Crónica de la invasión de 1512 desde la Nabarra Occidental

El comienzo de la invasión

 

 

El florentino Nicolás Maquiavelo (1467-1527), coetáneo a Fernando II de Aragón, en su libro “El Príncipe”, dijo sobre éste: “El rey de España ha querido fortificarse en el reyno de Nabarra, que ha conquistado y cuya posesión deseaba (…) Un príncipe de nuestro tiempo, cuyo nombre no conviene mencionar, predica continuamente la paz y la lealtad, siendo en realidad enemigo de ambas; de hecho, si hubiese observado tanto la una como la otra, habría perdido repetidas veces el prestigio y el Estado”.

El historiador Manex Goyhenetche (1942-2004) en su libro “Historia General del País Vasco” comentaba: “Navarra fue el primer laboratorio de observación y aplicación del maquiavelismo”.

Euskal esaera zaharra: “izatez katolikua, egitez katilukoa”.

 

Fernando II de Aragón será conocido por los historiadores nabarros como “el Falsario”[1], ya que para justificar la invasión española del Estado de Nabarra, mandó falsificar varias bulas papales (él era analfabeto), con las cuales pretendía excomulgar a los reyes de Nabarra o jefes del Estado nabarro. El 17 de julio de 1512 ya había mandado falsificar un supuesto Tratado de Blois, por el que se atribuía acuerdos perniciosos contra Castilla a los firmantes: Francia y Nabarra; el Tratado realmente se firmó un día después, el 18 de julio, y en él no había artículo alguno de los publicados por Fernando; en el original, Nabarra se mostraba neutral ante una posible guerra entre las poderosas Castilla y Francia, las potencias europeas y mundiales del momento en una política bautizada como “de balancín”[2].

 

El clérigo nabarro Miguel Ulzurrun, autor del falso Tratado de Blois, fue compensado tras la ocupación militar del reino con la alcaldía de Pamplona. Con estas falsificaciones, el maquiavélico Fernando “el Falsario”, preparaba al mundo para aceptar la invasión militar del reino de Nabarra y la posterior represión contra su población.

 

La pretensión de invadir el reino de Nabarra no era nueva, el hermanastro de Fernando, Carlos Príncipe de Viana, en el 1442 añadió a sus armas un hueso que roían dos lebreles con la inscripción: “Utrinque roditur” (“se muerde de una y otra parte”), aludiendo a Castilla y Francia y donde el hueso era Nabarra, expoliada en sucesivos ataques en fechas como 1054, 1076, 1136, 1175, 1199 ó 1462 como más destacadas. En el 1468 falleció de cáncer de pecho la madre del Fernando de Aragón, la castellana Juana Enríquez, la cual en su lecho de muerte exclamó: “¡oh hijo qué caro me cuestas!”. Antes de morir, confesó Juana haber envenenado a su hijastro el príncipe Carlos, heredero a las coronas de Aragón y de Nabarra.

 

Fernando II rey de Aragón y Silicia, tras la conquista del reino nazarí de Granada (1492) comenzó a titularse rey de “Las Españas”, pues entonces gobernaba también el reino de Castilla, lo que hizo de forma definitiva tras recluir en Tordesillas a su propia hija Juana “La Loca” en 1509, la verdadera reina de Castilla tras la muerte de su madre Isabel I “la Católica” acaecida en 1504, todo ello pese a contar Fernando con la oposición de la nobleza castellana. Juana “la Loca” ha sido la única reina realmente española, aunque de abuela portuguesa, de la que heredó sus problemas mentales como probablemente los padeció antes su madre, una de las mayores integristas religiosas de la historia.

 

Tras la muerte de Isabel I “la Católica”, Fernando II de Aragón se casó con Germana de Foix, pariente de los reyes nabarros, hermana del rey consorte Gastón de Foix muerto en abril de 1512, poco antes de la invasión, pero que no poseía derechos sobre el reino nabarro, pues los derechos sobre la Corona Nabarra eran de su mujer Leonor (en Nabarra nunca hubo “Ley Sálica” de origen franco que impedía heredar a las mujeres). Fernando II de Aragón tenía, por tanto, la pretensión de conquistar y asentar después la corona Nabarra mediante un hijo con Germana de Foix que justificara su invasión y la continuidad de la corona ante los nabarros.

