La revolución horaria

Dice André Leroi-Gourhan en ‘Le geste et la parole’: “El hecho humano por excelencia es quizás menos la creación de la herramienta que la domesticación del tiempo y del espacio, es decir, la creación de un tiempo y de un espacio humanos”. Es por ello que, cuando me he ocupado de cuestiones educativas, he retomado las consideraciones sobre la organización del tiempo cotidiano -había hecho la tesis- como herramienta fundamental de domesticación de la experiencia y de la conciencia. Es decir, he defendido la utilización de los horarios domésticos como instrumento para la transmisión de una determinada concepción del mundo, o de eso que ahora se ha dado en llamar valores.

No debe extrañar, pues, que me añada con entusiasmo al proyecto ‘Ahora es la hora’ (www.reformahoraria.cat) para la reforma de los horarios en Cataluña que el ARA analizó en un dossier el pasado viernes. Si bien el objetivo central de la reforma es una organización más racional del tiempo, en el fondo apunta a un debate sobre la concepción de la vida social. Más racional, en primer lugar, porque quiere hacer compatible -conciliable- el tiempo de trabajo con el educativo y el doméstico; porque parte de la evidencia de que la baja productividad laboral tiene una de sus razones principales en estos horarios largos pero dispersos; porque se sabe que los déficits en el rendimiento escolar están más ligados al desenfreno horario -pocas horas de sueño, extraescolares a horas de juzgado de guardia… – que a los continuos cambios de leyes educativas, o porque es una obviedad que la discriminación de género se expresa principalmente en la esclavitud horaria.

Pero la petición de cambio de horarios también es una denuncia de los condicionamientos que actualmente hacen tan difíciles (más difícil que el incremento del IVA) las prácticas de lo que podríamos llamar alta civilidad: la lectura, la afición a la música, la asistencia al teatro, a los conciertos o al cine, al estar bien informado, al cultivo de la relación social o, por qué no, a la simple posibilidad de distraerse. Y aún más: una buena organización horaria hace posible un mejor clima de relación emocional. El síntoma más claro de las dificultades de domesticación horaria -es decir, la sumisión a unos horarios salvajes- es la prisa y la impaciencia que caracterizan nuestras vidas. De modo que -inútilmente hasta ahora- me he hartado de predicar que el entrenamiento de la paciencia debería ser uno de los grandes objetivos para la mejora no sólo de la disposición para aprender, sino de una buena educación cívica.

De hecho, lo mismo que explica que cueste tanto modificar una mala práctica horaria explica el gran poder de unos buenos horarios a la hora de conseguir cambios sociales positivos. Las prácticas horarias no son vividas como una elección racional, sino que son rutinas adquiridas ciegamente, vistas como fatalidades. Y es por su carácter inconsciente por lo que solemos considerar que unas rutinas horarias “salvajes” son la expresión de un mayor grado de libertad, como si fueran “espontáneas”, mientras que el buen orden cotidiano, resultado de una planificación racional, suele ser visto como una constricción impuesta. La paradoja es que la supuesta espontaneidad -resultado de la irreflexividad- es la puerta de entrada a las conductas sumisas, mientras que la libertad sólo se alcanza plenamente como resultado de una decisión consciente y crítica.

Hace ya muchos años, en un acto público ante las principales autoridades de la época, las amenacé -irónicamente- diciendo que si alguna vez tenía la responsabilidad de gobernar Cataluña, lo primero que haría sería poner orden en unos horarios que consideraba responsables de las mayores debilidades económicas y morales del país. Afortunadamente para mí, parece que ahora podría ser el momento de este cambio revolucionario, y sin tener que asumir tan altas responsabilidades.

ARA