Recuerdo un curso de universidad en el que la profesora se presentó ante el auditorio como posmoderna y comenzó su clase con el argumento de que la identidad no existe. Ni la individual ni la colectiva. La filosofía, la psicología, la sociología, las humanidades y la corte celestial lo demuestran. A continuación ofreció una brillante exposición sobre la interpretación del mundo social desde su perspectiva de feminista y lesbiana.
Que somos europeos, nadie lo pone en duda. Que nos acompaña la nacionalidad española está fuera de toda objeción. Pasaportes, tribunales, impuestos, reyes católicos y visigodos, guardias civiles (y los habitantes de Gibraltar que no la quieren ni en pintura) lo atestiguan. Se puede ser homosexual o lesbiana como condición existencial y entender el universo a través de ese prisma… He llegado a la conclusión de que la única identidad que no existe, que se puede desmontar -deconstruir según la posmodernia- y disolver es la nuestra. La euskaldun. No se puede ser vasco o vasca sin cometer un delito contra el pensamiento (el espíritu) de la época o la audiencia nacional. En ese caso, y como excepción, sí. Alguien se encargará de destacar la cualidad nacional vasca del culpable, con meticulosidad puntillosa.
Papeles falsos
La historiadora Idoia Arrieta acaba de descubrir un documento escondido, escamoteado, que certifica que lo que hoy llamamos Gipuzkoa fue conquistado por las tropas de Alfonso VIII (Historialariek ezkutatu digutena: Donostiaren konkistaren dokumentua. www.nabarralde.com). Este territorio formaba parte de Navarra, con otros lugares de población vasca, hasta la invasión del año 1200. Durante siglos se ha discutido si la anexión de esa tierra a Castilla se produjo por pacto o por conquista. A la vista del hallazgo de la doctora Arrieta se puede asegurar que han hecho desaparecer los documentos que demuestran la guerra. Un apunte escrito a mano en el borde del legajo advierte: “Ojo, habla de la conquista” (sic). No hay confusión. Sabían qué significaba, qué valor tenía, y lo ocultaban a conciencia. El historiador oficial que lo trascribió hace unos años falsificó el título del documento para que pasara más desapercibido.
Cuenta Quim Monzó el caso del estafador que vendió la torre Eiffel aprovechando el revuelo –la alarma social diríamos hoy- que levantó la noticia del coste desorbitado que requería su mantenimiento (La edad de los metales. La Vanguardia). En medio de las protestas y el alboroto el artista falsificó papel oficial del Ministerio de Correos y Telégrafos, contactó con varios comerciantes del metal, y les ofreció la ganga de la torre a peso, a céntimos el kilo, a modo de subasta. Ganó la puja el empresario más ambicioso y avispado que, no sólo se apresuró a pagar el monto, sino que añadió una jugosa propina para sobornar al timador.
A veces pienso que nuestro lugar en el mundo sigue los pasos de una estafa. Llega el borono de pueblo a la ciudad y, deslumbrado, le ofrecen el puente de Brooklin, la torre Eiffel o, si se descuida, la propia playa de la Concha donostiarra. ¿Qué somos? ¿Existe la identidad vasca? No sabemos con precisión si se puede desmontar a trozos, si está a la venta o si es chatarra, sin más valor que el que nos ofrezca el desguace.
Nos la han jugado; nos han estafado la historia durante siglos. Han repartido papel oficial por oficinas y ministerios para facilitar que nuestra identidad esté en manos del fullero que le eche más cara. Luego sostienen que no existimos; que nuestra realidad es falsa, una fantasía, una torre de humo sin ningún valor, y cualquiera puede encontrar una réplica en el Rastro, o venderla al mejor postor… Y nos reímos del tonto que compró la Concha.










