Fue la noche del 22 de mayo de 1938. En ese momento había 2.487 presos en el fuerte. Escaparon unos 795. Se trata de una de las mayores fugas carcelarias de toda la Historia. Y la mayor, probablemente, en sangre derramada: esa noche y los días siguientes fueron cazados y muertos en los alrededores del monte y en los valles cercanos 206 fugados. El resto fueron capturados y devueltos a prisión. Todos menos tres que lograron cruzar la muga al cabo de muchos días y en unas condiciones penosas. Dos de ellos por Valcarlos y el otro por Quinto Real. Se conocen sus nombres: Jovino Fernández, Valentín Lorenzo y José Marinero. El pasado sábado, se colgó una página en Internet que, con el nombre Los fugados de Ezkaba 1938, describe los hechos hasta el último detalle, con una precisión y sobriedad entre emocionante y estremecedora. Y descubre una cosa más. Es posible que hubiera un cuarto fugado desconocido. Al parecer, una mañana lluviosa de 1998, sesenta años después de la fuga, se presentó en Iragi, al pie del alto de Egozkue, un hombre solo, cercano a los 80 años, y preguntó por el cementerio. Contó que residía en los EEUU y que había regresado para volver a ver los lugares en los que salvó la vida huyendo del fuerte con menos de veinte años. El conocimiento casual, hace un par de años, de esa aparición misteriosa y fugaz supuso el estímulo inicial de una intensa y apasionada búsqueda de indicios que reforzaron esa posibilidad. El resultado de ese esfuerzo se pone de manifiesto ahora en la extensa documentación presentada en esta página. Su autor comienza el relato con una cita de Ariel Dorfman que dice: “Las pequeñas historias personales sí importan”. Y lo acaba con otra de Luis Rosales, con la que quiere resumir el propósito que le anima a hacer públicos sus hallazgos: “Iluminar estancias del pasado hasta dejar la casa encendida”. No se extiende más. Le conozco desde hace algún tiempo y sospecho que no le haría demasiada gracia que mencionara su nombre. Por eso no lo he hecho.









