debate en profundidad sobre la historia reciente de España con motivo de la abdicación del rey. Repitiendo lo de “con la que está cayendo” ya basta y sobra.
Empecemos por recordar algo que, de tan obvio, no se recalca lo suficiente: el rey Juan Carlos I no ha sido rey por la continuidad dinástica directa -entre otras cosas, su padre no reinó, sino porque el general Franco lo designó sucesor “a título de rey” en 1969. “Estimo llegado el momento de proponer a las Cortes Españolas como persona llamada en su día o sucederme, a título de Rey, al príncipe Don Juan Carlos de Borbón y Borbón, quien […] ha dado pruebas fehacientes de su acendrado patriotismo y de su total identificación con los Principios del Movimiento y Leyes Fundamentales del Reino”, dice el preámbulo de la ley 62/1969, hecha pública el 23 de julio de ese año. Evidentemente, conviene no forzar la lectura de este texto: cualquier cargo o funcionario público también había de jurar aquellos principios. Lo hicieron, sin ir más lejos, todos los catedráticos que después se significaron en la oposición al franquismo. Mi recordatorio no va en esta línea. Lo que quiero subrayar es que la presencia institucional del rey no obedeció a una restauración de la monarquía sino a una continuación del régimen franquista por la vía de la designación de un sucesor. Este sucesor “a título de rey” no dejaba de ser el sucesor del general Franco, que es quien lo designó. ¿Es posible argumentar que, una vez aprobada la Constitución, Juan Carlos de Borbón quedaba refrendado democráticamente? Yo creo que no, en la medida en que la condición de posibilidad de la carta magna se basaba en la continuidad institucional de la Jefatura del Estado, que no se interrumpió ni un segundo durante el proceso constituyente.
Estoy convencido de que este es un buen momento para que España asuma con normalidad que algunos de los puntos fundamentales de la Constitución de 1978 no constituyen de ninguna manera ese mitológico “empezar de cero” de la Transición, sino que son el resultado tardío (pero no indirecto: el matiz es importante) del golpe de estado militar del 18 de julio de 1936. Este debate, en mi opinión, es posible y razonable, en la medida en que la inmensa mayoría de los que participaron activamente en la Guerra Civil ya han muerto (las personas que tenían 18 años en 1936 ahora tienen 96). No estoy proponiendo ningún ejercicio neurótico de autoflagelación colectiva ni nada por el estilo. Sólo planteo la posibilidad de verbalizar un hecho innegable: que el franquismo no se quedó atrás, sino dentro. Los primeros que deberían comenzar el debate son justamente los que se autodenominan “constitucionalistas”. Cuando se hace bandera de la Constitución hay, al menos, que tener la coherencia de asumirla en su integridad y con todas sus consecuencias (en caso de que no sea así, que no se autodenominan “bloque constitucional”).
A mí me gustaría escuchar más voces de estos “constitucionalistas”, tanto de izquierdas como de derechas, sobre el hecho de que el actual jefe del Estado, que todavía es el rey Juan Carlos, lo sea por una decisión personal que tomó el general Franco a finales de la década de 1960. Es cuestión de ponerse delante del espejo, y de hablar cara a cara. Con un mismo, especialmente.
Ara






