La primera persona que me vino a la cabeza después de oír el otro día la comparación de Rosa Díez entre el nazismo y el soberanismo catalán fue Max Cahner, que murió hace poco. No es difícil imaginar la perplejidad y la indignación que habría podido sentir, y con toda la razón del mundo, una persona con sus orígenes. No es el único, sin embargo. Rosa Díez no dijo nada cuando Llanos de Luna presidió un homenaje donde había miembros de la División Azul. Aquí sí que era perfectamente lícito hacer una referencia al nazismo, incluso con una fría pátina académica. Todo esto está más que estudiado y no creo que nadie piense que aquellos soldados españoles aliados de la Alemania nazi eran abanderados de las libertades democráticas, la tolerancia y la fraternidad universal. En el caso de Rosa Díez, sin embargo, hay una disculpa: es una persona sin formación que dispone de las mismas herramientas intelectuales para hacer referencia a la Segunda Guerra Mundial que las que tengo yo para dirigir una central nuclear, aproximadamente. Quiero decir -y no me gustaría ser grosero- que una cosa es saber enredar los resortes internos de un partido para poder estar en el púlpito desde hace más de 30 años y otra muy diferente hablar con propiedad de ciertos asuntos que, si no estoy equivocado, no se explicaban en las clases de mecanografía. Pienso que para mantener un debate de ideas hace falta justamente eso, ideas. No merece la declaración semanal, ni el discursito del Congreso, ni la peroración de mitin. No. Es necesario un cierto nivel, para expresarlo con cierta crudeza, y no creo que este sea el caso. Dejémoslo correr, pues, pero sin perder de vista que una salida de tono de este tipo tiene consecuencias penales en muchos países de Europa.
Eso sí: conviene hacer un apunte sobre el concepto de odio y los acontecimientos históricos que suelen ir asociados al mismo. ¿Qué pasa cuando los hechos no cuadran en absoluto con nuestro relato? ¿Descartamos el odio ciego como motor? No: mejor inventémonos otros hechos donde todo encaje mejor. Les pondré un ejemplo directamente fabulado por el entorno de Rosa Díez desde hace relativamente poco. Se trata de una reinvención de la historia en el sentido literal de la palabra. Melitón Manzanas González (1909-1968) fue la primera víctima mortal de ETA fruto de una acción premeditada. Manzanas tuvo una merecida fama de torturador y, como jefe de la policía de Irún, fue un entusiasta colaborador de la Gestapo desde 1941 hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Ahora sí que hablamos de nazis de verdad, ¿verdad? Pero, claro, estos siniestros detallitos enturbiaban la curiosa visión de la historia que Rosa Díez comparte con Mayor Oreja y tantos otros. No, había que explicar las cosas de otra manera, porque si no la frontera moral se complicaba peligrosamente. Fue así como se buscó una víctima homologable, que confirmara con claridad quiénes eran, indiscutiblemente, los buenos y los malos. En 1960, un grupúsculo de extrema izquierda llamado DRIL (Directorio Revolucionario Ibérico de Liberación: el nombre era muy largo pero en realidad se trataba de media docena de gallegos) puso una bomba en San Sebastián que provocó la muerte de una niña de dos años, Begoña Urroz Ibarrola. Sobre la autoría de este atentado no existe ni la más mínima duda, incluso a nivel oficial y policial, pero era una magnífica manera de alterar la relación causal de los hechos. De repente, el origen de ETA ya no tenía nada que ver con el asesinato del auténtico amigo de los nazis, el comisario Manzanas, sino con el de una persona inocente e indefensa. La bajeza moral de esta distorsión da miedo, en la medida en que ni siquiera se detiene ante el cadáver de un niño.
ETA es criticable desde cualquier perspectiva, pero esto no faculta a nadie a reinventarse la historia por la cara. Es improbable que, en las actuales circunstancias, ningún historiador español reaccione contra dicha falsificación. También es impensable que ningún fiscal diga nada sobre la comparación entre el nazismo y el proceso político que se vive en Cataluña. Hay una impunidad, y esta impunidad no sólo genera desconcierto, sino también indefensión. Una vez planteada la pregunta de la consulta y acordada la fecha para llevarla a cabo, esta indefensión podría llegar a extremos intolerables. Habrá unas cosas que se interpretarán de acuerdo con el artículo 510 del Código Penal y otras peores que, en cambio, serán ignoradas. Esto ya ha comenzado a ocurrir, de hecho. ¿Nos estamos adentrando en un interregno selvático? Me gustaría pensar que no, por supuesto. En todo caso, este tipo de situaciones son un clásico en los tribunales internacionales, una vez superado el interregno.
ARA








