DESDE los tiempos en que se paseaba por los soleados corredores de la biblioteca de Alejandría, leyendo en voz alta y con rollo de papiro y pergamino en las manos, a hoy, en que en la pantalla del ordenador aparece cuanta información es posible, ha transcurrido mucho tiempo, aunque no tanto como para calibrar el cambio que en materia de lectura, escritura, memoria y transmisión de conocimiento, hemos alcanzado.
Hace poco llegó de París a Gasteiz el libro de Bernard Detxepare Linguae Vasconun Primitie, 1545, primer libro impreso en euskara. Lo portaba en una urna de cristal climatizada un bibliotecario de la Biblioteca Nacional que se cercioró, antes de dejarlo por un mes en la exposición montada por el Parlamento Vasco/Eusko Legebiltzarra, que las condiciones ambientales y lumínicas de la estancia donde lo iba a depositar eran excelentes. Así, los libros en ediciones príncipe en euskara (que en su día me tocó catalogar) expuesta al público, gozó de la coronación de la obra del navarro Detxepare, quien dejó dicho: … Una hermosa joya la lengua vasca impresa… que continúe, progrese y se extienda al mundo entero y tengan los vascos su lengua, como la tienen los demás, doctrina y materia para recrearse, conversar y pasar el tiempo, y los que vengan después, una base para mejorarla. Importante es reseñar que se editó bajo el reinado de Juana, reina de la Navarra que restaba de nuestro reino invadido en 1512 por las tropas del duque de Alba.
Del apremio de Detxepare a que el euskara salga a la calle y al mundo, al de la irrupción en Internet de una gramática que registra 25 millones de vocablos, gestión impulsada por la Universidad del País Vasco/ Euskal Herriko Unibertsitatea, media tiempo y desgracias. Tengo en las manos el recién publicado libro Legal History of de Basque Language (1789-2009) editado por Eusko Ikaskun-tza y la Foundation for Basque Culture Cenarrusa, cuyos autores, Xabier Irujo e Iñigo Urrutia, nos hacen un profuso estudio histórico de los acosos permanentes que ha soportado el euskara desde los estados e instituciones, y el listado de leyes que han intentado exterminarlo una y otra vez.
Es una desesperante historia aunque hay quienes se muestran optimistas en su valoración, como Juan Carlos Etxegoien que afirma “…la resistencia del pueblo vasco por mantener vivas contra viento y marea su lengua e identidad”. Loable en verdad es que la hayamos mantenido, pero cansado es tener que mantenerla con tanto trabajo cuando debiera ser impulsada por las instituciones que financiamos con nuestros impuestos, como el mayor exponente de nuestra cultura. Julien Vinson, bretón, bibliotecario, que la estudió y catalogó a finales del S.XIX y elaboró el primer catálogo bibliográfico de autores en euskara, dejó dicho: “…Comparado el vasco al latín, al griego, al francés y otros semejantes idiomas, queda aturdido el escritor y le parece contemplar un hermoso gigante junto a un deforme enano”.
Nuestras bibliotecas padecen un estado crítico. Se montan museos esperpénticos a los que nadie acude, pero se obvia el cuidado que debemos mantener sobre nuestra obra bibliográfica, aunque aparezca en este desolador desierto una partida de 12.000 euros para digitalizar fondos de tres entidades religiosas y conformar el catálogo colectivo del Patrimonio Bibliográfico de Navarra y de la Biblioteca Navarra Digital. Urge esta digitalización de los fondos bibliográficos, nuestra memoria como comunidad y, a más, como lo solicitaron los bibliotecarios, hace falta una profundización en la formación profesional de los mismos. En los países del ámbito sajón hace mucho tiempo que son universitarios con estudios específicos. Lo fue en la Venezuela de mi tiempo y, aún hoy, se entregan medallas de oro anuales al mérito bibliotecario.
El estímulo de la creación de espacios de lecturas, tradicionales o digitales, la ordenación de los mismos para captar el interés del usuario, es una tarea de educación importante para la normalización de una sociedad. En la biblioteca pública de Olatz se ha logrado, mediante proyectos para tal fin, por dos años consecutivos, el premio María Moliner, que sin la rimbombancia de otros premios, pero con la mayor seriedad, entrega un paquete de libros que gratifica la labor bibliotecaria que propicia la lectura y, por ende, la investigación y la universalidad.
Somos lo que leemos en mayor parte, y la cultura aprehendida de cuanto leemos puede modificar nuestros criterios, fomentar valores, despertar curiosidad e inquietudes… borrar esa negra mancha que la ignorancia impregna en cuanto toca y que motiva fanatismos. Quizá el euskara, tantas veces vilipendiado, rechazado y renegado, encuentre en esta vía cibernética un sitio digno y estable que asegure su andadura en los tiempos nuevos. Que sea recobrada como lengua de los navarros, de los vascos todos, patrimonio de la Humanidad europea pues es, de entre todas sus lenguas, la más antigua. Arranca enigmática desde la prehistoria y se hace dúctil en la complejidad intelectual y científica de nuestro S. XXI.
Arantzazu Amezaga Iribarren, Concejal NaBai Eguesibar