 

Por parte invasora, la decisión de atacar la Nabarra reducida fue de Fernando de Aragón “el Falsario”, pues el pueblo y las Cortes castellanas habían perdido todo su peso (hecho permanente después en la historia española). La invasión comenzó con una mentira más: Fernando II de Aragón se alió con Inglaterra donde gobernaba el cismático Enrique VIII, quería, decía Fernando, ayudar a los ingleses a recuperar la Guyena, que era como llamaban entonces a la parte occidental de Gascuña-Aquitania que los ingleses perdieron en el siglo XV tras la Guerra de los Cien años contra Francia (finalizada en 1451), para lo que solicitó Fernando el paso de sus tropas por Nabarra al rey Juan de Albret o Labrit.

 

Juan de Albret denegó el paso a las tropas de Fernando, no le hacía falta, las tierras invadidas de la Nabarra Occidental de Alaba, La Rioja, Bizkaia (que abarcaba entonces otras tierras al occidente bajo el control de los señores de Bizkaia hasta Cudeyo en la bahía de Santander), Gipuzkoa y las suyas de Aragón eran más que suficientes para llegar a Aquitania; Juan de Albret (rey culto con una importante biblioteca, refinado y poco belicoso, parecía el anverso de Fernando “el Falsario”), no se fiaba, era lógico, ante la traición del ambicioso líder beamontés: el Conde de Lerín III, conocido por el pueblo como “txikirihandi” por su desmedida ambición, y el manifiesto deseo de Fernando de gobernar toda Nabarra.

 

Curiosamente, eran las mismas excusas (bula incluida) que casi tres siglos antes había puesto el rey castellano Alfonso VIII para invadir la Nabarra Occidental, en ambas ocasiones con el beneplácito en estos actos imperialistas del Emperador de Roma, el papa.

 

Fomentar la división interna antes de la definitiva invasión militar, era una táctica que a Fernando II de Aragón le había dado un gran resultado para conquistar Granada en 1492. Fernando apoyó en el viejo reino nazarí al tío del futuro rey Boabdil tras la muerte de su hermano, fomentando la disensión interna de la población que facilitó la conquista del reino de Granada ocho siglos después de la llegada de las primeras tropas musulmanas a la península.

 

Fadrique Álvarez de Toledo, duque de Alba, salió de Agurain-Salvatierra (Alaba) el 19 de julio, pero dejó de lado la ruta que conducía a Aquitania como prometió a los ingleses y tomó con su ejército Pamplona-Iruña el 25 de julio de 1512, sin previa declaración de guerra, con ayuda de los naturales beamonteses. Fernando II de Aragón, “el Falsario”, instaló su corte en Logroño ocupada por Castilla a Nabarra a finales del siglo XII durante la invasión de la Nabarra Occidental, desde donde dirigió la conquista y posterior destrucción de lo que quedaba de Nabarra, reducida para entonces a Alta -Baja Navarra como territorio independiente, sin correr peligro alguno. “El Falsario” nunca pisaría la parte recién invadida del reino de Nabarra por miedo a un nuevo alzamiento de la población.

 

Los 10.000 ingleses enviados por el rey inglés Enrique VIII habían desembarcado en Pasaia (Gipuzkoa e históricamente el principal puerto natural nabarro entonces mitad de Hondarrabia –San Juan- y mitad de Donostia -San Pedro-), pues la orden era hacer uno con las tropas castellanas y emprender la batalla contra los franceses que ocupaban Baiona,

 

Al observar las verdaderas intenciones del rey aragonés, levaron anclas los ingleses, pues sólo les quería Fernando para mantener ocupados a los franceses mientras el rey Falsario invadía la Nabarra reducida; antes, las tropas inglesas cometieron numerosos saqueos en Gipuzkoa: en San Sebastián, Irun, Hondarribia, Renteria, Hernani y Oiartzun[3].

 

Enrique de Inglaterra fue consciente de este nuevo engaño de Fernando “el Falsario”, como él mismo reconoció en una carta enviada al Habsburgo Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico y a la sazón, el otro abuelo Carlos V de Alemania (gantés de nacimiento y borgoñón de espíritu), según recoge el historiador francés Pierre Boissonnade (1865-1935) en su libro “La conquista de Navarra”: “gracias a mi auxilio conquistó el rey de España el reino de Nabarra”.

