“Tiempo: una palabra, diferentes conceptos”

Cambio de año. El tiempo es una entidad intrigante. En las diferentes etapas de la vida, lo vivimos con ritmos diferentes. La infancia tiene tiempo reposados. Los niños necesitan invertir bastante tiempo en las acciones que realizan (jugar, comer, etc). La vejez vuelve a necesitar ritmos pausados. Al principio y al final de la vida, el tiempo parece volverse relativista: se dilata con respecto a los observadores del sistema “adulto” de referencia. Pero los tiempos subjetivos de los adultos también presentan ritmos diferentes: algunas veces el tiempo vuela, otros parece eterno …. Sin embargo, esta experiencia tan cotidiana del tiempo vivido, del tiempo subjetivo, es una de las más difíciles de comprender. ¿Cómo debemos entender el tiempo?.

Científicos y filósofos han dado diversas respuestas a lo largo de la historia. Aristóteles estableció el primer tratado “científico” sobre física. Hoy sabemos que muchos de sus supuestos y afirmaciones eran erróneos, pero, por un lado, permitió hacer teoría más allá de los discursos mitológicos y religiosos y, por otra parte, estableció conceptos y “leyes” susceptibles de ser rebatidos por métodos racionales y empíricos. Sin embargo, resulta sorprendente como alguno de sus conceptos básicos, por ejemplo, la noción de tiempo, que Aristóteles vinculaba al cambio y no a una sustancia independiente, conectan mejor con la física actual que otras teorías científicas posteriores.

Las teorías físicas actuales mantienen tesis sorprendentes. Una de ellas es la que afirma que el tiempo viene a ser una propiedad que emerge de la materia a partir de la gravitación. O sea, el tiempo es una entidad física secundaria, una entidad derivada. Incluso en la relatividad “especial”, donde no interviene la gravedad, la noción central no es el espacio o el tiempo, sino la invariancia de la velocidad de la luz. Es decir, tanto el espacio como el tiempo se ajustan para que esta velocidad no varíe. Así, si vas más deprisa envejeces más lentamente. Lo decía el mismo Einstein: “Cuando más rápido te mueves, más delgado eres”. Este es un pensamiento extraordinario, situado más allá de las “intuiciones” físicas de nuestros cerebros. Y mantiene un aire de familia con la concepción aristotélica del tiempo asociado al cambio.

Newton y Kant, dos gigantes de la cultura occidental, parece que en eso iban errados: ni el tiempo es un absoluto situado fuera de la percepción humana, ni es una mera intuición a priori interna del conocimiento humano. El sentido externo del tiempo no es absoluto, el sentido interno del tiempo no agota su realidad.

En la vida cotidiana nos basta con nuestras interpretaciones intuitivas sobre el espacio y el tiempo. Pero siempre estará bien recordar que se trata de unas intuiciones muy limitadas. Unas intuiciones asociadas al tipo de cerebro que tenemos, un producto de la evolución de unos seres que se desplazan lentamente por el planeta (con respecto a la velocidad de la luz). Por eso creemos que espacio y tiempo son entidades separadas, cuando ahora sabemos que son dos caras de la misma moneda.

A menudo nos damos cuenta de que los significados de las palabras cambian. Pero después de darse cuenta de ello, no siempre hacemos caso. Cuando diferentes teorías de un mismo campo mantienen las mismas palabras, solemos suponer que mantienen los mismos conceptos, cuando, de hecho, se trata de conceptos con significados muy diferentes entre sí.

En el progreso científico, la semántica de los conceptos suele ser discontinua. Algunas palabras, como tiempo, espacio, etc, se repiten en teorías diferentes, pero sus significados cambian radicalmente. Y cuando las teorías cambian, también lo hacen las ideas que nos transmiten sobre la realidad, sobre cómo es el mundo. Una de las pasiones por el conocimiento es que aumenta nuestras perplejidades. El mundo que captamos por los sentidos es una magnífica fantasía.

Las “discontinuidades” conceptuales también son identificables en el ámbito del progreso político y moral. Pensar mejor, es poder vivir mejor. Pero de eso hablaremos otro día. ¡Que tengan un año magnífico!

Ara