El día 6 de diciembre, hace treinta y cinco años, yo no voté la Constitución Española. Reconozco que mi abstención no tenía gran mérito, ya que por aquel entonces yo residía en los Estados Unidos de América, en la idílica ciudad de Princeton, New Jersey, donde ya habían caído las bellísimas hojas de otoño atlántica, y comenzaba el gran frío.
Claro que podía haber acudido al consulado de Nueva York, que está muy cerca, o haber votado por correo, según la carta oficial que recibí. No lo hice, y creo que tampoco habría votado si hubiera vivido en el Reino neoconstitucional de España. Yo, a la Constitución vigente le tengo un gran respeto, como a cualquier constitución de cualquier país que asegure unas mínimas garantías democráticas, derechos civiles, y en general eso que se suele llamar libertad y justicia. Supongo que, en estas materias básicas, las constituciones no deben ser tan diferentes, y la lealtad que merecen deriva justamente de la libertad que aseguran.
En Princeton mis hijos, en la escuela municipal, empezaban el día poniéndose la manita en el pecho y recitando aquello de “I pledge allegiance to the flag of the United States of America, and to the Republic which it stands for, in liberty and justice…”. Los niños prometían lealtad a la bandera, porque la bandera representa la república, y la república es la libertad y la justicia. Un poco dramático quizás, porque estos juramentos suelen ser peligrosos, pero supongo que la idea era buena: el fundamento de todo, en último término, es la libertad y la justicia. El uso que de eso hacen los gobernantes es otra cuestión.
El problema, si yo tuviera que ser leal a la constitución española, es que no se basa en eso, sino que comienza con una profesión de fe que me resulta difícil de asumir: una profesión tan metafísicamente nacional y patriótica, que hay que ser fiel creyente para aceptarla. Dice, en efecto, el artículo 2: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”, en versión mía del texto de la única lengua oficial del Estado, la que tengo la obligación de conocer.
De modo que primero está la Nación española, con mayúscula, no sabemos desde cuando, desde qué año o siglo, a continuación, o simultáneamente, esta nación es declarada indisoluble, se supone que ontológicamente, por la propia sustancia, y los pobres humanos no podemos hacer nada. La nación, posiblemente eterna, es no solamente nación sino patria común y reiteradamente indivisible: la unidad de la nación española es indisoluble, la patria española es indivisible y única, y este es el fundamento de la Constitución.
Como a mí este fundamento doctrinal me despierta algunas dudas racionales y escasas adhesiones emocionales, y como sin esta base la Constitución parece que no tiene ninguna, la constitucionalidad de mi persona o espíritu quizá resulta algo problemática. Y más problemática aún resulta mi lealtad a la Constitución si yo he de reconocerme español a todos los efectos, incluida la defensa de la España una, indivisible y común (Artículo 30: “Los españoles tienen el derecho y el deber de defender España”), si tengo que aceptar que mi única patria es la nación española, y si no puedo tener más nación que esta nación.
A esto, por si alguien ha oído hablar de ello, se llama patriotismo constitucional, el cual, o tiene esa base, o no es ni constitucional ni patriotismo. Por tanto, quien piense que su nación es, por ejemplo, la nación catalana, y que ésta es igualmente su patria, hará muy santamente en asegurarse antes contra el riesgo y peligro de tal idea. Porque pensar esto es contrario, rigurosamente contrario, a los fundamentos de la Constitución vigente. Y quien además de pensarlo lo siente, es decir, que no se siente parte de la patria española sino de otra patria con otro nombre, debe saber que es un patriota inconstitucional, es decir, ilegal.
Me parece muy bien que, aprovechando los treinta y cinco años pasados y algunos inconvenientes presentes, se hable de reformar algunos artículos de la Constitución. Perfecto. Pero no pasen pena, que si hay alguno intocable es el artículo del fundamento de todo, el Artículo 2. Y mientras el fundamento sea el que es, los que no somos patriotas de la patria española tenemos que resignarnos a ser eterna, fundamentalmente, inconstitucionales. No me negarán que es una extraña condición, una inconstitucionalidad ontológica, insoluble.
EL TEMPS