 

El Duque de Alba sitió Pamplona con 15.000 soldados. Entre sus capitanes, no había ningún nabarro occidental. Con el duque español iban 2.500 jinetes, 12.000 infantes, 1.500 lanzas y 20 piezas de artillería que habían estado concentrados en Vitoria-Gasteiz, villa fundada tres siglos antes por Sancho VI el Sabio de Nabarra. El ejército imperial español lo componían sobre todo soldados de Castilla y Aragón, pero también soldados de Extremadura, Andalucía oriental, Murcia y de toda la Nabarra Occidental.

 

La Nabarra reducida contaba con una población aproximada de 100.000 personas en esta época, y su capital, desprovista de murallas, de entre 6.000 y 10.000 habitantes. Las Cortes de Nabarra convocaron a 300 caballeros y 4.000 soldados para defenderse de la invasión. Las fuerzas invasoras eran por tanto varias veces superiores a las que defendían la Nabarra reducida. El pueblo nabarro apoyó unánimemente a sus reyes naturales, tal y como recogen las Actas de las Cortes de Nabarra de 1511 y 1512.

 

El rey de Nabarra Juan III de Albret o Labrit tuvo que huir ante la manifiesta superioridad del ejército imperial español y a pesar de los numerosos levantamientos en toda la Nabarra libre a su favor (Estella, Tudela, Monjardín, valles pirenaicos etc.). Los gipuzkoanos, con ayuda de los beamonteses alto nabarros, les persiguieron. La artillería pesada del ejército de Albret a su paso por Baztan y Belate fue abandonada. Eran 12 cañones que portaban mercenarios lansquenetes alemanes. Estos cañones fueron recogidos por vigías gipuzkoanos sin lucha alguna, tal y como lo demuestra Pedro Esarte en su libro “Navarra 1512-1530”, ya que la tropa castellana tardaría aún un tiempo en llegar. Esos cañones fueron llevados a la ocupada Pamplona y se añadieron desde entonces al escudo de Gipuzkoa y al de algunos municipios gipuzkoanos como Antzuola (hoy eliminados).

 

Para entonces, la Nabarra Occidental había sido invadida hacía tres siglos por Castilla, pese a lo cual seguía habiendo partidarios de volver a su Estado original y el mantenimiento de los Fueros del Derecho Pirenaico -leyes del reino nabarro- era unánime entre la población. España tenía la clara intención de usar a los nabarros occidentales contra los nabarros que permanecían libres en un futuro, como así fue.

 

Las autoridades y familias distinguidas de la Nabarra Occidental, habían medrado en Castilla a la sombra de sus reyes, encabezados por los Haro los primeros años, y sobre todo los “segundones” de las grandes familias que participaban gustosos de las conquistas a los musulmanes en la península por los castellanos que suponían nuevos títulos y riquezas, y después por todo el mundo.

 

Durante los primeros siglos tras la invasión de la Nabarra Occidental (s.XII), las clases dirigentes estaban divididas en dos bandos, los favorables a volver a ser libres dentro de nuestro reino de Nabarra (los gamboínos) y los acomodados a la nueva situación que medraban a la sombra de la todopoderosa Castilla (los oñacinos), creando pequeñas guerras civiles entre “jauntxos” o señores de la guerra, o entre éstos y labradores, que fueron perdiendo el sentido original con el transcurrir de los años hasta convertirse en una guerra abierta por bienes y tierras, hechos recogidos en sus crónicas por el primer historiador bizkaíno el banderizo muñatón Lope García Salazar en el siglo XV. La casa de Abendaño estaba al frente de los gamboínos y las de Salazar-Muñatones y Butrón-Muxika al frente de los oñacinos.

 



[1] Por ejemplo:  Jose Maria Olaizola “Navarra en la encrucijada de su historia” ed. Pamiela, o Jon Oria Oses “Navarra es una colonia española y francesa” ed. Mintzoa.

[2] “Juan de Albert y Catalina de Foix o la defensa del Estado navarro (1483-1517)” Álvaro Adot Lerga.

 

[3] Tenencia Nabarra de San  Sebastión creada con las tierras de Oarso a finales del siglo XII por Sancho VI el Sabio, aunque originariamente vizcondado de Lapurdi fundado a su vez por Sancho III el Mayor de Nabarra 1005-1035.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua